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8.2 / 10

A tenor de lo que se ha ido leyendo en los últimos meses en la jungla de internet, hay dos maneras de entender el papel de Paul Rose en la música electrónica actual: como un oportunista o como un espíritu libre. Evidentemente, son los haters los que se aferran a lo primero –quizá con ganas de hincarle el diente en la yugular tras varias trifulcas con fans y comentaristas en foros y Twitter, ese espacio en el que asoma su bis polemista para debatir sobre fútbol, movimientos sociales o el frío de Berlín, y donde no se priva de usar un lenguaje crudo, muchas veces bordeando la prepotencia–, mientras que los defensores del espíritu libre se limitan a esgrimir su música como argumento definitivo del papel crucial que está teniendo Scuba en el desarrollo de los sonidos de club contemporáneos. En la encrucijada entre esas dos visiones está, cómo no, su single del año pasado, “Adrenalin”, que con su giro hacia el house progresivo, su toque veraniego y su inclinación comercial, daba por cerrada una etapa, la que años atrás había iniciado como fundador de Hotflush y pionero de la rama nebulosa del dubstep.

Por supuesto, hay dos cosas que permanecen en Scuba: Hotflush como marca estable –este álbum aparece en su sello, y no podía ser de ninguna otra manera– y su gusto mudable, aposentado en una cultura de la música electrónica más sólida y variada que la de muchos de sus contemporáneos. Si hay que posicionarse en uno de los dos bandos que dividen a los seguidores de Scuba, nuestro alineamiento está con el espíritu libre: pocos productores han evolucionado más, y de manera más drástica, en los últimos cinco años –y sin dejar de ser él mismo–. Su manera de expresarse fuera del estudio de grabación puede ser socarrona, amarga, visceral, y quizá sean maneras de protegerse, síntomas que denoten la existencia de un hombre contradictorio e inseguro detrás de esa fachada. Quién sabe. Lo que está claro es que las motivaciones artísticas de Scuba no engañan, resultan honestas y su música se define precisamente por no ser fácilmente etiquetable. Hace años, lo que él hacía se podía identificar fácilmente como dubstep –los maxis de 2006-2007 y el álbum “A Mutual Antipathy”, título que ahora se nos revela muy transparente–, luego vino su giro hacia el techno, coincidiendo con su mudanza a Berlín, los remixes encargados a Surgeon y Substance, el EP “Aesaunic” y las primeras producciones como SCB –etapa que culminó en el tremendo “Triangulation” (2010)–, y 2011 significó el amanecer de un nuevo Scuba, más preocupado por las texturas luminosas, el regreso a la vieja escuela y la disolución de su discurso amasado con los años con el objetivo de obtener algo nuevo.

“Adrenalin” es un síntoma que explica en parte “Personality”, pero no el único. En 2011 Scuba también se sumergió en la edad de oro del drum’n’bass –con el volumen mezclado para Studio !K7, “Jungle Rinse Out 1993-2001”, en el que recuperaba joyas de artcore, neurofunk y jungle-jazz firmadas por Reprazent, Photek, Matrix, Origin Unknown o Adam F– y en el deep house en buena parte de su otro volumen de sesión para !K7, el épico “DJ Kicks”. Todo eso, amasado como el buen pan, es lo que ahora forma la (mucha) miga de este “Personality” cuyo título, una vez más, tampoco es casual: es un reclamo de libertad, de hacer lo que le dicta el corazón y no el bolsillo –aunque dirán los haters, otra vez, que su giro al house es porque está de moda, sin pararse a pensar que Scuba ya estuvo en el house, años atrás, cuando aquellos que le recriminan aún escuchaban a Spice Girls–. Posiblemente, Scuba estuviera apresado en una jaula que, poco a poco, ha ido serrando barrote a barrote para emerger por fin libre de prejuicios y exigencias. Viene a decir, educadamente, que si no estás conforme con su manera de hacer, que te apartes y le dejes en paz.

¿Cuál es el sonido exacto de “Personality”? Es un sonido variable, pero que encuentra su nexo de unión en las texturas líquidas y luminosas. Si “Triangulation” era un disco metálico, frío y pesado –como una noche de niebla en Berlín, saliendo de Berghain, por aquellos descampados pedregosos–, “Personality” es un atardecer de verano a orillas del Spree, un álbum que tiene como hilo conductor una vaga idea de la felicidad: la presente y también la pasada, pues en muchos de los cortes Scuba activa los resortes de su memoria de ex raver y la nostalgia por los días pasados – “Cognitive Dissonance” es jungle deudor de la etapa más resplandeciente de Moving Shadow y Good Looking; “NE1BUTU” reproduce la mecánica de aquellos hits de hardcore-pop que firmaban artistas como Altern-8, con crescendo de piano saltarín y voces elevadas hacia la estratosfera–. Y cuando no es la nostalgia por los buenos tiempos, es el bienestar y la confianza, quizá reflejo de una buena etapa personal. Casi todo en “Personality” está basado en breaks –y no tanto en bombos 4x4, hecho que desmonta la teoría del trasvase oportunista al house–, y breaks además que buscan su razón de ser en el funk, sobre todo, en una idea muy amplia de electro, lejos del cliché robotizado ( “Ignition Key” y “The Key” suenan a lo que a finales de los 90s se conocía como ‘coastal breaks’, aquella escena dominada por Tipper y Adam Freeland, con esos riffs fustigantes de sintetizador, de una épica contenida), y que se puede ampliar tanto al techno de paso quebrado ( “Underbelly”) como a una especie de house expansivo como el de “July” y “Tulips”, capaces de activar los neurotransmisores y desatar ríos de serotonina. Hasta el final, con otra toma de electro vaporoso y pulsante ( “If U Want”), “Personality” se sostiene como un álbum que plantea un desarraigo absoluto de los orígenes dubstep de Scuba, pero que abre un nuevo horizonte en su carrera, un horizonte en el que se respira optimismo y felicidad. Es el típico disco al que, por una razón u otra, siempre vuelves y del que no te despegas, ese tipo de material de iPod que hace que tu día sea mejor.

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