Pure Heroine Pure Heroine

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Lorde LordePure Heroine

7.8 / 10

Que una chica de 16 años acabe colándose en la cima del Billboard Hot 100 tiene mucho mérito. Y más cuando su propuesta, pese a haber sido abrazada por la radiofórmula internacional, huye de los tópicos de la superficialidad mainstream. Ella, Yelich O’Connor, que es tal como se llama Lorde en realidad, empezó a prender en su Nueva Zelanda natal la llama del éxito tan pronto como editó el EP “The Love Club” (Universal, 2012). Pero han tenido que pasar los meses para que su single estrella, el ya omnipresente en medio mundo “Royals”, consiguiera convertirse en su mayor carta de presentación al haber conectado con atino con esos hombres y mujeres corrientes a los que se la resopla ese latiguillo pesado del pop de consumo que sólo sabe hablar de la fama, las cuentas corrientes holgadas y la fiesta como liberación espiritual. La joven, de momento, quiere mantenerse al margen del éxito y siempre que puede critica en su debut en largo, “Pure Heroine”, precisamente ese estilo de vida al que está condenada si el monstruo del ‘fenómeno Lorde’ continúa agrandándose de tal forma. Esperamos que sepa mantener los pies en la tierra y no se le venga grande la que se le avecina.

Pasarán las semanas y “Royals” continuará dando (más) guerra, pero la verdad es que lo mejor de Lorde se encuentra en el resto del minutaje, donde se manifiesta con un sinfín de referencias que, perfectamente hiladas, consiguen milagrosamente construir una entidad propia con la ayuda del productor Joel Little. Ya sea fusionando la cadencia de Lana del Rey con la frialdad sintética de Purity Ring ( “Tennis Court”), aprovechándose de los dejes tribales que pirraron a la Lykke Li de su primer disco ( “Buzzcut Season”), creyéndose durante unos minutos la 'clean version' de Sky Ferreira ( “A World Alone”) o una Katy B poseída por la resaca un domingo por la tarde ( “Ribs”), la de las antípodas ha dado en el clavo a la hora de debutar con un álbum que da auténticas lecciones de clase a sus mayores.

“Glory and Gore” o “Still Sane” son de lo más bidimensional (Clams Casino habría sacado oro puro en su estudio a la hora de bañar de matices los minutos más ambient-rap del disco y hacernos estallar la cabeza como sólo él sabe). No obstante, a medida que uno se presta a introducirse de lleno en las canciones, las favoritas comienzan a convertirse en una deliciosa obsesión de minimalismo creativo, madurez (repetimos, hasta noviembre la zagala no cumple los 17) y saber estar precoz. Quien esto escribe ha acabado prendado de “Time” (que empieza como el “Feeling Good” de Nina Simone para acabar desarrollándose sobre un pesado bombo hip hop y un estribillo por el que mataría Kimbra) y “White Teeth Teens” (la pieza más arriesgada del lote al recurrir a unos coros celestiales y un imponente estribillo que reinterpreta las cajas de una girl band de la Motown). No hay que ser ninguna lumbrera para determinar que Lorde es toda una revelación a la que habrá que seguir de bien cerca. Crucemos los dedos para que no pierda la cordura ante tanta atención mediática. Si sigue así, lo mejor llegará en pocos años, seguro.

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