Penny Sparkle Penny Sparkle

Álbumes

Blonde Redhead Blonde RedheadPenny Sparkle

7.3 / 10

Blonde Redhead 4AD

Disco trampa este “Penny Sparkle”. Cuidado con él porque engaña. Estamos ante un trabajo polémico, de esos que dividen opiniones diametralmente y que son capaces de inmolar a una buena porción de sus fans para conquistar otra. En su octavo largo de estudio, Blonde Redhead se alejan más que nunca de sus inicios no-wave para pasarse definitivamente al lado narcótico de la vida. Lo primero que viene a la cabeza, sobre todo para aquellos que tenemos en un altar a “Melody Of Certain Damaged Lemons” (2000), es que esto es un tostón en toda regla. Sin embargo, los relieves, que nunca llegan a ser muy pronunciados, van dejando a la vista una orografía densa y misteriosa a lo largo de sucesivas escuchas. Efectivamente, “Penny Sparkle” no es tan aberrante como parece de primeras y acaba desenvolviéndose cual tela de araña obstinadamente tejida por un grupo que (virtud) tiene la capacidad de mostrarse diferente en cada lanzamiento, sin dejar de ser siempre el mismo.

Desde “In An Expression Of The Inexpressable” (1998), el art-pop de los neoyorquinos ha ido mudando sofisticadamente de piel una vez tras otra, hasta llegar al punto en que nos encontramos: el del coma casi absoluto. Los temas de “Penny Sparkle” no han debido de ser fáciles de parir. Se intuye dolor en cada minuto del metraje. Como oyentes, intentando buscar clavos ardiendo a los que agarrarnos, lo primero que nos viene a la cabeza es compararlo con su predecesor, “23”. Si en aquel trabajo cargado de malicia el trío se embarraba hasta las trancas, aquí se mete decididamente en unos pantanos de arenas movedizas que parecen paralizar y constreñir sus miembros, o sea, sus instrumentos. Estamos ante los Blonde Redhead más gélidamente electrónicos de su carrera, los cuales han conseguido firmar un disco todavía más lynchiano y silencioso que el anterior. “Penny Sparkle” se lanza sin miedo a explorar texturas, sintetizadores y efectos, deviniendo un repertorio barbitúrico y apático. Bajo el mandato de Van Rivers And The Subliminal Kid, productores de Fever Ray, ejecuta las ideas que al grupo no le dio tiempo a desarrollar en temas recientes como “Heroin”. La fría Escandinavia es una pista a seguir: no sólo la banda ha estado grabando parte del disco en Suecia, sino que parece haberse hecho con una copia del reciente y olvidado debut del danés Syntaks y haber tomado buena nota de su caligrafía. Otro dato a rastrear: mezcla de nuevo Alan Moulder, cuyos hallazgos para Depeche Mode parecen fundirse por momentos con los de unos hidráulicos Mazzy Star.

Seguro que con estos referentes ya se han hecho una idea de por dónde van los tiros. Sí, “Penny Sparkle” suena anegado, monocorde y lineal, salpicado sólo por la sangre del sobrecogedor falseto de Kazu Makino, que canta, gime, susurra y grita ahora como nunca antes. Makino es lo mejor del álbum, está claro. La fisicidad y las arquitecturas imposibles de los primeros trabajos quedan lejos, y el grupo parece más interesado en epatar con el misterio que con la terapia de choque post-punk. Pero aunque sus venenosas espinas ahora sean romas y apenas pinchen, aún restan temas robustos ante los que caer rendido (nunca mejor dicho: todo aquí invita a yacer). La densidad de la apertura con “Here Sometimes” y la del cierre con “Spain” no deben pasarse por alto. Son, entre algunas otras, preciosas letanías que radiografían a una banda ya mayor –veinte años de carrera– que piensa que para las locuras ya están los demás. Una banda que intenta a tientas encontrar su sitio en una coyuntura, la actual, cada vez más atestada de revivals shoe, gasas dream-pop y vapores hipnagógicos.

Sumergido en lo más hondo de un pozo atestado de bajos abisales, baterías industriales y soluciones trip-hop, “Penny Sparkle” no devasta como los grandes discos de su pasada vita violenta. Tampoco es una de las joyas 4AD de este año (Ariel Pink y The National ya despachadas, Deerhunter y Gang Gang Dance en la guantera). Sin embargo, este disco complicado e indirecto sigue haciendo del sonido de la asfixia algo eróticamente peligroso. Huele a sacrificio, sabe a suicidio y tiene los gestos de una tragedia capaz de acabar con lo que Blonde Redhead ha venido significando hasta ahora. Pero, atención, porque si así fuera puede que alguien se acabara arrepintiendo de no haber prestado la suficiente atención a la última voluntad de esta banda a la que siempre me veré obligado a defender. Cristian Rodríguez

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