Prins Thomas Prins Thomas

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7.5 / 10

Prins Thomas  Prins Thomas FULL PUPPEl debut en álbum de Prins Thomas parece una especie de spin-off del álbum con el que se estrenó su socio de correrías espaciales, el también noruego Hans-Peter Lindstrøm. Es decir, “Prins Thomas” tiene visos de escisión argumental a partir de un tronco común con ganas de adquirir firme protagonismo por sí mismo –algo así como The Hills desgajado de “Laguna Beach”. Hasta ahora, Prins era como el actor secundario en una serie de éxito –el del revival cosmic– que no acababa de explotar todas sus posibilidades por vivir a la sombra de una estrella. Y es que la barba de Lindstrøm parecía más descuidada, sus referencias más cool, su sonido más limpio y estimulante. Mientras éste tenía un himno como “I Feel Space” y un álbum con el que la crítica se deshizo en elogios como un helado al sol – “Where You Go I Go Too” (2008)–, Prins Thomas parecía tener obra menor, notas al pie de página de una escena romántica y revivalista que sentía la llamada de todo lo progresivo que dieron los años setenta, del rock a la música disco. El currículo de Prins Thomas parece palidecer frente al de Lindstrøm, porque salvando los dos discos en común que han grabado para Eskimo, sólo consigna maxis de circulación restringida entre puristas del disco y sesiones repletas de antiguallas con algún puntito de sal house. Incluso Full Pupp, como sello propio, no parece tener el mismo encanto que Feedelity, la casa de su compañero.

Este larga duración, por tanto, es una especie de autoafirmación estética: Thomas no vive a la sombra de nadie –aunque Lindstrøm le ayuda con unas cuantas teclas en dos temas de los siete que contiene el álbum; la trompeta en “Sauerkraut” la pone el tercero en discordia de la “mafia disco noruega”, Todd Terje–, tiene su propio léxico, su coto de caza a la hora de rastrear música en las tiendas de coleccionismo, sus intereses. Y si “Where You Go I Go Too” era una clase magistral de música cósmica de los setenta, de la disco music al proto-ambient, con citas incesantes a brujos del sintetizador como Giorgio Moroder, Cerrone, Vangelis y Jean-Michel Jarre, “Prins Thomas” se destapa desde el primer segundo con una palabra clave: krautrock. Y no sólo krautrock, que es un concepto amplio que abarca decenas de variantes y subescenas en el rock alemán de vanguardia de los años setenta, sino la más precisa definición de motorik: ritmo rígido, sostenido por una batería que no altera apenas el mismo patrón marcial e hipnótico. Comienza a sonar “Ørkenvandring” y la referencia inevitable es Neu!, en concreto el mitológico “Hallogallo”, la piedra fundacional de toda una manera de entender la música experimental a partir de la larga y mesmerizante duración de las piezas, blindando el ritmo para, por encima, poder jugar con todo tipo de efectos de teclado, pedal o cinta magnética. Prins Thomas se agarra a ese recurso, siempre valioso aunque también muy gastado, y apenas se suelta de él en lo que discurre el álbum. Vive tanto de Neu! como Lindstrøm, antaño, lo hizo de Tangerine Dream.

Podemos aplicar algunos matices. “Sauerkraut” es un calco de la apertura, otro atraco sin miramientos a la estética patentada por Klaus Dinger y Michael Rother que suena tan fino –con esas guitarras que parecen de aire, con ese ritmo incansable e impoluto– como demasiado reverencial. También hay en ese mismo corte alusiones a los Kraftwerk de “Autobahn” (74) –también a los precedentes, los de “Ralf & Florian” (73)– por la manera en que las programaciones electrónicas hablan de un viaje liso y plácido por carretera. Y más allá de “Sauerkraut”, los otros cinco temas restantes toman ideas aquí y allá del krautrock, incluso de la etapa en solitaria de Michael Rother, con esas cabalgadas galácticas de secuenciadores y sonidos líquidos que rellenan el espacio como el agua llenaría una vasija. No son esenciales, pero adornan, completan la experiencia, quizá con la excepción de “Wendy Not Walter” –el título, claro está, alude a los dos sexos, al estilo Amor, del primer superventas de la música de sintetizador, Walter Carlos, luego operado y transformado en Wendy–, que tiene una aproximación más disco-house.

“Prins Thomas” es un disco completamente ambiguo. Se le ven las costuras por todas partes, su inspiración es tan obscena –tan Neu!– que es imposible no denunciarlo. Alguien dirá que Lindstrøm hizo lo mismo y se le colocó una divina corona de laurel en la frente, pero hay que comprender que reivindicar a Tangerine Dream o Jarre en aquel momento era un atentado contra el statu quo del buen gusto, mientras que Prins Thomas no se mueve de un canon ya aceptado como epítome de la vanguardia de gama alta. Tanto, que ya ni es vanguardia, sólo un trabajado, trabado y meticuloso tratado de restauración, de exhumación de un sonido que, por si fuera poco, ha sido revisitado con frecuencia y acierto en varias ocasiones, a pedazos o en pleno, por Tortoise o Fujiya & Miyagi pasando por Stereolab. Al noruego no se le reprocha su técnica ni su habilidad, ni siquiera su brillantez (eso está fuera de discusión): esta música, descontextualizada, es un ejercicio de precisión que ni la conducción de Fernando Alonso. Pero es imposible sacarla de contexto cuando el contexto está tan presente, tan manisobado, hasta el punto de que da la impresión de que, con este disco, la escena espacial puede estar ya entrando en la autocomplacencia, en mirarse el ombligo porque se creen más guapos, más listos y mejor informados que el resto. Ojo con ese peligro. Mientras tanto, “Prins Thomas” quedará como un notable debut en el año equivocado.

Javier Blánquez

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