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D?Eon D?EonPalinopsia

7.9 / 10

D’Eon Palinopsia HIPPOS IN TANKS

Chris D’Eon es un tipo extraño. La hoja de prensa de Hippos In Tanks le presenta como un talento precoz que a los cuatro años, cuando la mayoría de los niños todavía ni han aprendido a escribir, ya trabajaba con sintetizadores y secuenciadores en lo que iban a ser los primeros esbozos de su obra futura. Difícil de creer tamaño talento, aunque para eso está la literatura, para alimentar sueños. Estudioso voraz de diferentes tradiciones musicales, en su corpus estilístico encuentran lugar el house y el pop 80s, la música minimalista americana y diferentes lenguajes del folklore asiático, un interés que le llevó, en 2008, a abandonar su trabajo y su ciudad, Montreal, para irse hasta las faldas del Himalaya a estudiar música tibetana enclaustrado en un monasterio de budismo tántrico. Hippy tardío, por tanto, y vagabundo hasta hace muy poco, nuestro canadiense de moda guarda alguna que otra similitud con otro de los hombres de la temporada, el místico y algo harapiento fichaje de Warp que responde al nombre de Gonjasufi. Pero no hay que unir los puntos más de lo preciso: Gonjasufi es un hombre de desiertos y de visiones que silabea guturalmente sobre un tapiz de breaks y samples progresivos; D’Eon, por contra, es un urbanita trasplantado a las más altas montañas, practicante de la meditación y el yoga que vacía su mente –y pretende vaciar también la nuestra de todo pensamiento, en busca del éxtasis– con una música de textura electrónica y efecto cálido.

Hay otra similitud que distancia –perdón por la contradicción– a Gonjasufi y D’Eon. Su songwriting implica una crítica al mundo tal como lo conocemos, pero el primero es combativo y concienciado mientras el segundo es básicamente escapista. Al volver de Nepal en 2009, D’Eon se encontró el mundo occidental en crisis, sumido en un caos financiero que había arrasado su antiguo puesto de trabajo y le había arrojado a él a la calle. Es este shock el que guía “Palinopsia”: él lo plantea como un bálsamo contra el caos, y de ahí el viaje a tiempos pasados –tiempos felices– simbolizados en el house, la música disco y el pop sintetizado. Una vez dicho esto, el álbum tiene algo de kitsch (o mejor dicho, de pastiche), pero mucho de magnífico también, y es ese desconcierto inicial el que le da una presencia valiosa. El comienzo, por ejemplo, es una intro espacial –que no deja de recordar a “Albedo 0.39” de Vangelis, casi se diría que es una copia sin la voz en off– a partir de la cual entra “Almost Of Our Time”, una pequeña joya disco en la que van apareciendo ritmos de new beat belga, italo y boogie sin que se diluya nunca la intención espacial y el recurso pop. Fanático de Steve Reich, además, Chris D’Eon busca en todo momento fusionar el avantgarde con lo popular, en lo que sería su intento de ser un aprendiz de brujo de Arthur Russell. Pero a partir de “Recession Proof ($40 Paycheque)” aparece su gusto por el pop AOR de FM ochentera, por la banda sonora de “Risky Business” y por los héroes del rock progresivo, hasta el punto de que su voz trémula, más que a Russell, se parece a la de Phil Collins.

Todo “Palinopsia” es un juego entre esos contrastes violentos. “What We Want To Be” parece un viejo tema de Technotronic, mientras que “2040” explora su lado krautrock. Si no se ha tomado la decisión de tomarse un break en el tramo intermedio del vinilo, es entonces cuando llegan más marcianadas en catarata: “Kill A Man With A Joystick In Your Hands”, mezcla de cajas de ritmo crunk, música hindú y psicodelia electrónica para nuevos reclutas de la nueva era aficionados a Lil Wayne; o “Keep The Faith”, que es la conexión inexistente entre Chromeo y el Dalai Lama, e incluso un final balearic, como tomado de la etapa de Tangerine Dream en el sello Innovative Communication, en forma de “Across The Sea”. Así pues, una de dos: o bien D’Eon es un genio visionario incomprendido, como Gonjasufi, o se ha escapado de un manicomio en vez de salir por su propio pie de un monasterio. Habría una tercera vía, que es la del excéntrico con demasiadas referencias, demasiadas ideas y demasiada prisa por plasmarlas todas de manera coherente en un disco. D’Eon es de esa clase de artistas singulares: su apetito incontrolable le lleva a dominar lenguajes variopintos que le convierten en una bomba de relojería de alquimia sonora para el futuro. Aquí, en “Palinopsia”, ha pecado quizá de precipitado y, mientras algunas partes funcionan como un servicio de trenes japonés, a otras se les ven demasiado las costuras. Y, sin embargo, es uno de los meteoritos del año, una rareza sin comparación que sólo podría haber salido del laboratorio Hippos In Tanks, como el cruce incluso lógico entre Oneohtrix Point Never y Peter Gabriel en una discoteca para mayores de 40 años en la que se pincha italo toda la noche. Urge la continuación.

Javier Blánquez

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