Portland Cello Project play Beck Hansen's Solo Reader Portland Cello Project play Beck Hansen's Solo Reader

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Beck BeckPortland Cello Project play Beck Hansen's Solo Reader

7.2 / 10

Beck publicó su última música el pasado año –y llevaba sin editar nada nuevo desde 2008, cuando “Modern Guilt”–, y sin embargo no pudimos escucharla. La razón es sencilla: “Solo Reader” no era un disco, sino un libro preñado de partituras con líneas escritas para voces solitas y una amplia variedad de instrumentos (y para más inri hipster, vía McSweeney’s). No era música sinfónica, pero sí un trabajo para pequeño ensemble que, si alguna vez se tocara en directo, adquiriría las formas elegantes de eso que ahora llamamos chamber pop, en la línea seminal de los primeros discos de The Divine Comedy (y aún más atrás en los de Burt Bacharach con Hal David), y que buscan la unión armoniosa de un pop elegante con una construcción rica propia de la música clásica. Beck nunca había destacado por esa ambición cromática, sobre todo si seguimos conservando en la memoria al asombroso triturador de géneros de “Mellowgold” (1994) y su obra maestra indiscutible, “Odelay” (1996), que con la dirección de The Dust Brothers logró el milagro de encajonar en una cápsula perfecta y pequeña lo mejor del hip hop blanco post-Beasties, la electrónica psicodélica, el post-grunge y el indie-rock generacional. En su trayectoria posterior luego llegaron experimentos de geniecillo caprichoso como “Midnight Vultures” –aquella orgía funk–, el folk de media tarde de “Sea Change” y, a partir de ahí, diversas mutaciones de la canción tradicional, tanto norteamericana como brasileña y más allá, de “Guero” y sus discos posteriores, ya menores, pero que advertían un cambio en Beck, que ya no quería ser aquel rebelde de los años cruciales del alboroto indie y sí un compositor maduro, sobrio, virtuoso, como si siempre hubiera tenido celos de Stephin Merritt. Y todo eso nos lleva hasta aquí, hasta “Song Reader”, donde se puso tan serio, tan virtuoso y tan maduro que decidió entregarlo primero en corcheas esperando que llegaran intérpretes profesionales para grabarlo.

El hecho de publicar música en partitura, como si fuera el siglo XVIII –que fue cuando comenzó a hacerse negocio con la música impresa para la incipiente burguesía europea y para nobles ociosos que necesitaban la música de los compositores de moda para cantarla o interpretarla en sus salones– es tan inusual en estos tiempos que parece una mezcla entre anacronismo y boutade. Ni siquiera los compositores de la tradición clásica –pongamos por caso un Steve Reich, o un John Adams– publican las partituras antes de juntar a unos músicos y tocar la pieza en un festival o un teatro de ópera: la partitura es una herramienta de trabajo, no un objeto de comercio, y lo primero es ejecutar, grabar y luego, si acaso, publicar el papel para otros músicos que puedan venir después. Beck, en un acto de verdadero desencaje en el sistema, no ha grabado su propia música. Sí la tocó el 7 de diciembre en la tienda Rough Trade East de Londres con una banda ocasional en la que estaban Ed Hardcourt, Carl Barat y Steve Mason, pero la vida de “Song Reader” como música real sólo ha existido en el directo, fugaz como un soplo de viento o un rayo de sol. Como era la música antes.

Pero al ser de dominio público, la música se puede interpretar, y la pequeña formación Portland Cello Project ha sido la primera en ejecutar las 20 composiciones en el orden sugerido por Beck. Si su lectura se ajusta al 100% a lo que querría Beck habría que preguntárselo a él: esa es la magia del concepto de ‘interpretación’ que hoy sólo existe en el circuito de la música clásica, donde un Beethoven dirigido por el joven Christian Thielemann al frente de la Filarmónica de Viena suena tan diferente, en energía y tempo, a las grabaciones clásicas de Herbert von Karajan con la ídem de Berlín. Así que en “Portland Cello Project play Beck Hansen's Solo Reader” tenemos un manera de escrutar estas canciones que será distinta a la que obtengan otros músicos, sobre todo porque la variedad de voces que exige la partitura –con registros de barítono ( “Saint Dude”) y mezzo ( “Don't Act Like Your Heart Isn't Hard”)– conseguirán que cada disco que se planche sea distinto. Este nos permite deleitarnos con la suave intensidad de Jolie Holland, Patti King, Chanticleer, Collion Oldham y Adam Shearer, que cumplen muy bien la misión de dignificar el pop de cámara sin forzar las notas más altas hasta extremos operísticos que podrían sonar ridículos: aquí estamos en un tipo de canción “rock” como las del último Nick Cave, el siempre inspirado Neil Hannon y los primeros Tindersticks –e incluso el Sufjan Stevens menos psicodélico–, donde Beck alcanza un punto de nivel e inspiración por encima de “The Information” y “Modern Guilt” y deja claro que su futuro como compositor de standards, gran canción americana (y francesa) en la larga tradición de Gainsbourg, Irving Berlin o Gershwin y con los necesarios momentos jazz o cultos ( “We All Wear Clocks” es una especie de número de musical con cuarteto de cuerda, como aquellos experimentos de los noventa de Elvis Costello, y “Mutilation Rag” es un breve incido de minuto y medio en notación atonal, como el Richard Strauss de las óperas “Die Rosenkavalier” o “Salomé”) para darle empaque y solemnidad. Bonitas canciones, bien ornamentadas, empaquetadas en un proyecto que comienza excéntrico y concluye dulce. Ahora estaría bien que Beck nos las grabara, aunque lo mejor que le podría pasar a “Song Reader” para dejar este agradable aroma a triunfo que ahora transmite es que nunca lo hiciera.

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