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8 / 10

Real Estate Real Estate WOODSIST

El año que acaba nos deja un reguero considerable de nuevas bandas y movimientos importantes, pero entre el marasmo de cruces estilísticos y nuevas mutaciones de género hay una etiqueta que parece haberse resentido: la fiebre weird folk remite bastante, fruto sin duda alguna de una saturación que llegó a hartarnos un poquito bastante. Mimado hasta el exceso, hace un par de años el subgénero parecía dar una obra maestra cada mes y llegó un punto en el que ya no éramos capaces de distinguir si nos daban gato o nos tocaba liebre. De repente, es como si la mitad de los acólitos de aquella ‘new weird america’ se hubiera quedado sin adverbios ni adjetivos. Hoy, con su padre y su madre artísticos calibrando en los extremos –Devendra de capa caída y Joanna a punto de dar su tercera campanada–, la llamativa distorsión de la americana de raíces parece buscar a la desesperada aledaños no asfaltados por los que desviarse a repostar.

De la mano de grupos como Megafaun o Vetiver, uno de esos caminos parece estar tomando el atajo de lo que daremos en llamar el revival de la ‘cosmic american music’. Guardando las necesarias distancias con la sagrada etiqueta patentada por Gram Parsons, Real Estate vienen a engrosar un poco esas inquietudes, ubicándose más o menos en un cruce de coordenadas que traen a la cabeza y en diagonal el bucólico fervor de los discos mejor engrasados de The Band y CSNY. Martin Courtney lidera un grupo que frente a la agresividad y el grado etílico de la que fuera su otra banda hasta hace nada, Titus Andronicus, hace aquí de lo quedo y lo luminoso su punto fuerte: si allí se intuían excesos que podrían minar su robustez como grupo, la forma física de Real Estate hace gala de una salud de hierro. La lozanía de la banda de New Jersey ha quedado patente, según se cuenta por ahí, en unos competentes directos con los que empezó a despuntar en el último SXSW y que le ha llevado a convertirse en la protagonista absoluta del reciente CMJ neoyorquino.

Crujientes y etéreas, descansando sobre almidonados colchones instrumentales, sus canciones responden a una alquimia digna de otra época, como si su máxima fijación fuera evocar el recuerdo de oldies perdidos en el dial de alguna radio antigua (algo que consiguen con una belleza suspendida del espacio y el tiempo similar por momentos a la de M Ward). La playa aparece como inspiración o tema alrededor del cual hacen girar exóticos recursos –casi hawaianos a veces– y un lánguido arrebato chill que relaja como un buen masaje. Una excusa conceptual perfecta para una especial y especiada receta de americana versátil, generadora de una espuma que barre como las más lánguidas olas de Beach Boys, y que trenza surferas guitarras con el candor paisajista de Yo La Tengo y las intrincadas texturas de The Feelies. La delicatessen empieza con una apertura impecable: la perfumada y perfecta “Beach Comber”, una canción para el recuerdo. Cambiando slides por güiros ( “Atlantic City”), y jugando con las posibilidades exóticas de los pedales, todo se irá impregnando durante el recorrido de una veraniega lasitud que refuerzan melodías perezosas y ritmos encantados: para derretirse son ese vals ahogado convertido en lamento tropical que es “Black Lake”, la progresión hipnótica de la brumosa “Fake Blues” y el catártico final con la ¿sarcástica? “Snow Days”. Con todo eso y mucho más, Real Estate dan forma a un tupido disco al que quizá cabría objetarle lo extremadamente fiel que es a su propio sonido, ciñéndose en exceso a su medido guión (ese falso aroma a jam sessions pretendidamente casuales).

Con los pies en la tierra y el corazón en el cielo, el eficaz resultado se muestra casi intercambiable con el de otro de los grupos revelación del folk más expresionista, los aún más pastorales Woods, junto a quienes editan en el indie label más ‘in’ del arrastrado sonido Brooklyn: Woodsist. Pero frente a la camada de promesas lo-fi a las que la fuerza se les escapa por la boca, la música de Real Estate evoca sin alardes toda la anchura de la ‘alt americana’ y logra sonar, con liviandad, a barrica añeja con solera. Transparente y pura como la afilada claridad de los días soleados en invierno, irradia unas incontenibles ganas de respirar todo el aire a su alrededor mientras describe a jóvenes disidentes que, huyendo de casa para ver mundo, acaban regresando al hogar ese mismo día por la noche ( “Suburban Beverage”). Reposan aquí dentro una saludable falta de pretensiones, una distinción rústicamente genuina y una salada nostalgia. Pero sobre todo conviven un buen puñado de canciones herederas de una exclusiva intuición y que deberían llamar a filas a todos los seguidores del nuevo referente melódico patentado por Fleet Foxes. Un debut maravilloso.

Cristian Rodríguez

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