Red Head Red Head

Álbumes

The Machine The MachineRed Head

7.6 / 10

The Machine Red Head REKIDS

Rojez capilar. Talento al rojo vivo. Números rojos. Rosso profondo. Matt Edwards siempre lo apuesta todo al rojo, aunque a veces salga negro. Si fuera artificiero, siempre cortaría el cable rojo, aunque el azul fuera el bueno. Le gusta tanto el rojo y tiene un vello corporal tan rojo que, diablos, no es de extrañar que su nueva proeza se llame “Red Head”. Conocido en su pueblo (es británico, aunque ahora afincado en Berlín) como Radio Slave, Edwards ha sacado de debajo de la cama el disfraz de The Machine y ha emprendido un descenso por manglares paralelos al cauce que suele navegar con su alter ego más célebre. La historia va de collages y secreta un cerumen arty que recubre con atractiva viscosidad la caja del CD. Según propias palabras de Edwards, The Machine es una vía de escape que le permite hundir la nariz en una forma de construir música electrónica basada en el corta, pega y taconea, un juego de sombras chinas y contemplación impresionista que, en lo puramente musical, posee una magia embriagadora. Y digo lo puramente musical porque este CD no sólo se oye, también se ve. El artefacto viene acompañado de un cortometraje experimental del colectivo japonés Jigoku y cada canción está vinculada a una imagen elegida por el artista pop australiano Misha Hollenbach. Un concepto artístico, en resumen, que hará babear a la parroquia moderniqui y dejará completamente indiferentes a los que, como un servidor, no entendemos por qué diablos se quiere asociar siempre la música electrónica a la experimentación visual y al diseño gráfico de vanguardia (qué queréis que os diga, mi madre una vez me dijo: “chaval, no confíes nunca en un Video DJ, en un moderno y en un diseñador, por este orden de importancia”).

Patochadas multimedia aparte, la música –que al menos a mí es lo único que me interesa–, raya a un nivel alto y confirma que Matt Edwards es un creador estilista, es un elegantísimo ilusionista capaz de zurcir con parches y sonidos muy dispares un edredón sonoro que se contempla como una sola pieza, como un envoltorio amniótico del que sólo se puede salir con llantos y quejidos de neonato una vez se ha consumido el tracklist. El primer movimiento, “Continental Drift” es un relajante paseo en bote por un lago de helio líquido: 10 minutos de ambient para eternautas. Edwards consigue someternos a un estado de flotación mental que recomiendo fervorosamente para calmar los ánimos en uno de esos días en que cogerías una pistola, entrarías en un McDonald’s y te cepillarías a todo bicho viviente. Después de la calma, acelera los biorritmos con “Opening Ceremony”, catorce minutos de tribalismos minimaloides, tam tam marciano, reminiscencias africanas y electrohouse trotón. Todo está perfectamente milimetrado en su máquina de coser. Sigue aplicando puntadas arriesgadas y collages a cara de perro en “Leopard Skin”, un desarrollo de cinco minutos que atiborra al oyente con samples ultrarrepetitivos, una arritmia percusiva que huele a angina de pecho y un estado de tensión/hipnosis muy especial.

Y lo mejor está por venir, tienes la sensación de que esta máquina está calentando bujías y, cuando entra el horrorcore de “Spell Bound”, los motores del álbum comienzan a rugir con toda su rabia. Temazo. Da miedo, se sustenta en una batería jazz que te crispa los nervios. Te congela las pelotas con unos samples espectrales de voces y lamentos. La densidad de este corte puede casi masticarse, como si fuera un trozo de mojama envenenada. Y suelta otra proeza en clave house lo-fi en “Talking Dolls”, donde ahonda en los tribalismos, la percusión chamánica y las voces lejanas. Diablos, a mitad de canción hay un parón que podría pasar por el culmen una ceremonia vudú (sólo me falta Lisa Bonet bailando poseída, con una gallina degollada en la mano). Ewards cierra la misa tahitiana con otro track ultrabarroco de house letárgico, capas y capas de mantras selváticos, efectos espiritistas y extrañas panderetas, conduciéndote durante quince cortísimos minutos hasta un éxtasis absoluto que os hará salir a todos de la tumba con los ojos en blanco. Bienvenidos seáis a la Iglesia de la Máquina.

Óscar Broc

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