Returnal Returnal

Álbumes

Oneohtrix Point Never Oneohtrix Point NeverReturnal

8.6 / 10

Oneohtrix Point Never Returnal EDITIONS MEGO

Está Daniel Lopatin en un momento artístico en el que desafía todas las etiquetas, claro síntoma de que se encuentra en pleno proceso de crecimiento personal. No hace ni un año que el sello No Fun reunía diverso material previo editado en vinilos de edición limitada, cintas y CD-r – “Rifts”, en doble compact disc– y ya teníamos problemas para situar a Oneohtrix Point Never en alguno de los nichos estilísticos de la actualidad, pero había un consenso más o menos tácito que le situaba en la difusa hauntology –conjurar fantasmas sonoros de un pasado perdido para reubicarlos en un contexto nostálgico, más próximo a la ensoñación que al revival–, palabra que ya parece haber desaparecido por completo del diccionario de la crítica musical en beneficio de la también imprecisa y conflictiva hypnagogy, que es lo mismo pero reforzando el elemento pop del artista, no su inclinación experimental. Pero no hay ni rastro de pop en OPN –como no lo hay en Emeralds, ni en Tim Hecker–, ni le sienta bien la etiqueta glo-fi, porque aunque el sonido sí parece resplandecer con la palidez y la pureza de una estrella lejana, la baja fidelidad no se aprecia por ninguna parte –equipo utilizado: Akai AX-60, Roland Juno-60, Roland MSQ-700, Korg Electribe ES-1, voz, ordenador personal–. El primer gran mérito de “Returnal” es el de esquivar cualquier tipo de clasificación. Y no, tampoco es drone lo que él hace.

Por supuesto, subsiste la aproximación planeadora a la música ambiental, la huella de la primera música new age entendida a la manera alemana –y sacamos a colación el matiz alemán porque todavía hay quien identifica new age con música de arroyos mansos, sitares y notas prolongadas durante una hora para acompañar los ejercicios de yoga (siempre con intención peyorativa), y no es eso: hubo una evolución de la kosmische music nacida de Klaus Schulze y Manuel Göttsching que retomaron Software y Robert Schroeder, de arpegios delicados e inductores al ensimismamiento, llamada también new age al principio, que es de donde parte Oneohtrix Point Never–. Pero aunque subsiste esa huella, cada vez es más débil, porque Lopatin se va aproximando cada vez más a una zona de vacío que le pertenece sólo a él. Es un artista aislado en el tiempo y el espacio al que la coyuntura –el boom espacial que se viene desarrollando desde hace media década– le ha atraído al primer plano. Y “Returnal” amanece en el momento justo: en sintonía con el zeitgeist, a la vez tan confrontado con la escena revivalista kosmische.

Los ingredientes principales de la receta OPN siguen ahí: ambientes pastorales que remiten a infancias esfumadas al modo del “In A Beautiful Place Out In The Country” de Boards Of Canada, sintetizadores de pequeño formato con la textura primitiva de los setenta, fomento de la sensación de espacio infinito y tiempo inmóvil –o sea, un limbo–, sugestión e hipnosis lúcida a partir de ingeniosos ciclos arpegiados. Lo que ha cambiado es su capacidad de concentración, muy posiblemente, y la confianza en sus capacidades de creación. No basta con ser especial, sino creérselo y ejercer como tal. Y “Returnal”, cuyo título puede hacer referencia a un regreso consciente a las fuentes de su sonido, suena a pieza trabajada a conciencia, planificada en su desarrollo narrativo y limada de cualquier aspereza sobrante. “Returnal” es puro, casi siempre angelical y por momentos tenso, como en la apertura de “Nil Admirari”, que es como un homenaje al ruidismo digital clásico del sello Mego, un caos de computer music inestable a la manera de Hecker (Florian, no Tim), Russell Haswell y Pita que al principio descoloca –hasta se oye una voz agónica y terrible que pudiera ser la de un hombre cayendo por un agujero negro–.

Pero esta introducción enervante tiene su razón de ser: es como un tránsito del dolor a la paz –de entrada, in your face, sin avisar–, y justo entonces Oneohtrix Point Never comienza a conjurar su magia, su geometría sonora irregular: “Describing Bodies” es ambient casi acuático, como la superficie de un lago tranquilo, música sin peso que gira en ciclos suaves sin descanso pero con una calma perfecta, todo un contraste burro –ruido vs. paz– en el que “Returnal” marca de entrada sus dos polos, su ciclotimia sonora. A partir de aquí entra la fase de arpegios y bucles melódicos, la ensoñación ambiental, la evocación de una memoria perdida –Proust meets Ash Ra Tempel, básicamente– que por momentos parece zen ( “Where Does Time Go” o “Stress Waves”: al final de la segunda, hay efectos de pájaros) y permanentemente se sale de eje, se disloca con efectos levemente ruidosos e inexactitud en la entrada de las notas esperadas, como en “Returnal”, donde las voces de entidad divina aletean sobre capas ambientales a partir de audio corrupto que suena como mal filtrado, con una longitud de onda sucia.

El álbum es una experiencia total: se puede escuchar de fondo, como una abstracción decorativa o una ilusión sensorial –perfecto disco ambient, en ese sentido–, o se puede escuchar activamente, pasando de manera intensa por todo tipo de estados de ánimo. En las primeras escuchas lo único que uno encontraba impreciso era el final, sobre todo después de dos homenajes a Boards Of Canada tan claros como “Pelham Island Road” –un chute de memoria, de infancia recobrada, de verano olvidado– y la etérea “Ouroboros”: ese final, “Preyouandia”, es anticlimático y no tiene la contundencia de un verdadero tour de force –ya sea en forma de vacío o épica–, pero hasta que no se percibe lo diferente que es al resto del disco –levemente desasosegante, ambient borroso como el agua sucia– no se encuentra su intención: cerrar en falso y con ambigüedad una etapa para, posiblemente, empezar a trabajar en una línea más turbia en la que se confundan el sueño dulce y la pesadilla. Si lo intenta y lo logra, Lopatin certificará todo lo que aquí se ha dicho: que en la actual electrónica horizontal, él está por delante del resto.

Javier Blánquez

* Escucha, compra

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