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Álbumes

Oneohtrix Point Never Oneohtrix Point NeverRifts

9.1 / 10

Oneohtrix Point Never  Rifts NO FUN PRODUCTIONS

Durante todos estos años habían estado volviendo los 80, una y otra vez, en todas sus posibles manifestaciones. Pero había un género que permanecía imperturbable ante el revival, sin nadie que le reivindicara –en la mejor de sus apariencias, que la tuvo–. Mejor dicho: sí ha habido artistas resucitando una manera de hacer basada en texturas ambientales delicadas y aproximación a la vía más espiritual de la música cósmica, pero estaban sepultados en el circuito marginal de las casetes limitadas a 30 copias, a los vinilos prensados en tiradas mínimas, a la venta sólo en oscuras tiendas de las grandes ciudades o, simplemente, por servicios subterráneos de venta por correo. Ese género nunca revivalizado es la música new age, o lo que en principio fue la new age antes de que aquí se le llamara “nuevas músicas” incluyendo folk, músicas del mundo, nuevos sinfónicos y minimalistas populacheros: una escisión del ambient ingrávido post-Brian Eno, de los correos cósmicos a la manera de Klaus Schulze y un poco de filosofías del underground, ya fueran contraculturales (hippies) o asiáticas (tantra). Hubo esa música, y durante los ochenta fue una fuerza importante que se infiltró en el pop vía The Art Of Noise y en la música de baile en lo que primeramente se llamó “balearic” –las olas del mar en el comienzo de “Pacific State” (808 State), o los primeros discos de The Orb. Luego, se olvidó, se escupió sobre ella. Pero como todo, vuelve.

Oneohtrix Point Never es Daniel Lopatin, productor con barba, escurridizo, silente, encapuchado, que recuerda en más de un aspecto al primer Gavin Russom antes de que éste se volcara en las frecuencias abrasivas y pseudo-ácidas: adorador de sintetizadores vetustos y computadoras primitivas, pero también de una idea romántica, naturista y algo espiritual de la electrónica, con mensaje filosófico y masaje de ciencia-ficción. Lopatin es ayer a lo que hoy son Dolphins Into The Future, la nueva boutade –por ahora sólo circulan en casete que no hay donde comprarlas, y si se encuentran ya han volado: sin ripeos, sin Spotify, pura clandestinidad– sugerida por Simon Reynolds: un artista que publica aquí y allá discos que o bien se agotan sin que se sepa de su existencia o acumulan polvo en un almacén durante años. Su producción se ha ido repartiendo entre vinilos y cintas editados entre 2007 y 2009, aunque empezado todo a trabajar en 2003 en la profundidad de un sótano. “Rifts”, doble CD propuesto como “la experiencia sonora completa”, viene a reunir el grueso de la producción de Oneohtrix Point Never –tres álbumes, splits, participaciones en recopilatorios y singles– en un packaging atractivo que refuerza el poder sugestivo de esta música: quizá por separado, si uno llegaba a hacerse con una de esas cintas de treinta minutos, la cosa pasaría por una anécdota, como una muesca de trabajo de un artista intrigante pero sin futuro o interés. “Rifts” es otra cosa: es la constatación de que se ha ido elaborando un corpus que, ahora reunido, mantiene una línea, un equilibrio, un discurso y una inspiración por encima de lo común. Suena cósmico y new age, sin duda, pero ¿quién dijo que aquello fuera malo?

Oneohtrix Point Never es un nombre más a añadir a esta línea creativa que ya se ha convenido en llamar hauntology, etiqueta caprichosa e imprecisa que, sin embargo, aquí tiene sentido, porque lo que propone Daniel Lopatin es una mirada nostálgica, esquiva y penetrante hacia un pasado perdido y olvidado. Su mundo es el de finales de los setenta y principios de los ochenta, un ambient desterritorializado en un contexto en el que arrasaba –y se hundía– la música disco, amanecía el punk, se relegaba a un rincón el rock progresivo y se cultivaba el primer pop con sintetizadores. Lo suyo, de haberse producido en ese momento, habría quedado como residuo para bandas sonoras – library music, por tanto– o decoración para despachos de hippys supervivientes del naufragio contracultural. Pero esto no es música para hacer yoga: hay un fondo tóxico, pesimista –se acerca a los momentos más espaciales de Leyland Kirby, pongamos por caso, que a este señor ya lo conocen–, que se contrapone a otros minutos de mayor humanismo o relax. Hay un tema titulado “Emil Cioran” –cita al filósofo, indicación nihilista–, pero a la vez Lopatin indica al escritor polaco Stanislaw Lem como una de sus referencias junto con Philip K. Dick, con lo cual dirige una vez más el camino hacia esa encrucijada entre la utopía y la distopía –a la vez que hacia el compositor ruso Eduard Artemyev, que compuso la música para la adaptación al cine por Tarkowsky de la novela más popular de Lem, “Solaris”–. Estamos, pues, en esos años 70 sepia, posteriores a la llegada a la Luna, todavía con la influencia de “2001” en la retina –el fondo de su página de Myspace es un feto flotando en la galaxia–: la primera euforia de la conquista del espacio se va diluyendo en el pesimismo de los primeros fracasos de las expediciones Apolo, el mundo ha conocido crisis económicas y de valores, el futuro es incierto, y es entonces cuando esta música serviría también como fondo a una lectura de J.G. Ballard. También hay vértigo: describe el misterio de lo desconocido, de lo más lejano –el fondo del cosmos– a lo más próximo –el fondo de una célula–. O, al menos, serviría para ilustrar un documental al respecto, como mucha música cósmica de la época sirvió para “Cosmos”, la serie de televisión ideada por Carl Sagan.

Otra de las músicas con las que se compararía el material de “Rifts” –que reúne álbumes como “Russian Mind” (2009), “Betrayed In The Octagon” (2007) y “Zones Without People” (2009)– es la de Boards Of Canada en sus interludios, esos dos minutos de ambient planeador, borroso, desdibujado como con salfumán, en los que fluía nostalgia de la infancia y viñetas de la naturaleza inspiradas en series sobre animales y plantas como aquella “Life On Earth” (1979) cuya banda sonora se acaba de reeditar. Pero más que Boards Of Canada, que es una referencia demasiado próxima, Oneohtrix Point Never va al fondo del asunto, se deja llevar por las secuenciaciones hipnóticas de Chris Franke –con y sin Tangerine Dream–, de Klaus Schulze y, sobre todo, del sello que fundó el propio Schulze, Innovative Communication, marca definitiva de esa música que abandonaba lo cósmico y que entraba ya en la new age, y por la que pasaron Manuel Göttsching, Mind Over Matter o Software –una reproducción en blanco y negro del álbum “Digital-Dance” de este veterano dúo ilustra también el Myspace de nuestro hombre, un signo definitivo y revelador–. Flotación, ingravidez, naturaleza, espacio, loops analógicos, cinta, misterio, filosofía y Dios: “Rifts” es, en resumen, la mejor música del ramo desde el apabullante “The Days Of Mars” (DFA, 2005) de Delia Gonzalez & Gavin Russom.

Javier Blánquez

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