Parquet Parquet

Álbumes

Elektro Guzzi Elektro GuzziParquet

7.5 / 10

MACRO

La gran pregunta sigue siendo cómo lo hacen. Lo de Elektro Guzzi parece imposible: con una guitarra, un bajo y una batería suenan a máquina, a techno de hora punta, sin que en ningún momento la percusión suene a lo que es –sino a lo contrario, a un equipo de cajas de ritmos 909 y 808 perfectamente programadas– y la guitarra a un armamento de sintes. Si no fuera porque en directo se les ha visto sudando a chorros y montando una rave terminal sin que en el escenario asomara un solo portátil o un cochino teclado parecería que hay trampa en esta banda, que nos quieren dar gato por liebre. Pero no la hay: Jakob Schneidewind, Bernhard Breuer y Bernhard Hammer son la representación de la idea de Kraftwerk del mensch-maschine, el hombre máquina: logran sonar como humanos tecnificados, conectados a una fuente de energía eléctrica, en lugar de hombres que manejan equipos electrónicos. La forma, en cualquier caso, no debe sorprendernos: a lo largo de los últimos años ha habido músicos que han tocado los instrumentos del rock con la precisión de un loop programado u obteniendo timbres alejados de lo que, en principio, esos trastos pueden obtener: recordemos con qué brío toca la batería Juan MacLean cuando estaba con en LCD Soundsystem en directo, o aquel trío de Warp, Red Snapper, que bordaba el drum’n’bass con percusión orgánica, saxo y guitarras (más pedalera de efectos).

Sin embargo, lo de estos austriacos es otra historia distinta. Con su primer álbum, “Elektro Guzzi” (Macro, 2010), ya nos hicieron levantar la ceja, en una reacción de pura incredulidad –en abril de este año han tenido que sacar “Live P.A.”, también en Macro, para espantar las dudas: se trata de grabación de un concierto en vivo, a pelo, sin ningún añadido de post-producción–; ahora, el asombro es todavía más inexplicable, porque salvando momentos puntuales, como la parte final de “Absorber”, en la que se aprencian los platillos y una textura orgánica del beat, “Parquet” suena al techno de siempre, peleón y desarrollándose en loops que, a medida que se superponen, amplian la narrativa sonora. La única ayuda que tienen, nada despreciable, es la de su paisano Patrick Pulsinger, supervisor último del resultado y el encargado de echar una mano para que la guitarra que pasa por los pedales de efectos suene a cualquier cosa menos a una guitarra –y, a poder ser, a un desarrollo espacial como los de Carl Craig o Radio Slave, que es como suena “Panier”– y a que cada bombo sirva para tensar los músculos de la pierna en pleno momento de efervescencia del dancefloor.

Y, aún así, la pregunta última siempre es la misma: ¿cómo lo hacen? El porqué está claro: hay una tradición de bandas en Viena que, con los instrumentos del rock y las técnicas del post-rock, suenan a electrónica abstracta (ahí están Radian o Denseland), y abandonar la estética tipo Oval para abrazar la estética tipo Agoria era una opción a la vista de todo el mundo, sólo había que atreverse. El dónde y el cuándo no necesitan mayor explicación. Pero el enigma es el cómo, porque, aunque sea fácil decirlo e imaginarlo, es difícil hacerlo: estos tres hombres tocan con la exactitud de un androide –los créditos del CD indican además que todas las grabaciones son en directo y sin añadidos, es decir, sin post-producción que maquille el resultado final y con los tres músicos participando a la vez; luego Pulsinger se encarga de la mezcla final para que todo suene bien ecualizado y en su sitio–, y además de tocar con una exactitud propia de inteligencias artificiales, la forma de los temas es capaz de replicar el buen techno. No se trata de una frivolité, sino de tres músicos esculpiendo discos para DJs, con su intro –para mezclar beats–, con su desarrollo y su final, alcanzando minutajes de seis y siete minutos casi siempre, y resonando a Underground Resistance ( “Vertical Axis”), a Mark Broom ( “Redford”), a Luciano (“Reserva”), a Marc Houle (“Affumicato”), a Âme (“Pentagonia”), a Redshape (“Slide Dandy”), a lo que se quiera. El “Parquet” del título imaginamos que se refiere a la cantidad de virutas de ídem que va a rascar el personal frontado zapatilla en los clubes (menos en Berghain, que ahí el suelo es de cemento).

Javier Blánquez

¿Te ha gustado este contenido?...

cerrar
cerrar