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Deadbeat DeadbeatRadio Rothko

8.6 / 10

Deadbeat  Radio Rothko THE AGRICULTURE

La referencia a Mark Rothko, el pintor, debe ser por la sencillez en cuatro trazos y dos colores que se traduce en profundidad de campo y diseños complejos. La música que hay aquí dentro es así. Y si no es eso, ya sólo queda que a Deadbeat el título “Radio Rothko” le pareciera lo suficientemente musical, o con muchas os y erres, como para verlo impreso de manera armónica en la portada de un CD. Pero teniendo en cuenta que el canadiense decidió expresamente hacer un mix de techno-dub, y que la idea le venía rondando la cabeza desde hacía ya varios años –tal como confesaba a la web Resident Advisor a principios de enero, cuando se avisó de que este disco iba a salir a la venta–, hay que entender que nada está dejado al azar aquí. Rothko como arte puro, y “Radio Rothko” como sonido que ha adquirido a fuerza de tesón la condición de pureza. Tal como indicaba Scott Monteith en la misma entrevista, “quería mostrar tanto mis temas favoritos de los primeros días del techno-dub como algunos de los nuevos productores que considero que han ayudado a expandir el estilo”, y por consiguiente el resultado final es un viaje en el tiempo, atrás y adelante, a la manera de la cuarta temporada de “Lost”, en el que se salta de Basic Channel a DeepChord con naturalidad, sendos extremos de una línea temporal que se prolonga hacia el infinito en sus dos sentidos.

La substancia es perfectamente conocida: colchones ambientales mullidos con una capa de ruido y saturación; por debajo, un bajo jamaicano retumbante, y apuntalando toda la estructura un bombo techno y ocasionales melodías, ruidos, efectos u otros recursos de relleno. Todo este audio, compuesto con una economía de recursos admirable –con tres ingredientes ya lo tenemos todo: como Rothko con los colores y el pincel–, es sugestivo hasta tal punto que, si se entra en el ciclo, se puede acabar atrapado como en una telaraña. Si el efecto inmediato es de fascinación, hipnosis, pérdida de la consciencia, relax, flotación o arrebato místico eso ya dependerá de cada oído, pero es imposible no sentir algo. El techno-dub es un género con un lenguaje propio, con un código difícil de romper, que ha ido engrosando su lista de protagonistas durante casi veinte años, pero que apenas se ha renovado estéticamente. Ése es un hándicap difícil de sortear si se atiende únicamente a criterios puristas, pero Deadbeat parece un hombre sereno y flexible que comprende que no todo empieza y acaba en Basic Channel. Es lo mejor del mix.

Es decir, aunque hay muchos minutos volcados en los orígenes o la edad dorada del sonido – “Nº 3” de Various Artists ( track clave del repertorio del sello Chain Reaction); “Quadrant Dub I” de Basic Channel; “Static” y “Sepia”, de Monolake; “M06A” de Maurizio)– también hay desafíos a esa lógica poco dúctil de la edad dorada. Deadbeat pincha material fronterizo con el dubstep – “Redux”, de 2562–, o con la IDM – “Exigen”, de Pendle Coven–, y mucha nueva escuela en forma de piezas de DeepChord, MLZ y Marko Fürstenberg, que hacen del total una apresurada aunque panorámica lección de historia. Deadbeat, que ha sido uno de los grandes productores de la segunda generación, la de la década pasada –debutó con el álbum “Primordia” en 2001, en el sello Intr_version–, quizá no haya sido un renovador de lenguajes, pero su mirada es profunda y no está lastrada por prejuicios. Él sabe que lo que importa es el ritmo del latido y que a partir de ahí fluya el sonido como si fuera sangre, y deja que el bajo mantenga sus pulsaciones. Y el mix fluye.

Más allá del contenido, que es intachable y representativo de dos décadas de dub con humear jamaicano –con la única excepción de algún tema de Porter Ricks, que él arregla con un tema nuevo y exclusivo, “Port Of Fix”, inspirado en el “Biokinetics” de 1996 compuesto por Thomas Köner y Andy Mellwig–, lo mejor de “Radio Rothko” es su misma esencia como mix. Transiciones impecables y una lenta acumulación de sensaciones, de lo más desnudo al techno-dub más rítmicamente convulso y arropado por más sábanas de ambient poroso, son las que ayudan a que se intensifique la reacción apasionada y la sensación de estar ante una clase magistral de historia y mixología. Es el tipo de mix, como el “Immer” de Michael Mayer, que resulta tan coherente en sí mismo y con su contexto, y que aún así deja sueltos varios flecos, que invita a la realización de una segunda parte. Si la hubiera, yo no diría que no. Es más, la exijo.

Juan Pablo Forner

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