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Raime RaimeQuarter Turns Over A Living Line

8.3 / 10

Desde que editaron aquel primer 12”, ya mítico – “Raime EP”, que además inauguraba el catálogo de Blackest Ever Black–, Raime han venido poniéndole la música adecuada a estos tiempos invadidos por la desazón, el pesimismo y, en según qué momentos, la desesperación. No quiere decir esto que “Raime EP” fuera profético, pues en aquel 2010 sólo significaba el descubrimiento de un par de productores obsesionados con la parte gótica e industrial de los primeros años del post-punk y que canalizaba su sonido frío y líquido con elementos más al día como bajos propis del dubstep y beats fáciles de localizar en el techno más denso del momento –sensación que fue refrendada un maxi después al contar con una remezcla de Regis para “This Foundry”–. Lo que no decían aquellos EPs fundacionales en la carrera de Joe Andrews y Tom Halstead, o al menos claramente, era hacia dónde iba a evolucionar su discurso y con qué velocidad. La segunda cuestión ha quedado resuelta –poco más de dos años han necesitado para firmar un álbum esperadísimo; breve, pero mejor así–, y sobre la primera la explicación es fácil también: hacia un agujero negro.

“Quarter Turns Over A Living Line” apenas sobrepasa la media hora de duración, pero en ese tiempo es como si la más impenetrable oscuridad y la frialdad más cruel se fueran apoderando del espacio en el que te encuentras. Los ritmos, de haberlos – “Exist In The Repeat Of Practice”–, están al borde del coma, son una simple pulsión sin ánimo ni cadencia, y lo que ocurre es el despliegue pausado pero constante de todo tipo de texturas al borde de la congelación. Sobre esta cuestión, parece que Raime no han querido complicarse la vida y seguir la dirección apuntada por su tercer EP, “Hennail”, que emitía un putrefacto hedor a muerte: en su álbum de debut hay una maximización natural del lado morboso, una acentuación de la atmósfera irrespirable que, en sus producciones anteriores, siempre había quedado disimulada por un bajo especialmente respingón o un bombo que parecía querer dominar el ritmo. Aquí, cuando parece que Raime van a tender hacia el techno –el campanilleo fúnebre en el comienzo de “The Walker In Blast And Bottle”–, es sólo una artimaña, una maniobra de distracción que lleva la música, una vez más, a esa especie de mazmorra propia de los relatos de Poe.

El conjunto del álbum se puede entender de tres maneras. La primera, como soundtrack: al reunir las características más exacerbadas del ambient oscuro y de raíz industrial –si utilizáramos la terminología de los años 90 diríamos que es casi ‘aislacionismo’–, la música se vuelve descriptiva en su parsimonia, dejando pacientemente que las piezas se desenreden como un ovillo de texturas para acabar desplegando una oscuridad del todo impenetrable; buena música, por tanto, para un thriller psicológico especialmente duro, o para una pesadilla dentro de tus auriculares. La segunda, como evolución de un linaje propiamente inglés –el de Throbbing Gristle, Coil y hasta llegar a Techno Animal, y quizá yendo incluso más atrás en el tiempo– de relaciones íntimas entre la música y la magia, entre el mundo invisible –la ‘realidad daimónica’, que diría Patrick Harpur– y el visible: en Raime parece que haya una comunicación abierta entre lo inefable de otro mundo espectral y éste nuestro, y que su álbum sea la mediación entre dos planos de realidad que, cuando chocan, producen este desasosiego que se extiende hasta el final, con minutos particularmente duros como los de “Your Cast Will Tire”, que más parece música de condenación que otra cosa.

La tercera, sin embargo, es la que prevalece en este momento y en este lugar. No hace falta conectar la realidad desesperada del mundo –la debacle económica, las guerras, los desastres naturales y la aparente falta de futuro– para darle validez a Raime, aunque sin duda el contexto socioeconómico de Occidente le da un plus añadido a su música; basta con comparar “Quarter Turns Over A Living Line” con sus contemporáneos en materia de techno –si el techno se ha vuelto lento y oscuro, ellos son aún más lentos y oscuros hasta que casi no es techno–, de dark ambient –ante la brutalidad, una sutileza que es aún más hiriente–, de dubstep –ante la grosería del bajo oscilante y el giro luminoso hacia el house, ellos dejan los graves en lugares inciertos, como si sembraran un campo de minas y huyen de la luz como los gatos del agua– y de electrónica especulativa en general: Raime han dado con un tipo de música que trasciende el momento, la han perfeccionado y la han depurado en un álbum que contiene la medida justa y el desarrollo natural de su mal rollo, sin caer nunca en la parodia, el tremendismo fácil o la copia. Afecta, duele y perturba porque no suena a teatro dark, sino porque suena a una oscuridad real, palpable y vívida que avisa, como los viejos mapas medievales, de que en este espacio incierto y desconocido hay graves peligros. Quizá habría que venderlo con una pegatina en la portada –maravillosa, perturbadora, diseñada por William Oliver, algo así como el reverso contorsionado de la del salto de trampolín de Andy Stott– que dijera aquello de “hic sunt dragones”.

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