Paul White & The Purple Brain Paul White & The Purple Brain

Álbumes

Paul White Paul WhitePaul White & The Purple Brain

7.1 / 10

Paul White  Paul White & The Purple Brain NOW AGAIN

No es ni mucho menos mi intención escribir en esta crítica una apología de las drogas, ni siquiera hacer ningún chascarrillo sobre los poderes curativos del cáñamo fumado. Que cada uno haga lo que le salga del bajovientre con los petardos de THC. Yo personalmente creo que lo mejor es degustarlos pausadamente hasta convertirlos en ceniza que se la lleva el viento, con un buen disco de electrónica de fondo y, si puede ser, Coca-Cola fría o yogur para beber (sabor melón, creedme). Dicho esto, los que como yo son unos miserables perdedores enganchados a un eterno canuto podrán vanagloriarse de su adicción y decir, por una vez, que el hash y la hierba han mejorado su vida. Porque el nuevo disco de Paul White es un porro del tamaño de un trolebús. Cargado a matar de marihuana, humeante cual chimenea industrial, odorífero como la quema de matojos; es uno de esos churros que te dejan los ojos entrecerrados y cara de imbécil durante dos horas. Siento ser tan frívolo, pero ahí va la conclusión: con un buen porro este disco se convierte en una experiencia destacable. Sin ayuditas triposas, esta “music extravaganza” se queda en un delirio que, cual cometa Halley, se escucha una vez cada tropecientos años y a vivir que son dos días.

Paul White se forjó una reputación de beatmaker ultrafreak gracias al LP “The Strange Dreams Of Paul White” y no parece dispuesto a normalizar su estado mental, más bien su objetivo parece exactamente el opuesto: agudizar sus desniveles cerebrales hasta límites insospechados y convertirse en el Hunter S. Thompson de la nueva escena beat. Si dudáis de mis palabras, basta con que estudiéis la raison d’être de este disco para entender semejante juicio. La idea es muy simple. White ha cogido grabaciones de un músico de rock psicodélico sueco de nombre S. T. Mikael –un tipo de cuya existencia ni me habría percatado de no ser por el productor de Londres– y, partiendo de samples arrancados del universo musical del artista nórdico, ha construido su propio edificio. Para ello, ha empleado técnicas de lisergia pop, ha vomitado loops saturados, se ha bañado en atmósferas mareantes, ha ejecutado técnicas de producción de hip hop y se ha marcado un cut’n’paste radical (25 cortes e interludios brevísimos que aguantan segundos, alargándose algunos al minuto y medio de duración) que recuerda enormemente a las últimas aventuras de Edan, pero a lo bestia.

Los que esperan encontrar canciones al uso o los que sencillamente aborrecen los LPs conceptuales tendrán que apretar los dientes e incluso morder un palo de madera si es preciso. Estamos ante un cuadro impresionista, no un disco. Hay que observarlo desde la distancia para apreciar el diseño final; resulta inútil intentar descifrarlo por partes, es decir por canciones sueltas, porque sería como buscar la belleza de un diamante clavando la vista en sola una de sus facetas. Cada porción musical es una pequeña descarga de jugos triposos en la que encontramos tropezones de pop drogata, rock psicodélico, musical oriental –los momentos hindús abundan cosa mala–, hip hop, funk polvoriento, rare grooves y música de guateque, todo rebozado con una costra lo-fi muy estimulante, incluso graciosa. Guitarras sesenteras, baterías cutres, xilófonos, beats, coros de serie B, sitares, teclados asfixiantes: el mundo musical de S. T. Mikael adquiere una dimensión a medio camino entre David Lynch y Madlib en manos de Paul White. Es un viaje de ida, nunca de vuelta, y hay que vivirlo enterito de principio a fin para encontrarle sentido al trayecto. Entiendo que a estas alturas, una reconstrucción vanguardista del legado de un rocker psicodélico sueco apetece menos que correr la maratón de Nueva York con John Goodman en brazos, pero merece la pena subirse, al menos una vez, a esta furgoneta del amor. A mí ya me está subiendo.

Óscar Broc

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