Quakers Quakers

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7.3 / 10

Geoff Barrow es uno de esos tipos que no se asombran ante las nuevas tendencias mainstream del rap. Sabe que lo que perdura es la roca maciza y que los edulcorantes estilo Kid Cudi se agotan con más rapidez que la batería de una Blackberry. Es un paladar refinado que se decanta por el hip hop gordo, oscuro y trufado de samples de funk brumoso. Lo veo y subo las apuestas. Sus mejores pinturas musicales para Portishead así lo atestiguan. Esos scratches histéricos, esas líneas de bajo pesadas, esa desazón soul grabada con nocturnidad y alevosía: el gusto exquisito de Barrow en la construcción de atmósferas negroides opresivas ha sido esencial en el encumbramiento y merecida mitificación del grupo bristoliano liderado por la magnética voz de Beth Gibbons.

No obstante, el nervio creativo del británico no se ha reducido a Portishead. En sus proyectos más recientes, se le ha visto produciendo el disco “Primary Colors”, de The Horrors, activando un proyecto experimental llamado Beak> y supervisando la música de “Exit Through The Gift Shop”, sensacional documental sobre el artista callejero Banksy. Pero su apuesta más personal es sin duda la formación del colectivo/ejército Quakers. Una fuerza rapper formada por 35 MCs de asalto y estructurada bajo supervisión del propio Barrow (utilizando aquí el alias Fuzzface) con la ayuda de dos productores afines: el australiano Katalyst y el ingeniero de sonido de Portishead, 7-Stu-7.

Aquí no hay concesiones. Quakers es una oda escrita entre tinieblas cannábicas que exalta el underground como el única arma para rebelarse contra la tiranía del rap-pop con sello MTV. Ellos mismos lo confirman en las hojas de prensa. Cansados de ver tanta purpurina y gafas de sol gigantes en el juego del hip hop, hartitos de aguantar a niñatos irrespetuosos que rapean con el esfínter, Barrow y compañía han reclutado a un batallón de rimadores que no se caracterizan precisamente por sus desmedidas ambiciones comerciales. MCs con los dientes manchados de sangre a los que ha tendido una alfombra de ritmos aplastantes y brumas de funk espectral, para que escupan a gusto y revindiquen la sabiduría de los Antiguos.

41 cortes, ni más ni menos, en un recorrido sembrado de piedras y serpientes que pone al día los postulados graníticos de los 90s. En este marasmo de beats imperecederos –avalados, por cierto, por Peanut Butter Wolf y el sello Stones Throw–, encontramos a Dead Prez ametrallando una base de soul a lo Portishead con proclamas en favor del realness – “Soul Power” es uno de los temas del año, hacedme caso–; encontramos a Aloe Blacc deslizando sus raps perezosos sobre una guitarra de blues que pone los pelos de punta; encontramos a Jonwayne reventando granos de pus sobre una base que podría haber firmado Alchemist en el 97; encontramos a Guilty Simpson rascando llagas sobre unas trompetas de guerra y unos claps intimidantes – “Fitta Happier”, otro banger del cagarse–; encontramos al gran Prince Po descomponiendo el micro sobre un base de boom bap que haría llorar a DJ Premier; encontramos a Akil, a Diverse, a Phat Kat, joder, y así hasta el fin del mundo. Es un disco rugoso, alimenticio, abundante e incorruptible a morir. Impresionado estoy, aunque sé que me voy a quedar sólo en esta guerra, que muchos me llamarán reaccionario, viejales, que no estoy a la moda, bla, bla, bla… Eso sí, resulta confortante que, de vez en cuando, cerebros tan privilegiados como el de Geoff Barrow te den la razón: el hip hop metrosexual, el rollito Duo, para las discotecas de Miami. Quakers para los headz.

Fitta Happier (feat. Guilty Simpson/MED)

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