Phrazes For The Young Phrazes For The Young

Álbumes

Julian Casablancas Julian CasablancasPhrazes For The Young

7 / 10

Julian Casablancas  Phrazes For The Young

RCA

En la puerta hay un letrero con luces de neón que te promete una fiesta de lo más ochentera. Y la bola de cristal, la esencia del synth-pop más luminoso, sigue brillando cuando bajas las escaleras y entras en casi cada tema de este “Phrazes For The Young”, debut en solitario que parece un giro de 180 grados de Julian Casablancas respecto a los Strokes que le lanzaron a la fama mundial. Lo parece, pero no lo es, porque todas y cada una de las canciones de este disco acaban dejándose llevar por la inercia efectista de la fórmula stroke en los estribillos. A medida que avanzan los minutos de cada tema, las guitarras se van equiparando a los sonidos más novedosos para Julian y su forma de cantar siempre acaba pareciendo la misma. Es tan dulce y conquistadora que se le perdona, pero ya van cuatro discos con melodías de voz demasiado similares, por mucha floritura adicional que se le agregue. Lo que pasa es que tampoco está uno seguro de que sea criticable que el alma de Julian vuelva a aparecer con todas sus señas, aunque detrás de un sonido muy diferente al empleado con una de las bandas que dio el pistoletazo de salida a lo que sería el sonido del indie –o no tan indie– rock del siglo XXI.

Lo que es funcionar, el disco funciona. Lo que es perdurar, difícilmente. El mayor ejemplo de que la renovación tiene bastante de espejismo es el anzuelo utilizado por Julian, el single de adelanto “11th Dimension”. Más ochentero no puede ser el arranque a lo The Human League de esta canción. Pero incluso en este tema, que es el más popero y menos strokero de todos, a medida que se van incorporando las guitarras y aparece el estribillo, uno reconoce el espíritu de los Strokes, eso sí, con sintetizadores y una base de percusión electrónica marcando el chasquear de dedos y el menear de caderas, seguramente en discotecas de lo más variopintas. Ya advierte Julian, de todos modos, que él no es muy metido en esto de las pistas de baile, “I've never been so good at shaking hands”, dice, aunque hay unos cuantos que ya se han dejado la piel danzando al son de The Strokes.

Resulta muy empática con esta sociedad de relaciones y sentimientos frenéticos y perecedores la letra de la canción con la que arranca el disco, “Out Of The Blue” (con un ritimillo algo “Reptilia”), en la que Julian plasma la rápida transformación, “en algún lugar del camino”, de la desesperanza a la tristeza, de la tristeza a la amargura, de ésta al enfado, a la venganza, a la excitación, al placer, a la locura, al dolor, y vuelta a empezar. Lástima que esta acertada letra acabe derivando en una absurda voluntad mesiánica con la que Julian se dirige al mundo como si fuera un líder espiritual.

La fórmula “empiezo a lo synth-pop y lo fundo luego con el sonido Strokes” se repite de nuevo en “Left And Right To The Dark”, que de nuevo expresa el balanceo por la oscuridad de un Julian que ve que ya no es tan joven, y seguramente ya no le cantarán más aquello de pero Julian, soy un poco mayor que tú, como hizo Courtney Love. El disco, que sólo tiene ocho canciones, va tornándose oscuro y más atmosférico paulatinamente. En “4 Chords Of Apocalypse”, que se inicia con un teclado muy atemporal, alcanzan su apogeo de emotividad la voz y la guitarra más rasgadas. “Ludlow Street” es una especie de vals que encarna el retrofuturismo de Julian con una interesante combinación del sonido de un banjo y un constante redoble de percusión electrónica, explicando la vida nocturna y sus contradicciones en los bares de la citada calle. “River Of Brakelights” parece una tormenta en la que los relámpagos de la música electrónica y los del rock pelean con más fuerza que nunca, “clavado en una lava de luces de freno”, como si fuera la canción que sonó en el parto del nuevo Julian Casablancas, el momento de locura en el que lucha entre seguir fiel al rock o hacer lo que la banda no le permitía.

Acaba, en fin, el disco y uno se da cuenta de que el repertorio ha sido amplio, ninguna canción prescindible, y que Julian consigue dar una píldora a quienes esperan ansiosos el nuevo disco de The Strokes, así como contentar un poco a los que esperaban de él una aportación más personal a la música. Pero ni los unos ni los otros quedarán contentos del todo, porque tal vez no tuvieran tanto que decir ni él ni Albert Hammond Jr., guitarrista de la banda que ya ha firmado dos discos en solitario de lo más digeribles. Pero seguramente tampoco se puede esperar ya mucho más de ellos juntos, de los neoyorquinos que irrumpieron en la música como un relámpago con su formidable “Is This it?” (2001).

Germán Aranda

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