Rebirth Rebirth

Álbumes

Lil Wayne Lil WayneRebirth

2.5 / 10

Lil Wayne  Rebirth CASH MONEY RECORDS

¿El mayor desastre del rap moderno? ¿El peor disco de 2010? ¿La pérdida de papeles más escandalosa de la década? ¿El WTF! más sonoro del siglo XXI? ¿El “porque-yo-lo-valgo” más alucinado y delirante de nuestro tiempo? ¿Una broma privada a costa de millones de seguidores? ¿El capricho más caro de la industria discográfica tal y como la conocemos ahora? ¿El “me-acabo-de-quedar-con-todo-Cristo” más contundente que se recuerda? ¿El pedazo de mierda más hedionda de la temporada? A todo se responde afirmativamente, con una cara de pasmo, de tonto de baba, que diría Luís Aragonés, de las que marcan época, cuando “Rebirth” llega a su fin, si es que has tenido los arrestos, la sangre fría y el temple para aguantar hasta el último segundo. Atónito, sin habla, te permites unos segundos de duda: “no puede ser cierto”, “este tío se ha querido reír en nuestra cara”, “premio a la broma más demoledora de la crónica musical reciente” o “vaya dardo envenenado al fervor rockero de muchos rappers y afroamericanos” son algunos de los pensamientos que te asaltan cuando te quedas en silencio. Pero la realidad, una vez más, supera toda hipótesis y cualquier relato de ficción: Lil Wayne va de guitarrista y músico de rock. Y ha puesto todo su empeño en ello.

Después del concluyente “Tha Carter III”, uno de los grandes álbumes de 2008, con más de tres millones de copias despachadas, y la grabación que acabó de encumbrarle como uno de los MCs del momento, Lil Wayne tenía dos opciones para sacar adelante su continuación: exprimir su talento para destronar a Jay-Z o creerse Dios sin tan siquiera salir al campo a jugar. Sólo desde un punto de vista de endiosamiento salvaje, de creerse intocable, imbatible y eternamente respetado, se puede llegar a entender una pantomima como este disco. La historia de la música, también del hip hop, nos ha enseñado a tolerar caprichos, salidas de tono, boutades o piruetas estilísticas imprevistas y poco exitosas de artistas relevantes, y también a apreciar algunos cambios de rumbo complejos y justificados – “808s & Heartbreak”, sin ir más lejos– que han desconcertado y fascinado. Pero una cosa es plasmar nuevas inquietudes, influencias y registros y otra muy distinta tomarle el pelo a la gente por falta de inspiración, sobredosis de sirope de codeína, ataques de indolencia o simple aburrimiento. Niño mimado al que se le consiente todo, Lil Wayne no ha tenido mejor idea para ahuyentar los fantasmas de un disco difícil de superar creativa y comercialmente que agarrar una guitarra, colgársela al hombro, contratar a una banda y grabar un álbum de rock, cantado con autotune, sin apenas rapeados y con estribillos que harían sonrojar a Dee Snider.Muchos dirán que se trata de una aproximación desacomplejada al rock y algunos querrán ligar este invento al evidente flirt que parecen estar viviendo los rappers y el rock. Pero mi modesta teoría es menos apasionante sociológicamente: “Rebirth” es el resultado de una adicción malsana, compulsiva y desbocada al Guitar Hero. No cuesta imaginarse al Gremlin del rap invirtiendo horas y litros de sirope dándole al mástil con sus colegas. Y de ahí a creerse guitarrista solo hay un paso y un estatus de estrella total que te permita convertir un pasatiempo cyber en una excusa creativa. Y el problema, claro está, no estriba en el hecho en sí, en la idea de apostar por un cambio de tercio explícito y rompedor, sea cual sea el motivo, aunque es más que notorio que su talento aporreando las seis cuerdas deja mucho que desear. El gran problema está en su materialización y en el resultado final de ese golpe de timón. Demasiados frentes abiertos que llevan al desastre más estrepitoso. En primer lugar, el concepto que tiene Weezy del rock. Porque hay rock y rock, y en su caso parece haber elegido la vía del rock tiñoso, un cruce demencial entre el rock emocional con poso hip hop, algo así como Linkin Park pasados por el filtro de 30 Seconds To Mars, y el hard-rock comercial de los 80, aquel rock con laca que causaba furor y del que, sin saber muy bien por qué, Wayne se acuerda en algunos pasajes del recorrido: mucho ojo a “On Fire”, que no desentonaría como banda sonora de alguna de las cuatro primeras entregas de “Rocky”.Lo peor es que, además, el MC se atreve con muchos palos, a cual más horrendo: desde el AOR gay, con una “I’ll Die For You” que en un mundo lógico solo podría ser una parodia consciente del género, al nuevo emo pop, con una “Knockout” que no tendrían cojones de firmar ni Fall Out Boy, pasando por el post-grunge o incluso por un remedo del punk-rock a lo Ramones ( “The Price Is Wrong”, puro delirio). Todo ello expuesto a brochazo limpio en canciones feísimas, repletas de riffs infectos, empujadas por una sección rítmica sin alma y coloreadas con coros femeninos R&B y con el maldito autotune en cada minuto del recorrido. Si os juntáis cuatro amigos en un local de ensayo es muy probable que os salga música más decente que la que se escucha y se sufre en “Rebirth”. No hay palabras. Y para no echar más leña al fuego os evitamos el mal trago de repasar y analizar las letras. Eso merecería un capítulo aparte en el museo de los horrores de la lírica contemporánea. Retahíla de clichés apolillados del AOR y del emo para teenagers, Wayne se quita de encima el engorroso trabajo de acompañar sus canciones ruidosas con un puñado de letras que no se hubiera atrevido a escribir ni tan siquiera el cantante de My Chemical Romance. En “I’ll Die For You” se pone sensible y suelta, sin vergüenza alguna, una cima del romanticismo post-moderno: “I'll love you like no other / I'll do you like no other / I swear to god I motherfucking tried / I'll do you like no other / I'll treat you like no other / without you in my life i fucking die”. Y qué decir del pistoletazo de salida, “American Star”, que nos reserva otra perla inigualable: “Born and raised in the U.S.A / Where my president is B-L-A-C-K / Where my president is B-L-A-C-K / Where my president is B-L-A-C-K / I was born and raised in the U.S.A / And all I wanna do is play”. Podríamos seguir así un buen rato, pero no merece la pena. Queda claro que Weezy quería aplicar sus conocimientos de “Guitar Hero” a la dinámica de un estudio de grabación sin importarle en ningún momento lo que estaba cantando y contando. Y lo que es más trascendente: quería demostrarle a todo el mundo que él la tiene más grande, larga y gorda que nadie y que si por algún milagro inesperado consigue vender más de un millón de copias con este detrito ya no le podrá toser ni el mismísimo Barack Obama. David Broc

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