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Álbumes

Daníel Bjarnason Daníel BjarnasonProcessions

8.8 / 10

Daníel Bjarnason  Processions BEDROOM COMMUNITY

De Daníel Bjarnason sabemos que comparte con los dos fundadores de Bedroom Community, Valgeir Sigurdsson y Nico Muhly, una exquisita educación musical y un profundo amor por la música contemporánea. Pianista, compositor, director de orquesta, con sólo treinta años ya lucen en su estantería todos los premios que un músico islandés puede recibir en su país, y unos cuantos ganados en el extranjero; casi todos gracias a su trabajo al frente de la Ísafold Kammerveist, una orquesta de cámara en la que todos los músicos son prácticamente unos imberbes y el repertorio muestra querencia por las composiciones más radicales que la música (ejem) culta ha producido durante el siglo XX. El segundo disco de la formación (también el último que han publicado, y el único que se puede encontrar fuera de Islandia), el excelente “All Sounds To Silence Come” (2008), era una buena muestra de esto: piezas de Arvo Pärt, Alfred Schnittke, Edison Denisov o Igor Stravinsky, escogidas por sus resonancias fúnebres e interpretadas con una violencia exuberante y sutil, que se intuía más que sentirse (a la manera de Michael Haneke, para entendernos).

Junto a ellas, y con un tono menos sombrío, lucía también la primera pieza publicada por Bjarnason, una suite en dos partes que daba título al disco y en la que se podía detectar una fuerte influencia de, precisamente, el Stravinsky tardío: ese que mezclaba técnicas dodecafónicas con sentimientos neoclásicos, que reconocía la grandeza de un poder divino pero se resistía a olvidar las ligerezas terrenales. “All Sounds To Silence Come” rendía homenaje a esa manera meticulosa y (sólo en apariencia) errática de componer, reflejo de un universo repleto de dudas e incertidumbres, de obsesiones, pero también de ideas sorprendentes, de giros inesperados. No es raro que Nico Muhly justificara éste fichaje aduciendo que “la música de Daníel Bjarnson está compuesta de manera muy inteligente: consigue que a cada segundo quieras parar el concierto y echar un vistazo a la partitura”. Un piropo que, por venir de quien viene, posee mucho más valor.

Claro que en Bedroom Community tampoco andan escasos a la hora de manejar contradicciones: en la mayoría de sus discos se produce un delicado equilibrio entre las músicas de origen digital y las de naturaleza (ejem, otra vez) culta. Y es a esa arena, la de la mezcla entre cuerdas y cables, maderas y metales, a la que han echado a Bjarnason a luchar. Eso sí, con la inestimable ayuda de Sigurdsson, que se ocupa de la producción y de los (comedidos) arreglos electrónicos que redondean las tres piezas que contiene “Processions”. Tres piezas que, además, suponen otras tantas maneras distintas de acercarse a los misterios de la composición y la manipulación. “Bow To Strings”, la primera de ellas, utiliza decenas de capas de violonchelo (tocadas todas por un virtuoso del instrumento de nombre impronunciable, Sæunn Þorsteinsdóttir) que chocan entre sí, que se enroscan, se persiguen o se alinean en función de cada momento. Es una pieza que arranca nerviosa e incisiva, dibujando ángulos cortantes en los que las melodías restallan, que en su segunda parte se desnuda y termina empapada de melancolía en el último tramo: un vaivén de emociones, que recorre desde el estallido violento a la caricia delicada, y que curiosamente resulta más cálida mientras mayor es la implicación de los recursos electrónicos.

Más florida y colorista, “Processions” también está escrita con un solista en mente, el pianista Vikingu Ólafsson, pero en esta ocasión le acompaña toda una orquesta. O más bien habría que decir que se enfrenta a toda una orquesta: al menos, eso que sugiere la violenta pulsión de ésta última, que ahoga entre su fragor los delicados trazos melódicos que desarrolla el piano. Es preciso que la pieza alcance su segundo movimiento para que se produzcan un momento de recogimiento, en el que por fin conviven una y otro en armonía; una armonía que ya no se volverá a perder. Para el cierre queda la melancólica “Skelja”, un capricho en el que un arpa se enreda en bonitas líneas melódicas, mientras un percusionista llena el fondo con texturas imposibles. Frágil y breve, supone un broche perfecto para un debut espectacular y esperanzador: la familia neoclásica tiene un nuevo hijo pródigo.

Vidal Romero

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