Power Power

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Boys Noize Boys NoizePower

7.1 / 10

Boys Noize  Power BOYS NOIZE RECORDS

Cuando la máquina de humo se dispara, se te caen las gafas al suelo y las pisotea un tipo sin camiseta y maxilar disparado. Cuando te das la vuelta después de ejecutar una croqueta en el suelo, clavándote cristales rotos en la chepa, y te percatas de que alguien te ha robado la chaqueta justo hoy, que ahí fuera hace más frío que en una tienda de La Sirena. Cuando estás con la potranca de ubres torpederas y justo antes de alcanzar la gloria y magrear pechugamen lo vomitas todo. Cuando la noche alcanza ese punto de no retorno entre el culmen de la fiesta y el comienzo de la decadencia, cuando el umbral del placer se confunde con el del dolor, es entonces, en ese preciso momento, cuando la música de Boys Noize aparece y le pone banda sonora al orgásmico Apocalipsis de tu miserable vida.

Quizás por eso, por la peligrosa cercanía con el sudor de club guarro y el gritito colectivo cuando llega el subidón, por ser la chica fácil en un baile para perras estrechas, el sonido de Boys Noize se ha juzgado siempre con la misma ligereza con que hablamos de las pachangas de pueblo, el “perrea, perrea” o los conciertos de La Salseta del Poble Sec. Es injusto. Bien cierto es que lo de lo del celebradísimo, bailadísimo y follabilísimo “Oi Oi Oi” era músculo aceitoso en tensión, es decir electro-rock-pop con salpicaduras punk y feromonas houseras a toda pastilla, pero creo que es necesario disipar la bruma, profundizar en la burda aunque efectiva orfebrería electrónica de su propuesta y reconocer los méritos de Alexander Rhida como productor, más allá de su evidente afiliación al flequillo electrónico que Justice, Digitalism, Erol Alkan y compañía han convertido en la golosina favorita de veintetañeros drogotas.

En “Power”, Rhida olfatea nuevos traseros caninos, explora, quiere ser algo más que el vago recuerdo de una noche de fiesta emborronada por una resaca descomunal. Que nadie piense que el tipo ha sacado un álbum de IDM o ambient solipsista: de hecho los mejores momentos del disco son precisamente los que menos se alejan de su biblia fiestera original. “Jeffer” es una bomba de racimo analógico que podría ocupar la cabecera de un programa de tunning. “Starter” es un espeso puré de electro-pachorra con más subidones que la Pica d’Estats y un sabor a Daft Punk en clave esquizofrénica que te deja exhausto. No es casualidad que ambos trallazos vayan seguidos en el tracklist, no en balde estaban incluidos ya en el single de adelanto. Y la lista de hits esperables no termina aquí: “Drummer” parece un megamix de la discografía de Justice y tiene uno de los parones más jamarosos que recuerdo en meses. “Nott” es un corte nervioso que huele a house de Chicago para discotecas de Benidorm. Sin duda alguna, Rhida se sale por todas las tangentes habidas y por haber cuando ataca terreno conocido: nadie usa los filtros, las pedorretas, las melodías y los sonidos teen como el alemán.

Pero cuidado, pues hay un new Rhida in town y gracias a él aquí encontramos momentos de interés que trascienden el aroma pistero y el acné, pasajes que nos descubren un productor dispuesto a mover la rabadilla a otro ritmo, en otro formato de pantalla. Debajo de la albóndiga bailable por todos conocida (y perfectamente ejecutada una vez más), el germano busca algo más, como la marcha militar con tambores de guerra fascistoides y voces a lo Stephen Hawking de “Trooper” (extraña y desconcertante poción, lo admito); el electro comatoso con palmeros y taladradora a medio gas de “Nerve”; el acid-reggaeton-aphextwiniano de “Sweet Light”; las interferencias de ruido blanco, el crescendo y los momentos de videojuego barato de “Rozz Box” o el rollo Café del Mar cibernético de “Heart Attack” (me encantan los sonidos desencajados que le introduce el tío). He disfrutado reventando sus granacos bailables, cual colegiala aplastando pústulas en la cara de su novio, pero cuidado, porque lo que en principio olía a tragedia (el new Ridha) ha resultado ser un bocado más apetecible y futurible de lo que esperaba. Vamos, lo suficiente para perdonarle sus coqueteos con esa panda de mierdecillas que responde al nombre de Black Eyed Peas, acomodar el trasero en la silla, teclear un vistoso 7.2 y poner mi nombre y apellido en negrita al final de este texto.

Óscar Broc

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