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Wildbirds & Peacedrums Wildbirds & PeacedrumsRivers

8.1 / 10

Wildbirds & Peacedrums  Rivers THE LEAF LABEL

Casi podríamos decir que el nuevo trabajo de Wildbirds & Peacedrums, “Rivers” es inédito. Casi. Pero no lo es, porque previamente 1.600 afortunados (sin contar hackers y gente-con-dinero-de-sobra-que-a-pesar-de-ello-se-descargan-música-ilegalmente) pudieron hacerse con las dos mitades cuando las lanzó The Control Group en mayo y en junio. Pero quizá es injusto hablar de dos mitades. Ambos EPs se complementaban el uno al otro (sobre todo temáticamente) y también daban el pego individualmente. La unión de “Retina” e “Iris” es, pues, antes que una formalidad o un capricho, una obviedad necesaria. Dicho queda.

El matrimonio sueco formado por Mariam Wallentin (voz) y su esposo Andreas Werliin (batería y percusión) se conoció durante unas clases de improvisación musical en la universidad de Gotemburgo (dice mucho de ellos y de cómo desarrollarán sus composiciones más a partir de una idea, a veces tan genérica y para muchos insustancial como el “agua”, que a partir de una partitura o acorde concreto) y son conocidos por haber reinventado partes del gospel, blues y pop, ganándose comparaciones con los métodos de experimentación de toda una/un/eso Björk. Recientemente, se les ha podido ver girando con St. Vincent por Estados Unidos. Para quien no pudiera estar ahí, sigue quedando este “Rivers” con el que poder escucharlos a ellos y al coro de Reykjavík que han contratado, y con suerte sentirlos ( “Retina”, por ejemplo, se grabó en Islandia en tres días, en directo y en el interior de una iglesia moderna que debemos suponer que es Hallgrímskirkja). Hildur Guðnadóttir (la cellista del sello Touch) les ayudó con los coros. Veamos el resultado.

Nada más comenzar, ya percibimos que el ambiente de iglesia se pierde en los recovecos de la ambigüedad y se retuerce en un gospel de “Resident Evil”, como en la línea de Nick Cave And The Bad Seeds pero hundidos en formol, en la inicial “Bleed Like There Was No Other Flood”. No teman. No dura mucho lo macabro. El resto de temas flirtean entre el gospel etéreo y el dream pop en pelotas. “Under Land And Over Sea” es casi un ejercicio a cappella, un canto de sirena en un mar nocturno y tembloroso después de la tormenta. Lo tribal y lo orgánico se aman en “Fight For Me” mediante unas variaciones en los coros de factura clásica (digamos como en las cantatas barrocas). Si a Antony (de Antony And The Johnsons) no le temblase tanto la voz y fuese más mujer (todavía), y lo hubieran despojado de todo dramatismo peliculero, facturaría sin complejos “Peeling Off The Layers”. Y el sonido vaciado de “Tiny Holes In This World” parece un canto retorcido en el día de tu primera comunión. Todo esto es “Retina”, una primera parte que, nos dicen, habla sobre el agua como reflejo de las emociones. Salvo la ya mencionada “Fight For Me” y su percusión mojada, es posible que asociemos la fluidez atmosférica y la voz sinuosa de Mariam con el chorro de un manantial mineromedicinal. Pero hay que reconocer que será complicado. Lo de Wildbirds & Peacedrums no es la búsqueda de un sonido o de la creación sonora a secas (algo que ya hacen muchos otros artistas competentes, sobre todo del mundo de la electrónica pura), sino la interpretación de un conjunto básico de percusión y voz, de sensaciones, que debe discurrir clara y directa como nuestro reflejo en un espejo (o, ya que estamos, en la superficie de un estanque o un lago).

“Iris” incide más en la idea de la concepción sin intermediarios. El sonido del steel pan (hay mucho de él en “The Lake”), instrumento que Mariam adora, será la única textura que nos recuerde al agua en esta segunda parte de “Rivers”. Pero lo íntimo no se pierde. Incluso se potencia, y por momentos de manera casi catpoweriana (en “The Drop”). La electrónica tímida se manifiesta en la bucólica y à la Beach House “The Course”, y “The Lake” flirteará con lo sedoso y lo dream pop con tendencias eléctricas, como ocurre con Klima o Courtney Tidwell, pero aquí sin ropa ni bolsos de por medio. Si fueran folkies, se parecerían a Seabear, pero los tics raros y experimentos björkianos, más dos pestañeos tétricos en “Bleed Like There Was No Other Flood” y en el cierre ligeramente atonal “The Well”, los catapultan hacia aquella tierra de nadie donde todo consiste en creer lo que un extraño te dice o pasar olímpicamente de él.

Jordi Guinart

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