Realism Realism

Álbumes

The Magnetic Fields The Magnetic FieldsRealism

8.3 / 10

The Magnetic Fields Realism NONESUCH

A Stephin Merrittt se le ve el plumero. Y no, no es un plumero cualquiera ni mucho menos uno que se preste a segundas lecturas. El plumero, portentoso plumero, es en este caso el que le permite al neoyorquino borrar las huellas que deja tras de sí y, de paso, apartar de su camino cualquier cosa que no tenga que ver con la personalidad –la suya, claro- y las más absoluta de las exquisiteces. Es, en efecto, un plumero que se balancea majestuoso por encima de su cabeza e informa que al cerebro de The Magnetic Fields le pierden la belleza y las canciones hermosas. Esto es, resumiendo, como ese gran penacho del jefe indio que sirve para indicar quien manda. Y si de lo que hablamos es en pop exquisito y elegante; de melodías que corren con la lengua fuera en busca de la perfección, el jefe es Stephin Merritt. No lo duden. Él manda.

Puede que hablar así del autor de cimas del pop más o menos reciente como “69 Love Songs” (1999) o “Get Lost” (1996) acabe sonando a perogrullada de las gordas, pero no está de más recordar que estamos ante un genio. Uno de los de verdad. Y eso, igual que el sentido común o el crédito financiero, no es algo de lo que andemos precisamente sobrados. Aclarada la gallardía pop de Merritt, toca presentar “Realism” como complemento-respuesta-reacción a “Distortion” (2008) , el disco con el que exprimió al máximo las posibilidades del noise-pop estilizado metiéndose en el pellejo de The Jesus & Mary Chain. Él mismo lo explica asegurando que concibió “Realism” y “Distortion” como un par, dos discos siameses que en un principio pesó en llamar “True” y “False” –al final desechó la idea por no tener claro cuál sería cuál– que abordaría las producción desde dos extremos prácticamente opuestos. Así, lo que en “Distortion” fue un monolito, en “Realism” sería un caleidoscopio.

Y como no podía faltar el hilo argumental, “Realism” es, además del último capítulo de la trilogía sin sintetizadores que Merritt emprendió con “I” (2004), una reflexión sobre la supuesta “autenticidad” de los instrumentos acústicos que, viniendo de alguien que asegura que no soporta el sonido de una guitarra acústica durante más de tres minutos, no está exenta de sarcasmo. El caso es que, con sus bajos juguetones, sus xilófonos y sus fiscornos, el octavo trabajo de The Magnetic Fields es una voltereta folk que se empapa de la tradición británica y avanza como una sofisticada opereta en la que la voces de Merritt, Claudia Gonson y Shirley Simm ejecutan el enésimo número de variedades la banda neoyorquina.

Sin perder la medida del miniaturismo pop y colocando como anzuelo una “You Must Be Out Of Your Mind” que, con ese banjo juguetón y esas voces entre exquisitas y perezosas, solo puede presagiar algo bueno, Merritt coquetea con arreglos tradicionales, incorpora instrumentos como de juguete para amortiguar su fina ironía –“ The Doll’s Tea Party”– y se prende en el plumero nuevas delicias como “Walk A Lonely Road”, “Seduced And Abandoned” y “Everthing Is One Big Christmas Tree”. Que al final le haya salido un disco (aparentemente) más reflexivo y melancólico no es una pega, sino una prueba más, la enésima ya, de que el talento de Merritt no conoce límites ni mucho menos estilos. En esto del pop elegante, repetimos, él manda. A ver qué se le ocurre para el próximo disco.

Luís Izquierdo

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