Perfused Perfused

Álbumes

Fluxion FluxionPerfused

6.1 / 10

Fluxion  Perfused ECHOCORD

Echocord es para muchos un sello sospechoso que se ha ganado cierta reputación y recibe interés al amparo de ese reciente fervor creado alrededor del techno-dub. Los menos puristas, en cambio, dirán que es un buen sello para los que se están introduciendo en esto de la electrónica, por aquello de ser un sello amable que no pierde de vista la pista de baile y por contar en su roster con artistas con tirón. Desde hace ocho años, esta casa danesa ha armado un catálogo efectivo y pirotécnico en el que aparecen cazarrecompensas del track pistero como Trentemøller, habitual en los charts de medio mundo, o Mikkel Mettal, no tan vendedor pero habitual en la discografía de sellos vendedores como Kompakt. Para muchos críticos del establishment musical, Echocord es un sello que va de techno-dub, por lo de seguir el “rollete”, pero que en realidad se disfraza de sucedáneo techno-groove-dub: más o menos como el surimi, que va de cangrejo pero no lo es. Seguramente muchos se reafirmarán en esa idea de sello oportunista con el cuarto álbum de estudio del griego Fluxion. Un álbum de nueve temas que repite una y otra vez los mismos vicios del nuevo techno-dub, los mismos trucos y los mismos guiños del techno-profundo-y-abisal-armado-con-ecos-del-copón de esa escuela de Berlín nacida en los 90 y de la que muchos productores siguen viviendo pese a conformarse con el discutido rol de copia mala y en color sepia.

En el caso que nos ocupa, la supuesta gracia del heleno reside en incluir unas líneas de bajo que buscan el cimbreo y que a mí me recuerdan, ni que sea fugazmente, a aquel “funk electrónico” de sellos de la numerosa y estandarizada clase media alemana de la década pasada, sellos como Resopal en el, por cierto, también ha publicado material nuestro protagonista de hoy justo antes de fichar por el controvertido Echocord. “Perfused”, en su esqueleto rítmico, encaja con las producciones de esos sellos que se ataron a la corriente del minimal-house y que acabaron saturando el mercado con producciones que, al final, ni sonaban a funk ni a electrónica parda. Cualquier comparación con Basic Channel –que las ha habido, y muchas; si el techno-dub está estancado y estandarizado, las reseñas periodísticas en torno a este tipo de productos todavía lo están más: señores, parece que en estos menesteres ya está todo dicho y escrito– es puramente cosmética y solamente nos recuerda que el propio Fluxion pasó por Chain Reaction a finales de esos añorados años 90.

Una “mili” que arrojó un álbum ( “Vibrant Forms”, 1999) y una secuela en forma de recopilatorio ( “Vibrant Forms II”, 2000), así como un puñado de maxis como rédito y que, seguramente, le sirvieron a Konstantinos Soublis para darse cuenta de que era muy complicado superar las bases establecidas por los Moritz Von Oswald and co. Por eso, seguramente habrá pensado que una salida de escape podría ser el baile y la luminosidad de la pista. De este modo, si no se publica nada excesivamente rompedor tampoco pasa nada y, de paso, se gana unos durillos en las descargas digitales, que no está la cosa como para ir escatimando en ingresos. El problema del techno-dub es que ha caído en un callejón sin salida en el que continuamente se autorreferencia para confirmarse como subestilo sesudo que debería contar con la categoría de estilo per se. En cambio, cuando los productores de esta rama intentan quitarle seriedad y hierro al asunto y se dedican al baile, entonces se les achaca que lo que están haciendo es algo sacrílego que debería quemarse en la hoguera. Con este nuevo trabajo, Fluxion se queda a medio camino de ambas tesituras. Es perezoso cuando toca hacer bailar y es demasiado cristalino para ser si quiera un descarte de Chain Reaction. Moraleja: el techno-dub de hoy no es lo que era.

David Puente

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