El Paraíso De Las Tortugas El Paraíso De Las Tortugas

Álbumes

Ernesto Ferreyra Ernesto FerreyraEl Paraíso De Las Tortugas

7.8 / 10

Ernesto Ferreyra El Paraíso De Las Tortugas CADENZA

“Mil Y Una Noches” llega al trote y desde lejos. El ritmo supura champaña disco latina –galopante, con un tam tam de pezuña grácil, burbujeante como un pedo en una bañera–, se deja acariciar por unas trompetas muy, muy lejanas, progresa sin estallar del todo: diablos, es como el toqueteo genital que precede a la penetración. Es el sello que define el sonido de Ernesto Ferreyra: electrónica minimalista e hipnótica, trazos latinos enmascarados en la producción, percusiones veraniegas, paisajística nostálgica, lisergia minimal y elegancia pistera elevada al cubo. Después de curtirse cual nómada por estos mundos de Dios –de Méjico a Canadá pasando por Berlín e Ibiza–, de pinchar en los clubs más señoriales del Planeta Azul –Panoramabar, Yellow, Watergate– y de dejar pepitas de oro en sellos como Mutek, Musique Risquée o Crosstown Rebels, este argentino nacido en Córdoba ha encontrado por fin tiempo para entregar su LP debut en el sello que mejor se ajusta a sus pantorrillas. No es casualidad que Luciano se haya acompañado de él en sus sesiones. Las oscilaciones bailables de Ferreyra son pura cadencia Cadenza.

Maneja la tabla periódica minimaloide con espíritu lluvioso. Tiene un don cuando recrea la melancolía que invade a los clubbers en el momento que suena la última canción de la noche. “Los Domingos Vuelo A Casa” es un corte perfecto, planeador, emocionante: es difícil que este house micronizado, con ecos que vienen y se van, no te absorba y haga volar tu mente. La canción perfecta para cerrar una sesión y enviar al público a la cama con las pupilas vidriosas. Uno de los temas del año sin discusión posible. En esa línea, Ferreyra consigue alcanzar orgasmos tántricos, sostenidos, sutiles y placenteros. Los bajos gatunos y las palmas de “Lost” se introducen en tu organismo como una gripe de acción lenta. El barroquismo inesperado de “El Comienzo De Todo” –cósmico, alucinado, abstraccionista– te hace viajar por el mismo agujero de gusano que transita Jodie Foster en “Contact”. Las voces sampleadas de “The Mistery Is Gone” te atrapan en una red de electrohouse onírico. No quiero olvidarme tampoco de los arrebatos más ambient, encarnados aquí en la magia de “Back Pain”, un desarrollo reptiliano, siseante y cargado de suspense; para entendernos: como si Pink Floyd hubiera grabado “Amber” (Autechre). Pura ensoñación arrítmica que tiene su culmen en los ocho minutos de “Acequia (Nos Salvamos)”, un viaje misterioso a paraísos artificiales, a playas marcianas, a una Ibiza adimensional en pleno crepúsculo galáctico.

La música de Ernesto Ferreyra tiene el vibe de los afters glamourosos, los afters de playa privada y botellas caras, no los de naves industriales llenas de mascachapas pasados de coca barata. Su aroma es lisérgico y tiene como espadachines del empalme a los mismos que surfean en las microondas mañaneras de Cadenza: gente guapa, gente tranquila, gente que se droga como buen hijo de vecino, sí, pero que no da miedo. Su sonido es como esnifar algodón de azúcar, como chupar una piruleta espolvoreada con la mejor ketamina del mercado. Sí, es minimal en estado de trance, pero con elegancia, con olor a recién duchado, como tiene que ser. Tres sílabas: CA-LI-DAD.

Óscar Broc

Ernesto Ferreyra - Acequia (Nos salvamos)

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