Psychic Psychic

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Darkside DarksidePsychic

7.6 / 10

Hay algo en el éxito popular alcanzado por Nicolas Jaar que no acaba de comprenderse, un velo de misterio que hace que su historia resulte todavía más interesante. Cuando empezó a darse a conocer, todavía adolescente, su receta personal –que engarzaba, como si fueran piedras preciosas en un anillo de oro, canciones clásicas de jazz, blues y soul sobre un aro de deep house; búsquese su colección de edits– no estaba ni totalmente madura ni acompañaba al signo de los tiempos, que por entonces pedían un poco más de oscuridad. Y ni siquiera ese uso de voces podía tomarse como un ejercicio pop, ya que todo lo que hacía aparecía envuelto en atmósferas pesadas, ninguna melodía estaba claramente perfilada, parecía moverse siempre en el filo de la inconsciencia. Trabajando con materiales parecidos, se comprende mejor el éxito de James Blake: el tipo, al menos, tiene canciones redondas. Pero “Space Is Only Noise” (2011) tocó algunas fibras escondidas y un disco excepcional que parecía condenado a ser un objeto de culto trascendió sus posibilidades. Le ayudó con toda seguridad su directo –con batería y teclados manejados en tiempo real en el escenario, encontrando ese resquicio en el que se podían mezclar house y jazz y que tanto tiempo llevaba buscando Laurent Garnier–, y a un nivel más doméstico la insistencia con la que le ha estado trayendo a actuar el festival Sónar. Tres años después de aquellos primeros indicios, Jaar ya es todo un baranda de la cosa elegante.

Darkside también comenzó como algo que no tenía por qué ir más allá de la anécdota. A medias con Dave Harrington, alma gemela en su manera de entender el blues como una materia líquida, comenzaron dando conciertos –otra vez Sónar, plataforma de despegue excepcional–, plancharon un vinilo de 10” en 2011, sólo con tres temas, y dos años después ha llegado el álbum sin apenas aviso. “Psychic” vuelve a reunir todas las constantes de lo que ha sido Jaar en estos últimos años: consigue que lo que en principio debiera ser una manifestación electrónica minoritaria –un ambient, para entendernos, de intención cinematográfica– llame la atención de un público más amplio cautivado, por ejemplo, por Radiohead: Jaar y Harrington acaban sacando de esa densidad de capas algo así como progresiones de acordes épicos, que en el caso de “Golden Arrow” tienen que ver mucho con ciertos pasajes de los Pink Floyd del periodo 1972-1976 –con la variación decisiva del beat, que en este caso es un 4x4 pastoso y a velocidad de caracol, como si fuera la respuesta deep house al techno de Andy Stott–.

En “Psychic” se nota decisivamente la mano de Nicolas Jaar porque precisamente sin ese fondo house el debut de Darkside podría haberse quedado en un ejercicio complaciente de virguerías AOR. “Sitra” es sólo un interludio de 80 segundos, pero esconde una solemnidad arrogante que da paso a “Heart”, la canción que desentona más del resto precisamente porque el salto a lo progresivo –desde una perspectiva jazz y funk, pero también rock– lo hacen sin ningún tipo de red clubber. Y aunque “Paper Trails” también tiene mucho de banda sonora compuesta por Lalo Schiffrin o del Prince más experimental, al menos hay un bajo gordísimo que sirve de amarre y evita que el conjunto se vaya a la deriva, en una maniobra muy parecida a las que utiliza Matthew Dear cuando se olvida del techno e insiste en visitar los años dorados de Talking Heads y Roxy Music. Superado ese tramo de arenas movedizas, “Psychic” remonta finalmente el vuelo en “The Only Shrine I’ve Seen”, en la que confluyen influencias como las de Daniel Lanois y su guitarra arenosa, la música disco vía house francés y la espesura ambient marca de la casa: es la demostración de que en las cuentas de Darkhouse, suman más y mejor las influencias más cercanas al presente que las de la época de sus padres.

En sus minutos finales, el álbum araña las últimas décimas de una nota muy bien ganada con lo que es, en realidad, una versión musculada de “Space Is Only Noise” a la que se le han añadido guitarras manipuladas como si fueran remolinos de texturas ingrávidas y alguna voz reconocible por su humanidad, esa misma técnica que ya usara con éxito hace 15 años Moby, y con el que se podrían encontrar algunos paralelismos dentro de “Freak, Go Home”. Al acabar, “Metatron” deja un último recado: volviendo a recordar a Pink Floyd en versión 2013, nos viene a decir que Darkside es, dentro de la obra de Jaar, su apuesta decidida por la grandiosidad –aunque ellos lo visten de sutilezas, como una especie de falsa modestia– y que, en logros artísticos, no se acerca a la excelencia de su álbum de 2011. Y que, si uno es capaz de apartar selectivamente en su cerebro los instantes más abigarrados y adultos, queda por debajo un laborioso disco de ambient del que se puede aprovechar casi todo, como del cerdo. Del mismo modo en que Darkside remezclaron entero el “Random Access Memories” de Daft Punk para mejorarlo, estaría bien que a ellos les viniera Oneohtrix Point Never (por ejemplo) –como ya hizo a principios de año con Clinic– y les desparasitara de guitarras slide y murmullos para reforzar sus virtudes hipnóticas. Aunque con lo orgullosos que son, probablemente no reconocerán nunca que este buen disco podría ser aún mejor podándole una pista y limando cuatro defectos aquí y allá.

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