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Rihanna RihannaRated R

4.5 / 10

Rihanna  Rated RDEF JAM RECORDINGS

El morbo lo mueve todo. A falta de contemplar cómo la Esteban va a ser capaz de conseguir que media España se atragante con las uvas esta próxima Nochevieja (lo que provocará un colapso en las urgencias que ríete tú de la dichosa y sobrevalorada epidemia gripal), “Rated R”, el cuarto álbum de estudio de Rihanna, encuentra en la fatídica velada de los últimos Grammys su mayor polo de atracción. Para aquéllos que son ajenos al fango del pop, he aquí los antecedentes: prometedora estrella del mainstream, sin comerlo ni beberlo, se ve involucrada en una desagradable refriega con evidentes secuelas físicas. El paria social, que es su novio y al que conocemos como Chris Brown, pide perdón públicamente ante tal atroz sinvergüencería. Pero se le condena por la paliza y desaparece del mapa durante unos meses, no sin antes pedir disculpas públicamente, suponemos que con telepronter de por medio. Mientras tanto, la red se inunda de lascivas instantáneas de la hija pródiga de las Barbados (las malas lenguas apuntan a que el propio Brown fue quien filtró las imágenes) y, ni corta ni perezosa, se tatúa una pistola en las costillas.

La producción en cadena del pop ha enaltecido durante los últimos años a un sinfín de futuribles princesitas. Algunas, como la fundadora del gagaísmo, por méritos propios y con una creatividad estética barrocamente inigualable, están cosechando una atracción mediática de aúpa aún teniendo una cavidad nasal antilíbido. Otras, como la pseudodiva que nos ocupa, tristemente carecen del carisma requerido para convertirse en el espejo de las teenagers estadounidenses. Rihanna a duras penas es capaz de marcarse unos pasos de baile, y si el vocoder no hace acto de presencia su voz pasa bastante desapercibida. Para más inri, ahora intenta vendernos la moto de que el espíritu de Grace Jones habita en sus carnes. Si bien temas como “SOS” y “Unfaithful” le colocaron en el ojo del huracán hace cuatro años, fueron “Umbrella” (tuvo a los astros de su parte, después de que Britney la rechazará porque ya tenía bastante con lo suyo) y “Don’t Stop The Music” las canciones que le convirtieron en la infalible dama del pop pachangero-poligonero. Es lo que tiene gozar de un batallón de singles.

Ahora, con la imaginería sadomaso de la que empezó a hacer gala en “Disturbia” –intentando emular el puterío y las dosis de leather que exhibió Madonna en aquel objeto de culto pajillero, su libro Sex)–, los interrogantes acerca de este “Rated R” hay que buscarlos en la carga autobiográfica que la cantante puede haber añadido a su nuevo repertorio. He aquí algunas perlas: “lameré la pistola cuando lo haga, porque sé que la venganza es dulce”, entona en “G4L” (“Gangster For Life”, para el resto de los mortales). O “el dolor no es para siempre. Ups, ya sabes eso” (en el caso de “Hard”, con sample del “Can You Feel It” de los también sufridores Jackson 5), o “lo que me hiciste fue un crimen. Te dejé alcanzarme una vez más, pero ya es suficiente” , en “Cold Case Love”. Si antes el paraguas lo empleaba para resguardarse del amor, ahora Rihanna lo utiliza como una arma mortífera para hincarla en los ojos de sus enemigos. He aquí la libre interpretación que un servidor realiza del ocultamiento ocular en primer plano que preside la portada del álbum.

Más madura, con la edad del pavo extinguida, la joven no tiene reparo alguno en cantarle a la cruda violencia del amor. Chico conoce chica, éste transmuta en un capullo y ella, consecuentemente, le marca el terreno sin dejarse pisotear. Y aún teniéndolo todo para proclamarse vencedora (el star system está falto de heroínas con un par de ovarios), Rihanna y su R&B de corte industrial únicamente tienen en su punto de mira el target estadounidense, sin tener en cuenta en ningún momento que las futuras generaciones europeas lo que realmente quieren es una buena base electro para glorificar a lo grande la esperanzadora vida que tienen por delante en la inmensidad de la pista de baile. Con la sombra de Brown andando a sus anchas por los doce cortes que nos ocupan –y dejando de lado esa intro de herencia “Thriller” que innecesariamente se marca–, uno se pregunta dónde se encuentran los potenciales singles. “Russian Roulette”, sólo de la boca de Beyoncé, podría causar la justa efectividad en las listas, pero lo que Rihanna requiere a gritos es un corte transoceánico de esos predestinados a ser taladrados hasta la saciedad. Únicamente la onomatopéyica “Rude Boy” podría ocupar este lugar o, quizás si el mundo entero se volviera loco, podríamos admitir “Rockstar 101” como alternativa –con la colaboración del ex Guns’n’Roses Slash en unas guitarras que, por mucho que se busquen, no acaban de aparecer).

Las únicas bazas del álbum las encontramos en el baladón negroide “Fire Bomb” y en “Cold Case Love” (sobre todo en su desenlace). Ni aún aceptando al omnipresente Will.i.am como animal de compañía en esa oda a la nostalgia fotográfica titulada “Photographs”, ni yendo innecesariamente de latina –al menos en lo que se refiere al título se refiere– en “Te amo”, consigue Rihanna renacer de sus cenizas. Altruistamente, cede su trono de reina del pop hasta nuevo aviso. No pasa por un buen momento y se nota –algo que no tiene por qué ser un handicap; piénsese en el “Blackout” de la Spears–. Ella era un moquillo andante, rapada, divorciada y con varios churumbeles a los que mantener y, a base de ingeniería electrónica, se marcó uno de los álbumes más sorprendentes que el pop de radiofórmula ha dado en la última década. En estos tiempos que corren, en los que la competencia ha pasado de ser feroz a un mero sustitutivo de la supervivencia mediática, estos batacazos se pagan caro. Después de ceder su año horribilis a los tabloides sensacionalistas de medio mundo, lo que todos esperamos es que en el futuro Rihanna vuelva a ser una digna heredera de la buena música para la pista de baile.

Sergio del Amo

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