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John Grant John GrantPale Green Ghosts

8.4 / 10

En una de esas piruetas que sólo pueden saldarse con reverencia o descalabro de los gordos, John Grant ha sabido jugársela. “Pale Green Ghosts”, su segundo largo en solitario, parece una desfasada aberración sobre el papel y puede que te suene repelente en las primeras escuchas si te aferraste a su anterior “Queen of Denmark” como un salvavidas de la balada soft-rock. Pero tras habituarte al cambio de piel propuesto, sus magníficas canciones empiezan a dejar el poso preciso y acaban convirtiéndolo en un disco apasionante. Un disco absoluto en su planteamiento y sobrado de defensas, que se aventura por territorios sonoros inesperados aunque mantenga intacta la esencia de Grant: ese hombre derrotado por la vida que, en la batalla por seguir enfrentándola, es tanto su propio enemigo como su mejor aliado.

Girando varias veces el caleidoscopio a través del cual enfoca sus canciones, Grant propone un curioso giro estético. Adiós a los setenta y a los almidonados Midlake como productores. Hola a la EBM, al electro y a un arsenal de lacados sintetizadores con los que va a enseñarte cómo funcionan las cosas desde el estudio de Biggi Vieira (Gus Gus) en Reikjavík. Fue allí donde lo grabó, en la gélida Islandia, quitándose de encima todo lo rancio que le sobraba a su debut –muy poco– y ligando su vena de cantautor añejo a un metalizado corpus electrónico. Digamos que ha cambiado a John Cale por Kraftwerk para dar con un sueño inconfesable digno de Rufus Wainwright. No se asusten con el cambio. De Leonard Cohen a Sufjan Stevens, muchos antes han acometido reinvenciones más locas para demostrarnos que la cosa podía funcionar. De hecho, el lifting que propone Grant es mucho más que pertinente si tenemos en cuenta su biografía y lo mucho que sabe sobre eso de caer y volver a levantarse.

Recopilemos qué le ha llevado hasta aquí. Cuando se separaron en 2004, debido quizá a la pobre respuesta del público a su propuesta, pocos lloraron a The Czars. Grant acabó hundido en una espiral de alcohol, drogas y sexo que hasta le llevó a coquetear con el suicidio. Resucitaría en 2010 con “Queen of Denmark”, un disco con el que conquistó más oyentes que con su banda madre gracias a una atrevida receta que aderezaba con la sinceridad más cruda y seca un cancionero de altura. “Quería cambiar el mundo, pero no podía ni cambiarme de ropa interior”, terminaba diciendo en un disco del que “Pale Green Ghosts”, decíamos, es tan diferente como parecido. Una respuesta sinvergüenza que sirve a nuestro protagonista para cuestionar hasta donde puede llevar sus propios límites como autor. “You got really good taste, you know how to cut and paste”, suelta en “Black Belt”.

En lo lírico, no sólo se mantienen las cotas de pornografía sentimental ya conocidas sino que se llevan al extremo, haciendo balancearse a cada tema sobre el filo de la navaja. “Ernest Borgnine”, por ejemplo, pone por escrito su condición de seropositivo. “¿Qué esperabas?”, se pregunta, “te tiraste toda tu vida de rodillas”. En “GMF” te advierte de que es “el mayor hijo de puta que vas a conocer en tu vida”, aunque más que rechazo lo que sientes por él es empatía. Todo parece fruto de una broma macabra que paradójicamente va ganando en seriedad según crecen las salidas de tono. “Sensitive New Age Guy”, por ejemplo, es tan sonrojante como adictiva (LCD Soundsystem caducados), mientras que en la final y devastadora “Glacier” los pelos se erizan solos cuando le oímos aconsejar a alguien más joven y sano cómo enfrentar ese dolor “que avanza como un glaciar dentro de ti, tallando profundos valles y creando espectaculares paisajes”.

A excepción de “Why Don’t You Love Me Anymore”, a la que afean los coros de una amiguísima Sinead O’Connor que le acompaña en otras partes del disco, todas las canciones despuntan con una límpida y descarada belleza. Y lo mejor es que, como bien demuestra la sesión acústica grabada a principios de este mes para Strongroom, se defienden igual de bien al despojarse de los recursos synth-pop. Busquen las versiones desnudas de las por otro lado maravillosas “You Don’t Have To” o “It Doesn’t Matter to Him” y comprobarán cómo sus lacerantes beats no se echan en falta a la hora de lograr la provocación. Les basta para ello el exceso inherente que llevan dentro, sus parsimoniosos desarrollos y la cremosa voz que las conduce.

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