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Killer Mike Killer MikeR.A.P. Music

8.4 / 10

“AmeriKKKa’s Most Wanted” ha pasado a la historia por tratarse del disco en que Ice Cube se alió con Bomb Squad y en el que el rapper de Los Ángeles transfiguró su lírica de irascibilidad callejera en un discurso con retranca política, profundidad de pensamiento y trasfondo social. Pero al margen de todo esto, lo cierto es que ese debut en solitario fue relevante y referencial en la carrera del MC porque con este álbum Cube se descubrió al mundo como un rapper brillante capaz de escapar de su zona de confort y articular un discurso con intención, serio y maduro, argumentos que necesitaban los críticos y una parte del público para tomarle en serio como escritor y opinión autorizada. “AmeriKKKa’s Most Wanted” no era una obra política en el sentido más tradicional y ortodoxo del subgénero, pero sí englobaba una propuesta lírica que mostraba preocupación real por la situación de la comunidad afroamericana, y la manifestaba con las particularidades expresivas de un autor que por entonces ya sabía canalizar con más criterio y recursos ideológicos su rabia existencial.

Killer Mike va camino de vivir una situación muy parecida con la publicación de “R.A.P. Music”, y no sólo porque el disco esté íntegramente producido por El-P, lo que supone un rompedor cambio de registro sonoro en su trayectoria –casualidades de la vida, el beatmaker actual que más cerca de Bomb Squad ha ubicado su brújula musical–, sino también por el contenido lírico. El rapper de Atlanta tiene largo recorrido en la escena sureña, pero será ahora cuando muchos empiecen a tomarse en serio su propuesta y le vean como algo más que un sucedáneo de Outkast, que es como se catalogó su magnífico debut, “Monster”, de 2003, disco que apareció en plena exaltación mediática del dirty south y que ya entonces quedó ensombrecido por la marea de lanzamientos de toda una escena con hambre de notoriedad e influencia. La auténtica revelación llegó el año pasado con “PL3DGE”, no sólo su mejor grabación hasta entonces sino también uno de los discos tapados de 2011 y uno de los títulos que mejor supo radiografiar la situación socio-política de Estados Unidos a tiempo real. Mike siempre ha destacado por sus planteamientos de lírica comprometida e insidiosa, pero ahí floreció una conciencia de rapper entrometido y quisquilloso que sabía cómo abordar temas importantes sin recurrir al sermoneo o al discurso de panfleto.

En “R.A.P. Music” Killer Mike insiste en esta mirada politizada y combativa, pero no como una llamada a la guerra –Dead Prez, Paris– ni como una doctrina existencial –Chuck D– o artística –Common, Mos Def–, sino más bien como un salvoconducto emocional. No es un rapper político, es un comentarista social, y el matiz es importante. El principal logro de este disco estriba en cómo su autor utiliza algunos recursos del rap con mensaje para orquestar una sentida y profunda inmersión en su comunidad geográfica –Atlanta–, personal –su familia y su entorno– y creativa –el hip hop–. Tres ejemplos. “Big Beast”, por ejemplo, es una punzante declaración de amor a Atlanta no exenta de amargura y mala leche ( “Welcome to Atlanta / up your jewelry, motherfucker! These monkey niggas looking for some Luda and Jermaine / And all a nigga found was a Ruger and some pain). “Untitled”, por su parte, es un lúcido y complejo homenaje a las mujeres de su vida, su mujer, su madre y su abuela ( “The Lord give a load / you got to carry it like Mary did / That's why I'm giving honor to all these baby mommas / It takes a woman's womb to make a Christ or Dalai Lama”), en una canción que tiene más poso e intención social que mucha llamada gratuita a las armas y la revuelta. Y “R.A.P. Music” es una de las mejores canciones de hip hop sobre hip hop que se han escuchado recientemente, un ejercicio de namedropping bien hilvanado y parapetado detrás de una interesante parábola religiosa.

Incluso cuando Killer Mike parece más cerca del comentario político de perfil más convencional, éste tampoco se ciñe a los lugares comunes del género y busca su propio lenguaje y personalidad. “Reagan” recurre a algunos tópicos ya explotados en la historia del rap, pero es muy potente y contaminante su adhesión a las teorías de la conspiración –¿los Illuminati de nuevo?– mediante este viaje al pasado ( “Ronald Reagan was an actor, not at all a factor / Just an employee of the country's real masters / Just like the Bushes, Clinton and Obama / Just another talking head telling lies on teleprompters / If you don't believe the theory, then argue with this logic / Why did Reagan and Obama both go after Qaddafi”) y, sobre todo, su invitación a la autocrítica en los versos más valientes de todo el disco ( “So it seems our people starve from lack of understanding / ‘Cos all we seem to give them is some balling and some dancing / And some talking about our car and imaginary mansions / We should be indicted for bullshit we inciting”), donde carga abiertamente contra la indulgencia y falta de implicación y visión de una parte de la comunidad afroamericana.

El papel de El-P en la producción tiene más importancia de la que ya presumíamos. Primero por la ruptura de esquemas sonoros que aplica en el discurso del MC, que se siente cómodo y motivado en el mapa musical ruidoso, barroco y protuberante que propone el ex Company Flow, algo así como una versión claustrofóbica y de laboratorio del rap sureño post-Outkast que a pesar del maquillaje y la novedad en las formas mantiene en todo momento sus conexiones con las raíces geográficas y culturales de nuestro protagonista. No suena sureño en la acepción más convencional del término, pero tiene todos los ingredientes y los rasgos identificables de la escena, solo que con un barniz a lo Bomb Squad que inyecta agresividad y capacidad de intimidación al contenido. El habitual mejunje de bajos distorsionados, guitarras difusas, sonidos caóticos y melodías subterráneas que caracteriza el sonido El-P adquiere aquí una dimensión más fluida e inmediata de lo que en él es habitual, y la compenetración entre beats y rimas es ejemplar. Y segundo, quizás más importante, porque el alto voltaje sonoro que desprende la producción parece la banda sonora ideal de este Killer Mike enfurecido, amargo y emocionalmente convulso que radiografía su entorno con precisión de cirujano e intensidad de guerrillero.

Lo mejor que se puede decir de “R.A.P. Music” es que es un disco valiente. Líricamente, porque aborda conflictos y temas de dimensión social y política sin conformarse con la exposición de una visión arquetípica o predecible. Musicalmente, porque propone un reto de altura: integrar un sonido a priori muy alejado de las coordenadas expresivas del rapper, ese mundo desordenado y amenazante creado por El-P, y que el experimento funcione como si no fuera la primera vez que sucede. Y artísticamente, porque supone el definitivo despegue de un rapper excelente, en permanente fase de progresión y crecimiento, que necesitaba dar con un álbum de esta trascendencia y corpulencia expresiva para presentarse al mundo, o cuando menos a aquellos que no le conocían, como una de las figuras más completas del panorama hip hop actual.

Southern Fried

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