Pinch & Shackleton Pinch & Shackleton Top

Álbumes

Shackleton ShackletonPinch & Shackleton

9.1 / 10

HONEST JON’S

Hasta este momento, los caminos de Sam Shackleton y Rob Ellis jamás se habían cruzado entre sí, lo que no significa que no se hubieran estado buscando, como quien persigue sombras, casi desesperadamente. Yéndose tan lejos como 2006, ya se intuía en ambos un rastro común, un hilo invisible: Ellis, como Pinch, había cedido a Planet Mu su clásico “Qawwali”, uno de los primeros cortes dubstep armado sobre un sample de world music en llamar la atención –en este caso, el de Bristol usaba canto sufí de Pakistán–; Shackleton, por su parte, ya tenía varios 12”s planchados en Skull Disco, incluido el cuarto de la serie ‘Soundboy’, con el tétrico “Blood On My Hands” como pieza central. La conexión espiritual pudo empezar ahí, aunque en ese momento los grados de separación que distanciaban a ambos músicos estaban bastante reducidos: Pinch es de Bristol, ciudad en la que había fundado el sello Tectonic, y el socio de Shackleton en Skull Disco, Laurie ‘Appleblim’ Osborne, también. Bristol es en el dubstep la capital del ritmo envuelto en sí mismo y la atmósfera cenicienta –un linaje que han proseguido Random Trio, Peverelist, etc.–, e incluso cuando el género se ha diluido como un azucarillo en un vaso de house, hay constantes vitales de tensión y sombras que se han mantenido inamovibles.

El segundo capítulo de esta historia trata sobre el tesón y la creencia fija en una idea: mientras el dubstep dejaba de ser dubstep, Pinch se mantenía obcecado en hacer tracks de máxima presión y máxima oscuridad, cada vez más complejos a efectos técnicos, hasta culminar su transición hacia los breaks enrevesados en “Croydon Houses”, un 12” de hace algo más de un año para el sello Swamp81 de Loefah en el que, si no se había seguido bien su trayectoria, se creía adivinar que estaba imitando a Shackleton. Pero no: le estaba buscando donde creía que él podía estar, porque se había aprendido sus lugares y rutinas, como Oliveira a La Maga en las páginas de “Rayuela”. Shackleton, durante todo este tiempo, cinco años en los que no ha bajado el nivel –desde las recopilaciones de Skull Disco al “Three EPs” en Perlon, de su aportación a Fabric a los EPs en Honest Jon’s de finales de 2010–, también ha seguido fiel a un método y una atmósfera, a un tejido de ritmos espinoso y ultrabarroco, a una pátina de angustia cavernosa que obliga a pensar en callejones sucios y vacíos, en peligros que flotan en la ciudad dormida, como la versión contaminada del halo angelical de Burial. Y así, años después, en silencio y en secreto, como dos maestres de una logia, Shackleton y Pinch se encontraron por fin. Y trabajaron conscientes de que sus talentos no se anularían como materia y antimateria, sino que el uno reforzaría al otro.

De la existencia de “Pinch & Shackleton” se ha sabido esta semana. El álbum ha llegado por sorpresa, como una visita indeseada, pero con la diferencia de que a algo así es del todo imposible cerrarle la puerta. De la newsletter de Honest Jon’s a las tiendas; además de ser una lección práctica de cómo trabajar con artistas conocidos en la era del pirateo a ultranza –nada de ir lanzando bistecs a los perros para que se entretengan en forma de teasers, vídeos y cortes sueltos, sino eliminando los tiempos de espera para evitar leaks y urgir a comprar inmediatamente–, la colaboración entre estos dos titanes es, era de esperar, otra lección de magisterio. Del primer minuto al último, el álbum es perfecto en su forma, ominoso en su textura, serio como un vestuario de luto. Distanciado de la actualidad más omnipresente de la bass music –reluciente de house soleado, todavía añorante del verano, pensado para recuperar a las chicas en los clubes y atraer a los hipsters ocasionales–, “Pinch & Shackleton” se mantiene firme en su atemporalidad. Las dinámicas de breaks trenzados, la percusión del Middle East y las capas de texturas sombrías se han consolidado como la verdadera forma “pura” del género, ya sea con una dosis extra de dub, como en Mala, o de música industrial, como en Raime, y estos nueve cortes sobresalen en esa intención, excelen en el resultado, abren una nueva puerta.

El primer razonamiento al que lleva la colaboración es que, valga la redundancia, consiste una verdadera colaboración: no suena a disco de Shackleton con intrusiones de Pinch, ni al revés, sino a una obra a medias en la que –si hay que dividir roles– uno ha cuidado la polirritmia y el maximalismo de los breaks y el otro le ha sacado las telarañas a los ambientes para que no sea un disco ni gótico ni grotesco, sino con un punto romántico, como un cuento inglés de fantasmas. Pero ni siquiera esa división está clara. El segundo razonamiento conduce a la forma final: el nivel de exigencia de Pinch y Shackleton se adivina obsesivo; hasta el más mínimo giro o matiz está cuidado para que nunca se aprecie un segundo de debilidad o dudas. Es éste uno de los álbumes electrónicos más coherentes en su forma, su fondo y sus intenciones de los últimos años; salvando las distancias de género, sería al post-dubstep lo que el “Alcachofa” de Villalobos al microhouse, el ejemplo ideal para reflejar el estado de madurez, perfección y casi imbatibilidad de un estilo.

La forma es inapelable: la precisión y ocasión de cada sonido es meridiana, la atención al detalle roza lo maniático. Desde “Cracks In The Pleasuredome”, que empieza con un latido de bajo como si fuera un corazón, y rápidamente se deshace en frecuencias láser, siseos de serpiente y vientos fríos que dan paso a ese break shackletoniano a cámara lenta que da paso a la melodía más sencilla y terrorífica del año, todo “Pinch & Shackleton” es el sueño húmedo de cualquier ingeniero de sonido. No hace falta decirlo: sólo sirve para este disco una escucha con auriculares de alta gama o en un sound system capaz de arrancar el polvo de los techos, pues cualquier otra situación convierte la experiencia en incompleta; fantástica, sí, pero sólo una ilusión de la verdadera epifanía. Luego llega “Jellybones”, que retuerce toda clase de breaks sobre una superficie deslizante de sintetizadores modulares, y “Torn And Submerged”, que es como hielo que se descongela, y “Rooms Within A Room”, la música ideal para una misión al espacio desde un país exótico.

Pero más allá de la forma, está el fondo. Dentro de su dificultad, de su exigencia –quien padezca de déficit de atención las va a pasar putas–, de sus giros melódicos sibilinos y de sus cambios de ritmo inesperados, a veces casi imperceptibles y con más swing del que parece a primera escucha, lo que ofrecen por encima de todo Shackleton y Pinch es una atmósfera que invita a perderse en ella. En instantes como “Selfish Greedy Life” la abren a espacios amplios aunque de suspense, como si más allá de lo terrenal –esa oscilación entre el ritmo boscoso y las texturas desérticas– también buscaran ese return II space (parafraseando a Digital Mystikz) o la creación de un mundo privado, hermético, preñado de esoterismo y magia negra, como el que se intuye en “Burning Blood” o “Monks On The Rum”, dos caras más de un poliedro imposible de describir entero y con exactitud, porque este disco, para quien lo quiera escuchar con paciencia y todas las veces que haga falta –y aquí podríamos hablar también de su equivalencia en intenciones con el legendario “Modus Operandi” de Photek– es un verdadero laberinto en el que es muy fácil entrar y muy difícil salir. Lo habitual será quedarse atrapado, perdido en su misterio, en su inmensidad.

Javier Blánquez

Cracks In The Pleasuredome

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