Random Access Memories Random Access Memories

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Daft Punk Daft PunkRandom Access Memories

6.2 / 10

1. Obertura

Lo que nos ha demostrado la historia de Daft Punk es que ninguno de sus movimientos ha sido nunca casual o por capricho. Todo el camino que lleva de los primeros maxis en Soma Quality Recordings hasta este “Random Access Memories” que ha aterrizado en la actualidad musical en medio de un encendido debate sobre cuestiones polémicas como el abuso de promoción o la resurrección de la idea de lo kitsch, ha estado perfectamente medido por el dúo francés, con pleno conocimiento de causa y sin dar ningún paso en falso estrepitoso. Al principio podía parecer, por ejemplo, que “Human After All” (2005) era un disco abominable –en realidad, sacado de contexto como en el momento en que se publicó, lo es y con avaricia; lo peor que han hecho nunca–, pero troceado como ingredientes de un megamix apoteósico se convirtió en la pieza que necesitaba su gira de 2006 para convertirse en un fenómeno de masas y dar pie, por extensión a su irresistible disco en directo del año siguiente. “Discovery” (2001) fue un shock difícil de digerir tras la orgía house de “Homework” (1997), pero más allá de los hits de la primera mitad del álbum (la segunda no se sostiene tan bien, especialmente a partir de “High Life”), todo cobraba forma completa a partir de una serie de referentes y la refundición de todo el disco a modo de banda sonora del anime “Interstella 5555”: los sueños de infancia relacionados con el futuro, la idea del robot como un juguete, animal de compañía o un androide amistoso, el pop electrónico AOR de la televisión de los 80; un pasado que hoy (y hace diez años) sonaba pasadísimo de moda, pero que en las manos adecuadas podía reaparecer en forma de revival fugaz con la excusa de la nostalgia. “Discovery”, en ese sentido, cambió la cara de la música popular de la década de los 2000, abriendo la puerta de nuevo a todo ese mainstream que las revueltas independientes de diez años atrás habían intentado desterrar, en nombre del buen gusto, de la cultura joven.

2. Acto I: Disco’s revenge (parte II)

Antes de escuchar y de decir una sola palabra de “Random Access Memories” hay que tener todo esto en cuenta: si suena como suena y apela a los referentes que apela, no es por llevar la contraria a nadie ni por marcarse la boutade. Si algo han tenido siempre Daft Punk es una gran coherencia en su manera de hacer, aunque luego ese resultado fuera incoherente con los tiempos y las expectativas de los muchos periodistas, fans y músicos que les han examinado con lupa. “Homework” llegó en el momento correcto, pero posicionándose del bando de Chicago en vez del más intelectualmente aceptable de Detroit, “Discovery” tuvo la habilidad de reclamar la herencia de los 80 a pocos meses de que empezara a desatarse el revival –que, como la última crisis económica, sólo supieron ver unos pocos en toda su magnitud y descontrol–, y la banda sonora de “TRON:Legacy” –su disco más grande desde “Homework”, posiblemente– se subió con habilidad a la ola del revival space y contribuyó a renovar las fuentes de las que se nutría el trabajo de compositor de bandas sonoras para Hollywood (además de continuar ese trabajo de arqueología sentimental a partir de la idea de futurismo naíf de la que bebieron en su infancia).

En ese sentido, ¿qué es “Random Access Memories? En un primer nivel de lectura, es un homenaje a la música disco de los 70 en todos sus frentes, y la música disco siempre ha estado en la historia de Daft Punk: es la influencia primera de Thomas Bangalter (su padre, ya se conoce, fue un reputado productor en la Francia de aquella época, uno de los centros neurálgicos de producción del género en el mundo en sus años de explosión) y la música disco ya estaba en el ADN de “Homework” y en la fundación del french touch, escena que surgió, sobre todo, por el uso de loops filtrados de bajos y cuerdas de viejos temas disco, de la misma manera en que la usaban, con un sonido más rudimentario, los DJs de hard house de mediados de los 90. Parece como si nadie se acordara ya de que, al margen de Daft Punk, Bangalter y De Homem-Christo fundaron también los sellos Roulé y Scratché, que emanaban disco hasta por el agujero de los vinilos, y que Bangalter produjo “Music Sounds Better With You” estando dentro del trío Stardust, otro tema que, como “Get Lucky”, comenzó denostado (y acabó siendo clásico; veremos qué ocurre con la pieza en la que canta Pharrell).

Todos estamos siempre esperando un nuevo “Homework” –para quien esto firma la verdadera obra maestra de Daft Punk–, pero el dúo nunca nos lo va a dar. Mientras tanto, siguen su camino y una de las paradas que tenían pendientes era la de rendir tributo a los años 70 de una manera plena y particular. Es la típica observación que se veía venir, que con un poco de imaginación se podía suponer que ocurriría, pero que la nostalgia (la otra nostalgia) se negaba a aceptar. Y “Random Access Memories” tiene sentido exclusivamente a partir de referentes muy concretos de esa década –y algunos de principios de los 80–, y no necesariamente los más obvios. Ni tampoco los más respetables. El álbum pone varias cosas de manifiesto; la primera, que todavía hay muchos lugares considerados ‘uncool’ de donde se puede sacar inspiración: bandas sonoras soft-porn, musicales, la rama más cheesy de la música disco (en este caso la más conectada con la escena progresiva) y ese funk cósmico que estaba en el lado opuesto de lo que hacía George Clinton al mando de la nave nodriza de Parliament y Funkadelic. La segunda, que toda la historia es puede re-examinarse si uno es lo suficientemente valiente como para aceptar las consecuencias y el riesgo de fracasar. Y tercera, que parezca lo que parezca “Random Access Memories”, Daft Punk están siendo honestos consigo mismos: no estamos ante un caso flagrante de orientación comercial ni de reacción contra nada. O al menos no en el sentido en que normalmente se valoran cosas como ésta.

3. Acto II: El tiempo perdido

Si hay una reacción, tendría que ser contra la mecanización (que no maquinización) de la música: en un tiempo donde la facilidad de acceso y uso de los softwares ha vuelto a extender la sospecha de que la música electrónica es fácil, sin mérito y consistente en ‘apretar botones’, Daft Punk regresan conscientemente a un tiempo en el que la tecnología estaba dando un salto adelante portentoso y su uso estaba asociado a grandes dificultades financieras y de aprendizaje. El título del primer tema, “Give Life Back To Music” y también el speech inicial de Giorgio Morodor en el tercero van en esa dirección: un pionero de la música disco, un artista fundamental del siglo XX, explica lo difícil y azaroso que era entonces trabajar con máquinas y hacer música. En sus aspectos formales, “Random Access Memories” se presenta así, como una laboriosa pieza de ingeniería que suena técnicamente impecable y en la que robótica y humanidad conviven en perfecta armonía: ellos con sus cascos y sus manos de hierro invitando al estudio a músicos de carne y hueso, algunos con el estatus de músicos de sesión de alto standing (Gonzales, Nile Rodgers), otros con el rol de vocalistas carismáticos (Pharrell, Julian Casablancas, Panda Bear) y los más con galones de productor adjunto, como Moroder o Todd Edwards. De entre todos, hay uno que es crucial –y precisamente su tema está en el mismo centro del disco–, y del que se puede extraer definitivamente el marco completo del álbum y el resumen en pocas palabras de todo lo dicho anteriormente: Paul Williams, la estrella de “Touch”.

Paul Williams tiene el honor de haber escrito, entre muchas otras obras importantes del repertorio americano para películas y musicales (con canciones como “A Star Is Born” y la música de los Muppets en su repertorio), la banda sonora de la película “El Fantasma del Paraíso” de Brian de Palma, una cinta que encaja como un guante en la textura reluciente y camp del disco, y que además tiene como protagonista a un personaje solitario con antifaz y capa que traslada el arquetipo del Fantasma de la Ópera al mundo del teatro musical; Brian de Palma, además, es un director que repetidamente ha homenajeado en sus películas el mundo de los efectos de sonido ( “Impacto”) o las discotecas (ciertos segmentos de “El Precio del Poder”, con banda sonora de Giorgio Moroder, para acabar de hilvanar las cosas). “Touch” se puede convertir fácilmente en la pieza más apreciada de todo el álbum, sobre todo por el desarrollo final de número musical lacrimógeno, más cerca de una balada de Neil Diamond que de las pirotecnias de Andrew Lloyd-Weber: oleadas de sintes beatíficos y un coro espeluznante mientras Williams se deshace en lágrimas sobre el piano, una canción preciosa pero inesperada, y aún así coherente por todo el mito que conlleva su carrera para fans de lo artificial como Daft Punk.

4. Acto III: Y sin embargo…

El resto del disco, lamentablemente, no es tan sublime. Hasta aquí hemos intentado decir lo que y cómo es “Random Access Memories”, pero no si todo esto se traduce en algo realmente valioso, estimulante o memorable. Lo cierto es que, si hay que ser justos –no sirve defenderlo todo porque son ellos, ni cargárselo por completo porque no cumple expectativas particulares–, la cosa va por momentos; el cuarto disco de estudio de Daft Punk es largo hasta casi el agotamiento, y demasiado irregular por añadidura, con temas que te hacen levantar de la silla y otros que provocan risa y vergüenza ajena. Por suerte, nadie tiene patente de corso para hacer lo que le dé la gana e irse de rositas: Bangalter y De Homem-Christo han partido de una idea respetable pero que tiene sus peligros, el principal de ellos el de pisar continuamente territorio kitsch y orientarse al público adulto, sedentario y aburguesado, lo que contrasta con su imagen más vívida de padrinos de la actual explosión dance. El comienzo del disco, aún así, es magnífico en su candor: fanfarria de banda de rock sinfónico y bajo funkorro de Neil Rodgers para entrar de lleno en esa pista de baile de suelo luminoso presidida por una bola de espejos y un vocoder juguetón, para entrar en los 70 por la puerta grande aun sabiendo que este palacio de oropel y exceso tiene pasillos extraños y puertas que llevan a habitaciones decoradas con un criterio hortera. “The Game of Love”, por ejemplo: se trata de una interrupción anticlimática de la buena onda del comienzo, rápidamente llevada a un universo paralelo en el que Barry White hubiera compuesto baladas de caramelo para películas porno gay de bajo presupuesto. “Giorgio By Moroder” es, en cambio, la otra cumbre del disco, un homenaje poderoso al amanecer y evolución del sonido Múnich en un track que resumen varios de los pilares de la estética influyente y vigente de Giorgio, “I Feel Love”, “From Here To Eternity” y la banda sonora de “Midnight Express”.

Entre una de cal y otra de arena, “Random Access Memories” se mueve a partir de clímax y bajonas, y así es difícil construir una narrativa lógica –algo que la ubicuidad en internet y el gasto de presupuesto penalizan de manera decisiva–: “Within” parece una balada propia de un directivo adicto a la cocaína que busca relax en su loft de un millón de dólares –obscena en todos los sentidas, aburrida como pocas–, y acto seguido llega “Instant Crush”, con Julian Casablanca sellando una declaración de hermandad en la defensa de la caspa entre los últimos The Strokes y los Daft Punk más pretendidamente comerciales –el ánimo de la canción es ser algo así como un chart topping hit con una producción nítida como una mañana de sol y cielo despejado, con el reglamentario solo de guitarra–. Entre medias de “Touch”, a modo de rebanadas de pan sujetando el embutido, caen dos temas de funk rompepistas eficaces y retrógradas, pero bien elevadas en su arquitectura pop: “Lose Yourself To Dance” y “Get Lucky”, que es tan empalagosa que resulta imposible no tomarle manía e incluso odiarla por momentos, pero que objetivamente es perfecta –quieras o no se pega y no sale ni con agua caliente–, y a partir de ahí casi todo va cuesta abajo: otra balada redundante en “Beyond” (con intro orquestal propia de una película de George Lucas), disco music progresiva (y con flautas) en “Motherboard”, más funk en “Fragments Of Time” y “Doin' It Right” (que Noah Lennox consigue que suene más a Panda Bear que a Daft Punk, y por tanto desentona), para acabar con un número final de teclados ampulosos y crescendos épicos, que suena más a comienzo de algo futuro que a títulos de crédito de esto.

5. Finale

¿Obra maestra? No, no, en absoluto. Pero si se sabe qué terreno quieren pisar Daft Punk, el fantasma del espanto se aleja un poco. ¿Retro? Por supuesto, esa era la idea. Ellos ya no imaginan el futuro, hacen algo quizá tan necesario como dignificar un cierto pasado. ¿Coherente? A nivel general, sin duda, salvo para quienes esperen otro “Homework”. Y, sin embargo, “Random Access Memories” funciona mejor en lo conceptual que en lo estético: es un disco que, comprendido en sus intenciones y su mecanismo, despierta ternura y por momentos admiración; es imposible odiarle por lo que quiere ser. Pero en lo que finalmente es, sus momentos de gloria están contados y desperdigados entre otros muchos de corrección y unos cuantos de sopor y sonrojo. Sensaciones encontradas, por tanto, que obligan a customizar el playlist si se quiere seguir escuchando sin tener que pasar por el trance de su longitud excesiva y sus cambios de temperatura emocional; es como una de esas superproducciones de cine con una buena idea de partida, un guión interesante y mucho presupuesto que acaban resultando fallidas en cierto modo. De todas maneras, antes de despellejarlo sin atender a sus virtudes (o de hacer la vista gorda perdonando sus patinazos), hay que tener en consideración que todo disco de Daft Punk deja la puerta abierta a una recontextualización futura, cuando por fin sepamos a qué lleva exactamente este álbum. Porque parece que “Random Access Memories” no acaba aquí, que hay algo en el horizonte y que estas canciones son sólo el preludio de otro proyecto inesperado y chocante. Y a tenor de “Contact”, momento final del disco formado por remolinos de sintes cósmicos en plena galerna sinfónica, bien pudiera ser un musical: lo que parece que es el fin suena, en realidad, a obertura grandiosa, a comienzo efusivo de un espectáculo de láseres y coreografías para un teatro del West End. Me apuesto un huevo.

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