Plastic Beach Plastic Beach

Álbumes

Gorillaz GorillazPlastic Beach

8 / 10

Gorillaz  Plastic Beach

EMI

7 de marzo de 2010. No sé cómo me he metido en este embolado. En la redacción preguntaron si había alguien que estuviera dispuesto a cubrir la última locura de Gorillaz y mi cuerpo respondió solo, levantando la mano. Ellos dicen que “Plastic Beach” es el nuevo cuartel general de la banda: después de que Murdoc quemara los Kong Studios (en los que se habían desarrollado los dos anteriores discos) para tangar al fisco, el lascivo bajista se ha recluido en una isla construida a partir de basura. Con el batería de la banda (Russell) en paradero desconocido, y el cantante (2D) y una versión androide de la guitarrista oriental (Noodle) secuestrados por Murdoc en esta extraña isla, parece que (tal y como el bajista ha anunciado) esta será la última aventura de Gorillaz. Hay que dejar constancia de ella.

8 de marzo de 2010. Me han advertido de dos cosas. La primera, que me prepare para las “interferencias” (ni idea de qué significa). La segunda, que la visita guiada consta de 16 estrictos puntos de interés, paradas obligadas en forma de canciones autónomas. Como si fuera un niñato en Battle Royale, cojo mi mapa, sueño con tener algún arma (aunque fuera tan absurda como la tapa de una olla) y escucho “ Orchestral Intro” en la cubierta de popa. Ahora entiendo lo de las interferencias: más que en una fragata, parece que esté en la Graz de principios de siglo XX mientras la música clásica se despereza. Si esto fuera una película, aquí irían unos títulos de crédito minimalistas con la cámara avanzando plácidamente hacia la isla por encima del mar en calma.

Atacamos el desembarco en la orilla como si de Normandía se tratara mientras el aire se impregna de un afinar de instrumentos clásicos y de una explosión que obliga a la brújula temporal a apuntar hacia el presente con “ Welcome To The Plastic Beach”: un presente bañado de hip hop amable sobre el que Snoop Dogg da la bienvenida a los turistas antes de adentrarnos en la selvática “ White Flag”. Sobre las cabezas, una cúpula de frescas palmeras contra las que resuena la orquestación oriental de la Lebanese National Orchestra for Oriental Arabic Music: la jungla dura unos segundos en nuestras retinas hasta que un fogonazo de niebla estática nos traslada al subsuelo londinense mientras Kano y Bashy ven matizado su grime-style por una visión pop muy cercana a la sensibilidad de Neon Neon. Antes de que nos demos cuenta, los dos espacios, a priori irreconciliables, se están trenzando en una espiral hipnótica que nos conduce de cabeza al jeep en el que continuará nuestro recorrido por la isla. En la radio suena “ Rhinestone Eyes” y, por momentos, intuyo que Damon Albarn (nuestro conductor) está actuando de médium espiritista de unos The Go! Team particularmente gamberros.

Viajamos por una carretera en línea recta y sin baches, pero sabemos que habrá túneles. Muchos. Mientras “ Stylo” invade el asiento trasero en el que viajo, los múltiples túneles se suceden como tortazos sonoros: la base de la época en la que te diste cuenta de que Massive Attack y Madonna tenían la misma inicial se va oscureciendo a ratos por el fraseado rap de Mos Def y por imágenes perturbadoras de soul exuberante donde Bobby Womack sirve de recipiente al fantasma (expansivo) de James Brown sin dejar de ser Bobby Womack. Acabo asumiendo que esta va a ser la tónica general cuando, en “ Superfast Jellyfish”, los cruces de caminos electrificados me obligan a tener fe en la posibilidad de que los beats gordos de De La Soul casen a la perfección con la dulzura pop del proyecto en solitario de Gruff Rhys. Por suerte, basta ya de coche. “ Empire Ants” es una atalaya desde la que contemplamos, con prismáticos, un horizonte de melancolía sintética que se ve iluminado por la aportación de Little Dragon, transfigurando el conjunto en uno de aquellos sótanos sudorosos de sexual electropop a medio tiempo que tan bien sabían practicar Moloko (aunque, en este caso, con una Róisín Murphy a la que le han echado tranquilizante para caballos en el gintonic).

El nuevo maestro de ceremonias es Mark E. Smith, pasando de bienvenidas y tonterías: sólo se deja ver para sobrevolar “ Glitter Breeze” como una figura espectral que aporta su halo tabernario a una base de electrónica digresiva y fardona. Alguien de la organización advierte el despropósito (que a mi me parece tronchantemente delicioso) y decide sacar la artillería pesada: Lou Reed llega a la orilla dispuesto a soluciona el desguisado con “ Some Kind Of Nature”. Mis notas en el cuadernillo se reducen a cuatro palabras: mierda de la buena. Como si al trovador de “ Walk On The Wild Side” lo remezclaran una panda de b-boys bastardos y cachondones. No puede existir mejor preludio a la hora de encarar el punto álgido del viaje: subida y bajada al monte más alto de la isla. “ On Melancholy Hill” supone un ascenso dulce y plácido en forma de pieza casi instrumental donde los Pet Shop Boys atemperados y maduros de “Release” (2002) van de la mano de los primeros Lightning Seeds; “ Broken” es un paréntesis para coger aire en forma de bruma de electrónica casi analógica y, finalmente, “ Sweepstakes” resulta ser una bajada jodidamente rauda por una ladera que late al ritmo de unos ritmos engordados por la vía ochentas mientras Mos Def persigue a los turistas como un asaltador de caminos especialmente esquizofrénico al que le gusta hacerse acompañar por una banda para majorettes. Ahí es nada.

Cuando por fin llegamos a “ Plastic Beach”, nos sorprenden todo un grupo de bailarinas tahitianas (menos guarrillas de lo que nos gustaría y más idílicas a lo Gauguin) que desafían a lo imposible y mueven las caderas al ritmo del Moroder menos trónico saqueado por unos Mick Jones y Paul Simonon en travesura hip hop. Sus collares de flores, sin embargo, indican a las claras que es la hora de los adioses, algo que parece inevitable cuando un ritmo de dulce calypso crepuscular impregna “ To Binge” y cuando, en “ Cloud Of Unknowing”, Bobby Womack vuelve a visitarnos para saludar a las primeras estrellas con un acto de soul noctívago que suena a fade out antes de que nos fuercen a subir al barco de vuelta. Allí suena “ Pirate Jet” como una socarrona sintonía descartada para los créditos finales de la surrealista serie de Batman de los 60 (todos pensamos en el Joker huyendo en barca con una bomba de mentirijilla en las manos, pero nadie dice nada). Cierro el cuadernillo de notas.

9 de marzo de 2010. Es hora de poner las notas en claro. Es evidente que, por separado, cada etapa del viaje es un mundo en sí mismo, una especie de pliegue multidimensional en el que el tiempo, la geografía y la historia (de la música) aparecen aquí y allá a fogonazos, en interferencias. Lo primero que me viene a la cabeza es que Gorillaz han conseguido, con “Plastic Beach” su Kill Bill (Quentin Tarantino, 2003) particular: una visita guiada a los intersticios menos venerados de la subcultura musical que acaba por conformar una especie de ejercicio de patchwork diabólico, una enciclopedia episódica con la que aprehender diferentes lugares y tiempos. Pero escribir eso sería operar a un nivel de snobismo que la accesibilidad del disco rehuye a cada momento. Está claro que este viaje no tiene ningún momento para todos los públicos como los anteriores “ Dare” o “ Feel Good Inc.”, pero es cierto que Gorillaz han conseguido atacar cotas elevadas sin despegar los pies del suelo, consiguiendo que el conjunto suene con una coherencia granítica. Albarn decía que este iba a ser el álbum pop de Gorillaz… pero aquí hay de todo. Y que conste que llevaba en el iPod algunos discos antiguos de Blur por si el recorrido se hacía aburrido. Pero, ¿aburrimiento? ¿Blur? ¿¡Qué coño!? Quita, quita...

Raül De Tena

* Escúchalo aquí

¿Te ha gustado este contenido?...

cerrar
cerrar