Ravedeath, 1972 Ravedeath, 1972

Álbumes

Tim Hecker Tim HeckerRavedeath, 1972

8.8 / 10

Tim Hecker  Ravedeath, 1972

KRANKY

Puedes cometer el error de escuchar este disco en tu ordenador, con los altavoces de mierda que ha colocado ahí el fabricante a modo de accesorio de serie. Allá tú. Ni tan sólo el iPod es un buen recurso: “Ravedeath, 1972” necesita un equipo de sonido de alta fidelidad a la antigua usanza, un par de bafles de capaces de resistirlo todo –o unos cascos profesionales– y un amplificador con la capacidad de expulsión de un volcán. El sonido sale escupido de aquí como si fuera una bola de viento, nieve y fuego con infinitos matices, alturas y volúmenes, y golpea el oído –de hecho, todo el cuerpo– como si fuera un muñeco de trapo maltratado por un ejército de puños. No es un cañonazo, sino una ráfaga de ondas a presión propia de un arma del futuro. Esos sonidos son de todo tipo: están los característicos drones de ruido maligno propios de Tim Hecker –recordemos: antiguo aficionado al metal extremo–, están los paisajes gélidos de electrónica contemplativa y están los usos inadecuados de todo tipo de instrumentos convencionales. Guitarras, pianos, y sobre todo un órgano de iglesia: Tim Hecker lo grabó todo en un proceso (casi) en tiempo real durante su estancia de un día (en julio de 2010) en una iglesia de Reykjavik con la asistencia de Ben Frost, operación en la que desnaturaliza el sonido de cada pieza hasta darle una textura sepia y cenicienta, lo reconfigura sobre una plataforma de ruidos diversos en un juego de planos, contraplanos y picados, y, como decíamos al principio, los arroja contra el cuerpo del oyente –porque este disco se escucha con el cuerpo entero, vibrando y sintiendo dolor– como si fuera una olla de sopa hirviendo, un alud de nieve o un haz de rayos láser. La post-producción la ha realizado en alta definición para que cada matiz relumbre como un sol y moleste como un terremoto, y por lo demás el disco se ha completado poniéndole títulos a las piezas de este mal sueño cósmico. Otra obra mayor más en la inagotable producción del músico canadiense, uno de los grandes talentos del ambient moderno.

Durante más de diez años, Hecker ha ido entregando parte de la música electrónica más esencial de nuestros días. Uno siempre tiende a verle como el contrapeso de Loscil en la turbulenta escena ambient: Loscil es la paz y Tim Hecker es el sobresalto, el ruido y la perturbación. Unas veces más cerca de los clicks’n’cuts ( “Radio Amor”, 2003), otras en un contexto drone sin domesticar ( “Harmony In Ultraviolet”, 2006), en ocasiones alternando luz y dolor ( “An Imaginary Country”, 2009), su obra es constantemente sobresaliente y “Ravedeath, 1972” no es una excepción. El título sugiere exterminio y sangre, aunque no tiene un significado preciso, o al menos eso indica su responsable, que atribuye la escritura a un proceso automático, como si sus manos se movieran sobre el rectángulo de una ouija. Pero no es difícil interpretar aquí una versión ambiental a un volumen insano de “La Matanza De Texas”: ese chorro de sonido a presión que sube y se calma para recuperar el ímpetu asesino, esa presencia constante y escalofriante del órgano, el temblor de los músculos, la quemazón de la piel, los oídos hechos fosfatina. Tim Hecker es un hombre al que le sobran las masterpieces –no hay que olvidarse ni de “Mirages” (2004) ni de EPs como “Norberg” o “My Love Is Rotten To The Core”–, pero entre todas, hoy, “Ravedeath, 1972” parece la mejor, la cumbre de su estética personal, porque para recuperarse de este exorcismo se necesitan días de silencio y vacío –siempre y cuando, recuerda, lo escuches como dios manda y no en un altavoz de mierda–.

Javier Blánquez

Tim Hecker - Hatred Of Music I {youtube width="100%" height="25"}0w_s_r-yttY{/youtube}

Tim Hecker - Studio Suicide {youtube width="100%" height="25"}mRiVjc2WVss{/youtube}

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