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Taylor Swift Taylor SwiftRed

6.6 / 10

Miedo. Llegas a una de esas discotecas en horario comercial con las que Amancio Ortega ha invadido nuestro país y escuchas de refilón una canción que corre más rápido por tu cuerpo que una metástasis. Aunque lo peor del asunto es que cuando llegas a casa, y con toda la sangre fría del mundo, abres la sesión privada de Spotify y te la pones en bucle sin saber muy bien el porqué. Sí, el dichoso guilty pleasure gordaco mórbido es “We Are Never Ever Getting Back Together”, una canción en la que Taylor Swift se despacha a gusto contra su ex Jake Gyllenhaal (y sus gustos indies) y que, a su manera, usurpa la guitarra del “Don’t Tell Me” de Madonna para acabar sonando como una clean version de cualquier hit de ese cadáver mediático insufrible que fue y siempre será Avril Lavigne. Después de gozarlo conscientemente con el “Party in the U.S.A.” de 2012, sólo cabe una pregunta: ¿la Swift no era la versión modosita y pro-púber de la primera Shania Twain? Por supuesto, por algo es la nueva musa del country-pop palomitero, la que más récords de ventas pulveriza ahora (con perdón de Gaga) y la nuera que cualquier socio de la Asociación Nacional del Rifle querría recibir en su mesa por Acción de Gracias (aunque para desgracia de la América del Tea Party, la chica se ha infiltrado en el clan Kennedy vía noviazgo con el yogurín Conor, de 18 años, lo que ha despertado simpáticos comentarios que le identifican como una Cougar, algo así como una Demi Moore de 22 otoños).

No obstante, eso no quita que la chiquilla, progresivamente, se haya ido cansando de esa imagen de lechuga aburrida (de sí misma) que trasmitía y desde “Fearless” (Big Machine Records, 2008) tímidamente haya querido acercarse a las sonoridades más descaradamente pop a lo Katy Perry sin caer en el siempre fácil recurso del zorrupismo ilustrado. Bien por ella. A sabiendas de que ser exclusivamente un icono soporífero del country no sólo te cierra las puertas en Europa, sino que también es un coñazo de proporciones bíblicas, Swift ha llamado al churrero de hits Max Martin y su escudero Shellback para que entren al trapo en “Red”. Ellos son los culpables de ese “22” que saldría de la boca de Ke$ha si se lavara el pelo y no fuera una fulana del autotune, o ese “I Knew You Were Trouble” que juguetea con el dubstep easy listening. Taylor Swift se nos ha desmelenado a su manera y, encima, ha firmado tres temas la mar de inofensivos y bien producidos que expandirán su ya de por sí millonario target. Lo sentimos, Kanye, toca joderse.

Si bien ese drástico giro sonoro sólo se atisba en las tres canciones detalladas, el resto no es para nada tan dramático como cualquiera pensaría maliciosamente desde la barrera. Hay presupuesto de sobras para firmar canciones mucho más potables que las de Snow Patrol como “State Of Grace” o “The Last Time” (lógico que en esta última le acompañe Gary Lightbody); pequeñas joyas de country-pop melodramático teen con estribillos expresamente empaquetados por los que mataría Sheryl Crow ( “All Too Well”), y piezas ensombrecidas por el AOR como “Holy Ground” que sin ninguna explicación racional te ponen tierno con el mundo y te hacen pedir a los cuatro vientos que alguien urgentemente te haga la cucharita en la cama. Aunque escuchando a Taylor Swift corres el peligro de convertirte en un cursi de tres pares de cojones, la chica sabe lo que se hace. Ya tengo preparada la escopeta escondida a buen recaudo para atacar a todos esos troles que quieren verme ardiendo en el infierno.

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