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Roc Marciano Roc MarcianoReloaded

9.2 / 10

Una de las mayores preocupaciones para cualquier rapper está en cómo medir y sobrellevar el paso de la nada al éxito. Cómo aceptar el nuevo estatus sin perder la credibilidad y el sentido de tus historias. Si eres un MC que se ha pasado media vida en el anonimato, merodeando por las alcantarillas del género, pobre como una rata, ignorado por la escena y forjándote una reputación de hierro a base de historias de trapicheos y mala vida en las calles, no es nada fácil ascender a la superficie de la noche a la mañana y encontrarte con que tus viejos relatos de supervivencia pueden perder ese punch de credibilidad y realismo crudo que le daban pleno sentido cuando las cosas no iban bien. Parece complejo hablar de las vicisitudes del día a día cuando ya no tienes apuros para pagar el alquiler y has participado en decenas de cameos y colaboraciones en el último año. Es por ello que “Reloaded”, el segundo disco en solitario del MC de Long Island Roc Marciano, presentaba tantos alicientes y, a la vez, tantas trampas. En su imposible papel de continuación de “Marcberg”, aquel debut que hace dos años golpeó a los aficionados al hip hop como un martillo aséptico e insonoro, este regreso necesitaba enseñar una evolución y maduración artística y personal sin dejar de lado en ningún momento el compromiso del artista con la crudeza y la autenticidad de su discurso. Y Marciano, en estos momentos ya convertido en el Mesías para los que seguimos echando de menos la llama del mejor rap neoyorquino, ha tocado la tecla precisa.

“Reloaded” es el relato sobre lo que sucede después de ‘haberlo conseguido’, pero desde una óptica diametralmente opuesta a las convenciones y las reglas. Si este tipo de discos acostumbran a ser eufóricos, derrochadores y recreacionales, en “Reloaded” el tono es aún más solemne, crudo e intimidatorio que en “Marcberg”. Marciano ahora habla más sobre las complicaciones de mantenerse y mantener lo conseguido que sobre luchar para salir adelante. Y esa angustia vital por no perder lo que se ha logrado –estatus, dinero, seguridad, reconocimiento: el denominador común del disco es su intención de ir ya a por el cetro del rap de la Gran Manzana– contamina cada uno de los pequeños capítulos que constituyen su recorrido. Ahí queda ese “Lamborghini dreams, Nissan nightmares” que abre “Emeralds” y que lo resume todo en tan solo cuatro palabras, una de las cimas poéticas de una obra inacabable líricamente que no admite rivales ni competición en el balance de 2012. Este tono de preocupación y permanente alerta lleva a Marciano a escribir las rimas más personales y evocadoras de toda su trayectoria, ahí donde el relato sobre las inclemencias del pasado y la bonanza del presente encuentra su punto de ebullición justo. Y así es cómo el crack rap de guerrilla, del cuerpo a cuerpo, del trapicheo desesperado para pasar el día, con el que identificamos su propuesta deriva ahora hacia un crack rap de contemplación y reflexión, la visión del día después, que cala muy hondo.

El carácter cinematográfico de las letras encuentra en la producción musical el mejor aliado posible. Este es un trabajo de orfebrería estética, sonora y conceptual porque sabe cómo quedarse en un segundo plano, siempre por detrás de las rimas y las imágenes que proyecta el rapper, pero sin descuidarse en ningún momento de su papel relevante y clave en la confección del conjunto. Capta la esencia de lo que está contándonos y la transforma en sonidos acordes. Y además lo materializa distanciándose el punto justo y adecuado de su predecesor. Tres matices importantes les separan. Uno: a diferencia de “Marcberg”, que estaba íntegramente producido por el propio Marciano, aquí hay ayuda exterior, y menuda ayuda. The Alchemist, Q-Tip, Ray West y The Arch Druids entran con buen pie en su universo de angustia y claustrofobia urbana y, además, le ayudan a expandir y ampliar su campo de batalla. Dos: en más de la mitad del contenido Marciano prescinde de forma deliberada de baterías y beats en un giro expresivo tan extraño como apasionante que intensifica las diferencias respecto a su predecesor. ¿Un disco de rap underground sin kit de batería? Parece una apuesta suicida, pero en la práctica es una arrolladora lección de hip hop valiente y desacomplejado en el que prima el fondo sobre la forma. Y tres: si en “Marcberg” los beats y los loops trataban de demostrar con la mayor crudeza e inmediatez posible el tipo de sonido que perseguía Marciano para ilustrar su crónica en los infiernos, en “Reloaded” se consigue un efecto aún más cohesionado y coherente entre ritmos y rimas pero con una apuesta en que todo es sutileza e invitaciones al oyente a tomar partido. Básicamente porque el perfil onírico, entre la melancolía de después de la batalla y la euforia controlada, que da vida y empuja hasta las alturas a “Reloaded” es uno de los grandes misterios por descifrar del que es el mejor disco de hip hop de 2012.

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