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Skrillex SkrillexRecess

6.4 / 10

Gracias a Skrillex he despertado bruscamente al adolescente que hibernaba en mis adentros desde hacía muuucho tiempo. Con 38 años palpitando en la chepa, esta semana me ha tocado rememorar mis batallitas musicales de veinteañero malcriado (y sobradamente pajeado), enfrentándome a coetáneos coléricos a raíz de una confesión que a muchos les ha sentado como la lanza de hierro que atraviesa al cura de “La Profecía”: el disco de Skrillex me gusta.

Por lo que percibo, a estas alturas de la partida, asegurar que Skrillex mola no mola: es una boutade pseudo hipster de toma pan y moja, una ironía burda y sin gracia que pone a los skrillexistas primigenios en un estrato moral más elevado, una atalaya desde la que juzgar y penalizar cómodamente a los recién llegados y listillos. Yo estuve antes, yo escuchaba Skrillex cuando tú no sabías quién era, antes decías que era una mierda y ahora no lo es, dices que te mola para dar la nota, bla, bla, bla. Lo mejor de todo este tinglado es que parece que estemos hablando de un DJ underground de Croydon que nadie conocía hasta hace dos días, cuando en realidad estamos debatiendo sobre la Lady Gaga de las cabinas, un producto masivo y más de moda que los tejanos skinny. Y aun así, hay una facción que se siente legitimada a reivindicarlo por antigüedad, como si fuera algo de su pertenencia profanado caprichosamente por la masa. Una risa.

El primer larga duración del nuevo Jesucristo digital no vale tanto por su huella musical, que no está mal, como por las cruentas guerrillas que ha provocado entre señores mayores como yo; maduritos que pagamos una hipoteca y luchamos contra la frondosidad de nuestro vello nasal. Entiendo que invirtamos el tiempo ejerciendo de hooligans con nuestro equipo de fútbol favorito, a fin de cuentas hay ahí un atavismo tribal soterrado al que no se pueden resistir ni los intelectuales más decrépitos y ponderados. No obstante, resulta llamativo que nos arranquemos la piel con el mismo fervor futbolístico por un tirillas infinitamente más joven, millonario y feliz que nosotros.

Es la grandeza de personajes como Skrillex, iconos del show business que están por encima del bien, del mal y, por supuesto, de todos los freaks que podríamos ser sus padres y perdemos regueros de neuronas utilizándolos para reafirmar nuestra autenticidad. Que alguien consiga semejante efecto resulta impagable, pues no hace más que recordarnos que gran parte de la historia del pop se ha escrito en términos tan infantiles como pasionales, y se ha cimentado en guerras absurdas: yo lo descubrí, tú no; yo lo defendí primero y ahora te subes al carro; lo has puesto a parir y ahora dices que no; la mía es más larga… y todos los recursos típicos del freakismo melómano, obsesionado con sus guerras personales y sujeto a la ley del más rápido: quien lo descubre antes se lo queda. Hacía tiempo que no veía algo así; sólo por habernos devuelto por un día la irracionalidad adolescente que dominaba nuestras filias y fobias musicales años ha, sólo por generar un debate tan infantiloide entre gente talluda con pelos en los huevos merece la pena que reconozcamos el valor, como fenómeno transmusical, del productor y DJ estadounidense.

No obstante para juzgar lo más objetivamente posible este álbum he decidido extirpar de mi cabeza cualquier injerencia externa, no pensar como un crítico adolescente y escuchar el disco después de una sesión exhaustiva de meditación. No es fácil abstraerse del entorno al que apelaba Johann Cruyff cuando se habla de una escudería tan masiva como Skrillex. Es realmente jodido analizar su disco sin chocar con los toneladas de prejuicios que orbitan a su alrededor. Misión: desgranar los pros y contras de “Recess” con la mente fría. Bajo cero.

Y con esta actitud compruebo que el segundo acierto del álbum también es extra musical: me encanta la forma en que el productor chaparro ha vertido sus nuevos tracks en el cosmos virtual, de golpe y porrazo, escondidos como Easter Eggs en un videojuego de marcianitos para Smartphone llamado “Alien Ride”. Una nueva trampa que ha cogido al mercado con los calzones a media asta y le ha vuelto a colocar como uno de los mejores dinamitadores de la industria desde la industria. De forma inopinada, el disco de música electrónica más esperado (que no deseado) del año se ha colado en nuestra ducha sin avisar y una semana antes de su publicación. Sin pompa. Sin campañas fascistas de publicidad. En nuestra cara.

Precisamente esa es la actitud. En nuestra cara. Porque “Recess” es una eyaculación facial espasmódica y descoyuntada que tiene todos los tics del heavy metal para campos de fútbol. Bucear en etiquetas es un ejercicio estéril. ¿EDM? Sin duda. ¿Brostep? A todas luces. ¿Dubstep para grandes estadios? Y tanto. ¿Pop? El concepto lo es, a rabiar. Lo cierto es que en el LP debut de Skrillex es un magma calentísimo de beats electrificados, calambres vigorizantes, bombos de doom metal, claps ensordecedores, graves y subgraves que atrapan la luz para no dejarla escapar… música sobreproducida, taladrante y siliconada para las masas. Sin sutilezas. Con granos en el culo y mal aliento. Estilo Lloret. Y todo fabricado a través del prisma de un kraken musical que ha remezclado a Bruno Mars, ha vendido diez millones de singles, ha ganado varios Grammy, ha convertido hasta sus pedos en rentables y ha hecho que Shakira pare un coche en medio de Barcelona y se ponga a bailar. A lo grande y con la chorra fuera.

En el caldo de “Recess” burbujea un talento verborreico en la manufactura de electrónica de guerrilla para adolescentes beodos. El tipo es bueno haciendo esta mierda y lo sabéis. Es un disco que dispara haces de música estroboscópica directamente al nervio óptico de los críos. La producción es barroca, excesiva; el grueso del tracklist es una ametralladora de efectos molestos, sonidos estridentes, bajos muy gordos en modo wobble, drops blindados y seborrea rockista. Por mucho que algunos hablen de expansión de horizontes, las armas del estadounidense siguen siendo las de siempre: smash house peleón, drum’n’bass, dubstep de la rama dura, dancehall, booty bass, juke y hip hop para amantes del tunning galáctico. Es un blockbuster efectista de principio a fin, todo explosiones y persecuciones, pero un taquillazo bien rodado, técnicamente impecable y de un populismo que no molesta; al contrario, hasta tiene cierto encanto. Skrillex no es Rusko, no es Reso –más quisiera-, pero no es ni mucho menos el productor calamitoso que muchos dicen. Porque lejos de ser la basura para memos que los haters nos han vendido, “Recess” se revela como un disco bastante sólido que sobrepasa los límites de la decencia con pulso frenético, hedonismo instantáneo y un armazón espinado de sonidos broncones para imberbes con ganas de liarla pardísima.

Para este rally a cara de perro, Skrillex se acompaña de un equipo bastante variado de copilotos. Diplo no podía faltar. Chance The Rapper, uno de los MCs más cool del momento, aporta caché. La recuperación de los legendarios Ragga Twins –uno de los muchos guiños 90s de la imaginería Skrillex– tampoco es moco de pavo. Las arengas de Fatman Scoop al más puro estilo Crooklyn Clan son alimento para los amantes del hip hop cazurro para clubs. Incluso se atreve a encamarse con Niki & The Dove y reconstruir su canción “DJ, Ease My Mind”, como si la hubiera regrabado en una barriada de Sudáfrica en plena rave de piojos mutantes. El desfile de colaboradores se ajusta de forma irregular al formato bulldozer de la música de Skrillex, una irregularidad que también se trasluce en un tracklist al que le sobra un 35 % de canciones y cuyo 65 % restante no dejará huella para la posteridad en el mundo de la electrónica, aunque le joderá la vida muy seriamente a vuestros vecinos.

“Recess” no está diseñado para la eternidad, antes al contrario es un pastillón de subidón potente pero corto, el típico disco que tu iPod escupirá en dos semanas; eso sí, como inyección de adrenalina fiestera es tremendamente efectivo. “All Is Fair In Love And Brostep” pone punto y final al debate sobre el posible plagio de Zomboy en su “Terror Squad” y se abre al oyente como un opener ensordecedor de taladradoras, subwoofers magullados y puñetazos de dancehall. “Recess” es brostep del gueto, funk navajero para fiestas con strippers exageradamente culonas. “Try It Out” apesta a Araabmuzik incluso después de una ducha desinfectante. La inmersión rapera con guitarras eléctricas y coros del buen rollo en “Coast Is Clear” tiene un pelín de gracia. “Ragga Bomb” es una bronca de cojones, una puta bomba de racimo que deja heridos en un álbum cargado en su núcleo con rocas incuestionables para la pista que te hacen olvidar, aunque sea por unos segundos, majaderías como “Fire Away”, “Doompy Poomp” (¿IDM?) o “Stranger” (¿Moderat?). El primer LP oficial de Skrillex, en definitiva, es un reflejo de la voracidad de una juventud abocada a la sobrexcitación y la urgencia. Sin ton ni son. Efímero, ruidoso y divertido como un eructo. Repelente de puretas. Música de baile martilleante, molesta y preñada de anabolizantes para spring breakers atiborrados de MDMA y universitarias de top less fácil. Lo dicho: en nuestras caras.

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