Perdition Hill Radio Perdition Hill Radio

Álbumes

William Fowler Collins William Fowler CollinsPerdition Hill Radio

8.1 / 10

William Fowler Collins  Perdition Hill Radio TYPE

Discos como éste surgen de la admiración por el paisaje. William Fowler Collins es de aquellos músicos que ve el espacio a su alrededor y no puede resistir la belleza de la magnitud del entorno, se queda fascinado con los campos abiertos de la naturaleza y sufre de síndrome de Stendhal, aunque a la hora de traducir las sensaciones en música lo que le quede es una descripción del lado oscuro de esos mismos paisajes. WFC vive en la árida Alburquerque, en el estado de Nuevo México, y para él la localización geográfica es algo que no se puede separar del resultado artístico: sale por la puerta de su casa, pasea por la ciudad, se va a las afueras, y lo que se encuentra es un bello e interminable desierto, un horizonte liso y sin final, tierra seca y vida salvaje en florecimiento, cáctus y langostas, algún lobo, lagartijas, caravanas. Alburquerque puede ser un lugar de lo más deprimente –ahí está la recomendable serie de TV “Breaking Bad” para sugerirlo–, pero para este creador es un punto de partida necesario.

William Fowler Collins había sido un secreto de unos cuantos entendidos hasta hace pocos meses (todavía lo es, pero menos). En 2007 se autoeditó un disco de tratamientos de guitarra y procesos por ordenador que, bajo el título de “Western Violence & Brief Sensuality”, atrajo la atención de algunos de los cazadores de talentos más avispados del planeta. Uno de ellos, John Twells (alias Xela), responsable del sello Type, vio claro que esto era el tipo de sonido que quiere para sí: oscuro como la boca del lobo, largo como el día – “Dark Country Road” se va hasta los 21 minutos y medio–, sujetado por las pinzas de una tradición que acaba siendo sepultada por toneladas de ruido, grabaciones de campo, ajustes con el software. Hay varias maneras de definir lo que es “Perdition Hill Radio”: una podría ser dark ambient, por motivos obvios, pero no estaría de más tantear otra más atrevida, pero bastante más próxima, que sería la de folk metal, o black folk. Algo así hay que explicarlo, así que un punto y aparte ahora mismo vendrá bien.

Rastro de metal, en realidad, no hay mucho en William Fowler Collins. Él reconoce haber estado escuchando asiduamente a la banda de black metal americana Xhastur, y que del hábito se le ha pegado alguna influencia. Pero el fondo de “Perdition Hill Radio” es desasosegante, tóxico, es esa belleza envenenada de ciertos espacios naturales que, en realidad, son trampas mortales si no se sabe andar por ellos, como las cuevas o los desiertos. Los cimientos folk están, muy diluidos: a veces, la guitarra acústica –procesada– le toma el testigo a la guitarra eléctrica –más procesada aún–, y la música parece arenosa, como la de un cowboy desesperado en el porche de su casa que, en vez de pensar en Johnny Cash, estuviera pensando en Fennesz. Pero cuando el ligerísimo rastro del folk se esfuma, queda sólo Fennesz, u Oren Ambarchi o guitarristas similares que han hecho de las seis cuerdas un arma para construir ambient que satura el espacio, golpea el cuerpo y se mete en la cabeza como un pensamiento que no te puedes sacar de encima. El resultado final es perturbador, algo infernal, porque es la banda sonora de un desierto de noche, donde hace frío y abundan los depredadores. No será un metal head, pero le atrae el mismo imaginario morboso.

El otro elemento esencial en el arte de William Fowler Collins son las grabaciones de campo. Inserta field recordings a lo largo de todo el disco, no como un elemento discursivo fundamental, sino como parte del decorado. Es el tributo al paisaje, a lo que ve cada día cuando se asoma por la ventana, con una taza de café en la mano, y observa despertarse la ciudad y el sol levantarse allí donde empieza el desierto. También lo que ve cada noche. Suenan grillos y sonidos de la radio, pájaros y coches, crujidos de ramas y otras fuentes indiscernibles, pero que cubren todo el minutaje y toda la densidad de los temas. Este disco, pues, es un hallazgo superior. Primero, porque da una descripción de Nuevo México apenas inédita: mientras sus vecinos seguro que están perfeccionando el arte de la canción country, él opta por un home studio, una guitarra enchufada a un laptop y un discurso que recibirían con los brazos abiertos en sellos como Touch. Segundo, porque sin descubrir nada –antes lo dije: Fennesz, Oren Ambarchi, incluso Xela estuvieron antes–, William Fowler Collins da muchísimo, da un álbum que esconde más misterio que certezas, que añade una textura árida, muy local, al clásico ambient perturbador. Al principio del disco, la cosa parece controlable, incluso aparece una slide guitar que dibuja un escenario hipotético en el que “Perdition Hill Radio” sería el reflejo opuesto del “Chill Out” de The KLF –en el fondo, resulta ser la cara amable de Greg Davis–. Luego entran los drones cargados, la oscuridad oscurísima, la naturaleza indomesticada, y entonces la cosa es otra, muy especial.

Alberto Lista

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