Release Release

Álbumes

Pangaea PangaeaRelease

7.7 / 10

Quizá no haya otro productor que resuma en su trabajo mejor que Pangaea los vaivenes y los matices que han hecho cambiar dramáticamente en los últimos años –y casi siempre evolucionar para bien– lo que un día conocimos como ‘escena dubstep’. Esto es así porque su trabajo se imbrica inevitablemente con el de Hessle Audio, el sello que co-dirige con David Kennedy (Ramadanman) y Ben Ufo, pero ni siquiera la producción de Kennedy, que ha ido del dubstep espacioso al house de convulsiones analógicas, ofrece un paisaje tan completo como la del hombre conocido a la hora de pagar impuestos como Kevin McAuley. En 2007 publicó sin llamar la atención la segunda referencia de Hessle, “Coiled”, y en 2008 ya era el mejor de entre aquella joven generación de newcomers que querían seguir el camino de Burial: “You & I / Router” fue de lo mejor de la cosecha de aquella temporada con su bálsamo de paz, oro y voces de hidrógeno, toda una garantía de que ahí teníamos a alguien que valía la pena seguir con atención. En 2009 no habían cambiado mucho las cosas –salvando un remix para Untold, sólo planchó “Memories” en white label, otro himno de influencia burialesca que, aquí, buscaba el extremo más garage de su sonido, y su primer y único 12” en Hotflush, “Bear Witness”–, pero en 2010, justo cuando el dubstep comenzaba a diluirse en un cúmulo de influencias que iban del house americano al revival drum’n’bass, la música de Pangaea comenzó a ganar en fiereza y velocidad, empezó a someterse a violentos cambios de ritmo y sus basslines, hasta entonces como rodeadas de plumas, empezaron a parecer tallos espinosos que se levantaban con orgullo.

El recorrido hasta “Release”, un 2x12” que, en cierto modo, es su primer álbum tras cinco años de espera, pasa por “Pagaea EP” (2010) –otro doble vinilo donde empezaba a ser evidente que la fórmula estaba cambiando– y, sobre todo, por los maxis de 2011 de influencia jungle ( “Hex / Fatalist” e “Inna Daze / Won’t Hurt”, en Hemlock y Hessle, respectivamente), último capítulo de la pausada y paciente carrera discográfica de nuestro hombre, que precisamente por no haber amontonado vinilos en las tiendas ha llegado a este punto todavía con el aura de misterio y de artista en proceso de evolución, sin haber sufrido el mismo desgaste –pese a las respectivas renovaciones de estilo– de compañeros de generación como Untold, Pariah, el propio Kennedy e incluso Scuba. Con Pangaea siempre había esa sensación de que sus mayores esfuerzos se habían canalizado en lo editorial, dándole impulso a Hessle hasta llevarlo arriba del todo entre la colmena de sellos bass londinenses, y que la mejor música estaba aún por llegar. Eso es al menos, también, lo que indica “Release”: son ocho cortes únicamente, repartidos en dos vinilos (y también en CD), y en ellos se trasluce rabia, una energía en bruto que abre un abismo insalvable entre sus primeros tracks y estos: “Game” tiene rastros de ragga y un break nervioso que hace referencia a la primera edad del drum’n’bass –por supuesto, también una línea de bajo como las del colectivo True Playaz en su tiempo–, mientras que “Aware” parece ser su complemento opuesto, una producción más oscura y agresiva que en el conjunto de todo el disco suena crucial.

Suena crucial porque el resto de piezas se mueven por esa tierra incierta en la que los bajos densos jalonan el camino, pero nunca se sabe exactamente qué suelo se pisa: “Release” es un dubstep de paso ligero con sonidos electroacústicos que sólo al final marca territorio, y tanto “Trouble” como “Timebomb” tienen esa polirritmia tribal y circular que tan bien supo desarrollar hace años Boxcutter (o Shackleton), pero sin tanto color (o dolor): el tono general del trabajo es sombrío, cavernoso, como hecho con mal humor. Los capítulos techno están en “Majestic 12” y “Middleman” –el primero es como nitroglicerina, a punto de explotar a cada golpe súbito; el segundo es un campo de bajos donde cada erupción rítmica es como una mina antipersona–, y lo mejor de todo está al final: tras 35 minutos de acelerones rabiosos y sombras perfiladas en la pared, Pangaea desvela su número más experimental, “High”, donde unas voces de pitch elevado flotan como mensajes a la deriva en siete minutos de texturas calmadas y sonidos de viejo sintetizador analógico, en lo que debe ser su personal manera de entender la música ambiental. Un final con trampa –parece beatífico, pero puede provocar un dolor de cabeza en sus momentos más histriónicos– para un título que ya venía avisando desde el primer momento: si se pincha es para que en la pista de baile haya zancadillas, no abrazos.

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