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Mouse On Mars Mouse On MarsParastrophics

7.7 / 10

Atención, pregunta. ¿Alguien en la sala recuerda cuántos años llevaban Mouse On Mars sin sacar un nuevo álbum? ¿Se habían parado a pensar que con este nuevo disco Mouse On Mars, de hecho, rompen un periodo de silencio editorial de casi seis años (concretamente desde su incursión en el sello Ipecac con “Varcharz”)? Sinceramente, hasta que no lo he leído en la nota promocional no me había cerciorado de tan extremado barbecho editorial. Eso es bueno. Probablemente, porque Mouse On Mars ya se han quedado para siempre en el imaginario colectivo de todos aquellos que en los 90s comenzaron a gustar de las abstracciones electrónicas. Seguramente, porque Mouse On Mars, con diez discos de estudio en el mercado, ya no necesitan de una nueva entrega para entrar en la rueda de lo que se lleva y lo que no. El proyecto alemán asume el estatus del amigo del alma. El combinado de Colonia es como aquel amigo de toda la vida al que no hace falta llamar cada día para sentirse cercano a su espíritu. Mouse On Mars, al igual que otros intocables como Autechre, forman parte del sustrato b-boy que reside en la electrónica más descoyuntada de este lado del océano.

Jan St Werner y Andi Toma forman parte de esa primera hornada de beatmakers europeos que dotaron al hip hop de una naturaleza blanca. Llegaban esos mitificados mediados de los 90s y había que hacer algo para sacar a la electrónica más seria –o más interesada en el concepto de la de permanencia– del contexto puramente de club donde parecía predestinado a desintegrarse en pos de la novedad. El funk se desvanecía, se deshidrataba, en un mar de remaches que justificaba la función del avezado artesano que parecía hacer bandera de la máxima: “deconstruyamos lo que se nos ponga por delante… para construir un nuevo paradigma”. Una nueva manera de hacer que empezó a tener presencia en revistas especializadas no necesariamente enfocadas hacia la electrónica, y que empezaban a recibir con los brazos abiertos álbumes como “Vulvaland” –publicado en 1994 en un sello como Too Pure (PJ Harvey, Stereolab o Laika, entre otros emblemas) y que no se destacaba por su ortodoxia en cuanto a beats y bytes: era como el sello indie amiguito de los primeros clubbers. Mouse on Mars se abrían paso en la escena de Colonia, por la que siempre han circulado por la izquierda, demostrando ser unos habilidosos productores que demostraban que el todo valía más que la singularidad de sus partes. Jugaban a romper la lógica del ritmo con breakbeats que aparecían como caprichosos en la mente de ese consumidor –nótese que escribo consumidor: una música está hecha para comprar y otra para escuchar– que no estaba acostumbrado a escuchar electrónica desmenuzada, machacada, deglutida ya antes incluso de que el usuario apretara el play. Una estrategia creadora que a los dos alemanes les ha servido como un flotador en el que defenderse de los embates del público así pasen los años.

“Parastrophics” apunta, desde el título, a algo que suena a desastre. Pero los malos augurios no van más allá de este nuevo título genial de sus creadores (creadores al fin y al cabo, ya incluso desde el título). Y es que con este nuevo álbum los seguidores de St Werner y Toma podrán respirar tranquilos: es una nueva muesca en la cabecera de ambas camas. Un nuevo y sugestivo trabajo que no entronca con ninguna corriente en boga. No demuestra nada nuevo, ni puñetera falta que hace. Sería injusto pedir innovación a Mouse On Mars a estas alturas de su carrera; eso, para los que vienen detrás. Pedir innovación siempre del mismo lado es algo muy reaccionario que no va con los alemanes. Éste es un álbum muy en consonancia con el espíritu libre de la pareja, que esta vez se alía con Modeselektor tras reclutarles para su sello Monkeytown. Un disco travieso, juguetón, en el que diría que incluso hay algún guiño al sonido presente. Hay que felicitar a Modeselektor porque, pese a estar en el candelero y ser fijos en fiestas y festivales donde se impone la cantidad a la cantidad (y sin matices), han hecho de su propio sello un terreno acotado a lo que huela a coyuntura pura y dura, y eso en estos momentos es muy de agradecer. Eso y que, gracias a ellos, este año si tengamos ración de los ratones de Marte, que al fin y al cabo son más listos todavía que los ratones colorados.

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