Presidence Presidence

Álbumes

Excepter ExcepterPresidence

7.1 / 10

Excepter  Presidence PAW TRACKS

Hay quien ve la incontinencia como un problema, y quien la ve como una virtud. Nunca nos pondremos de acuerdo en esto. Algunos adoran la diarrea, por ser la más líquida de las maneras de traer algo al mundo, y otros se asustan de su abundancia y forma en cierto modo inconsistente. Sacar mucho, y de golpe, en arte (o cultura) suele observarse como una demostración de tenacidad, pero no de equilibrio, que viene a ser cordura. Cuando un escritor como David Foster Wallace publicó su novela “La Broma Infinita” –en su traducción al castellano son 1.200 páginas, de las cuales 200 son notas al pie que no explican nada incidental, sino que desfragmentan el relato–, lo que los críticos menos favorables a su propuesta le reprocharon fue que no tuviera la voluntad de editarse y cortar letraje para ahorrarle al consumidor de su obra el mal trago de soportar sus pajas mentales. Y como ocurre con “La Broma Infinita” –y también con otros escritores torrenciales, como Stephen King, por poner un ejemplo–, la obra es buena, pero a ráfagas. Sobra mucho, porque no todo está al mismo nivel, y la gente no está para que le hagan perder el tiempo. Se puede decir lo mismo de las galas de cuatro horas de “Gran Hermano” –o la ceremonia de entrega de los Oscar–, o de películas de nueve horas como Shoah o Berlin Alexanderplatz: menos es más, y mucho es demasiado.

Excepter, que llegan ya a su octavo disco de estudio, son de los que no hacen música, sino que simulan un volcán en erupción y todo rebosa y el suelo –en este caso el oído– queda perdido de sucia lava. “Presidence” son dos horas y media de sonido amorfo improvisado o construido de sopetón a partir de parámetros muy básicos, en función de los cuales se va tocando y grabando, sobre la marcha, sin control y sin un plan fijo –a veces en performances que se prolongan hasta las 17 horas en galerías de arte o bares de su ultra hypeado Brooklyn–. Lo que sale, generalmente, es una jam de ruido, electrónica y escapadas cósmicas ondulantes que se puede prolongar hasta la media hora en material planchado. Con esos materiales, lo que la gente suele hacer habitualmente es sentarse delante del ordenador, escucharlo todo pacientemente, tomar unas notas en un cuaderno y luego agarrar la tijera y decidir que hay que practicar incisiones por aquí y por allá, para podar lo prescindible y quedarse con lo esencial. Al final, igual te queda un disco de 50 minutos, pero 50 minutos alimenticios en lugar de 150 grasientos, reiterativos o tediosos. Eso va a gusto de cada cual, claro está, pero no es cierto que cuanto más te den el efecto de placer estético vaya a ser mejor. En música experimental –no entraremos en la ópera, ese género va por libre y en esta web no pinta nada–, lo que importa es que ande el burro, no que el burro sea grande.

Vinculados estrechamente al entorno de Animal Collective, Excepter son ocho vándalos comandados por el sintetizador vintage de John Fell Ryan que llevan también la tira de tiempo buscando una concreción de su sonido. La diferencia está en que, mientras AC han grabado ya “Merryweather Post Pavillion” –es decir, su testamento pop–, a Excepter les sigue costando que les salga masticado lo suyo. Cada uno de los dos CDs arranca con media hora de vomitera ruidista, a veces bien empedrada de ritmos de baile o de efectos psicodélicos del espacio exterior en los que sumergirse hasta que falte la respiración, pero también con pasajes en los que la única gracia está en la acumulación de efectos, distorsiones, rasgaduras y toda clase de recursos freeform. No es que no nos guste la música experimental –¡por dios!–, sino que dan demasiado, se pasan y vencen la resistencia de cualquiera por agotamiento. Son como esos corredores de fondo a los que la maratón les sabe a poco y se hacen carreras de 100 kilómetros, como el barcelonés Josef Ajram, que tiene como mantra personal “where’s the limit?”. Excepter también se lo preguntan, y enfundan en su octavo larga duración todo lo que llevan dentro, y porque un tercer CD hubiera sido ya entrar en un terreno exagerado que ni les conviene a ellos ni a nosotros. Aunque todo lo que les sobra, como ya saben su puñado de seguidores fieles, lo regalan en forma de mp3. Para que nos atragantemos.

Hasta aquí, parece que la crítica sea negativa, pero no lo es. Si total, Cabaret Voltaire ya hacían lo mismo hace 35 años e hicieron historia. Lo que es esto es una queja –ejerzo mi derecho a pataleta, que la Constitución me lo permite– y les reprocho la diarrea cuando ellos pudieran cundir mejor como bolillas de cabra. El primer tema del primer CD, “Teleportation”, una suite de seis partes que se intuye improvisada y en la que aparecen trampas por todas partes, es una buena demostración de su poderío. En él condensan y luego estiran las virtudes del sonido Paw Tracks, esa mezcla entre deconstrucción de lenguajes conocidos –techno, como sus parientes cercanos Jane, y una parte de pop o melodía alejada, casi como folk cubista, como era Panda Bear al principio, antes de “Person Pitch”; nótese que detrás de Jane y Panda Bear está la misma persona, Noah Lennox– y tensión de los límites del audio experimental en los laterales del rock espacial. Lo mismo demuestra “The Open Well”, e incluso saben ser concisos cuando toca – “Come When You Call”, o “Leng”, que no se van más allá de los ocho minutos–, y si no tuvieran ese ansia de apabullarnos y vaciarnos el cubo de la basura (su basura) por la cabeza, estaríamos ante un disco que se atrevería sin dudarlo en borrar las fronteras de la electrónica indie-friendly por la vía de la experimentación con salto mortal sin red. Consumido poco a poco, pues, “Presidence” es una demostración de creatividad y sensación de abandono en el vacío. Todo de golpe… igual te crea una indigestión como te hace gemir. Lo escuchas y nos lo cuentas.

Juan Pablo Forner

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