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Álbumes

James Blake James BlakeOvergrown

9.3 / 10

Pocos artistas pueden decir que hayan contribuido a cambiar decisivamente las reglas del juego, y James Blake es uno de ellos. Su evolución ha sido tan constante y rápida que parece que fue hace una eternidad cuando se paseaba por los garitos más cochambrosos de Londres de la mano de Mount Kimbie con su teclado, creando melodías y beats lejanamente emparentados con el dubstep que, en realidad, eran nebulosas embriagadoras de ambient o algo parecido. Luego llegaron aquellos primeros EPs en la misma línea, producidos con cuidado y precisión, adornados con pianos, y que hacían buena aquella etiqueta polémica –post-dubstep, recuérdese– que describía una música electrónica en transformación, del club hacia lo abstracto y de lo riguroso hacia el corazón. Fue entonces cuando Blake comenzó a cantar en público después de años haciéndolo en privado, le salió voz de adolescente justo tras dar el estirón, de barítono ahogado, y clavó una versión memorable de “Limit To Your Love” (Feist) para los anales. Y en 2010 reunió varias canciones más en una tesitura similar, las acompañó de misteriosos esbozos instrumentales, de silencios y de enigma, citando vagamente jazz, soul, dubstep e IDM en la misma frase, y entregando, por tanto, una obra mayor de la música reciente como fue su álbum de debut, “James Blake”, objeto de amores y odios despiadados, de imitadores y de atención total. Demostró en el directo que era un cantante sobrio y en crecimiento, que no había trampa ni falsedad en su música, y se preparó el terreno (permitan por una vez el tópico) del ‘difícil segundo disco’. Superado, vaya por delante, con confianza, suficiencia y un estilo insultantes: “Overgrown” parece tocado por la pluma de los ángeles.

No hay cambios mayores, sólo una evolución segura hacia el segundo Blake de su transición personal, el de las baladas soul arregladas con audaces recursos de estudio, ecos y atmósferas que no se escuchan bien, pero se sienten completas. Es ese mismo estilo que le permite ensayar con el falsete y la progresión de graves a agudos, y a sacarle el máximo partido al piano, algo que habría sido difícil de armonizar en tracks de baile. Porque el Blake de club ya parece desterrado completamente a los caprichos de temporada y los interregnos entre LPs, para justificar sus apariciones por los festivales con su DJ set: aunque hace tiempo avisaba a los fans de que seguiría produciendo y editando piezas rítmicas sin voz, el 12” “Order / Pan” se remonta a 2011 y no ha tenido continuación. En cambio, “Overgrown” está rebosante de canciones trabajadas con un mimo obsesivo, en las que ha echado el resto para conseguir la evolución más idónea a partir de los momentos de mayor inspiración de “James Blake”, piezas que ya se acompañan en los conciertos con exhalación de suspiros y elevación de móviles encendidos como “I Never Learnt To Share” o “The Wilhelm Scream”. Hay instantes en “Overgrown” que se apoyan en una rítmica feroz en comparación con la tersura del conjunto –ahí está “Digital Lion”, que suena como un remix de Digital Mystikz para Nina Simone, o “Voyeur”, que comparte con “Reunion” (The xx) esa fórmula adorable de añadir un tempo deep house por debajo de una canción de pasiones inconfesables–, pero estos desvíos no son la costumbre, más bien una excepción que aporta un incalculable valor al todo.

Blake ha avanzado del soul bañado de dubstep a un escenario todavía más atractivo, el de la ‘torch song’ postmoderna. Canciones que encogen el corazón y abrazan, canciones epidérmicas producidas con tersuras alienantes. Nada más empezar con “Overgrown” (el tema titular, pórtico de entrada a este masaje para los sentidos), la referencia a Antony Hegarty se refleja como un relámpago en un cielo claro: es la misma manera de cantar del neoyorquino –afectada, intensa, rellena; una voz sin la cual no se puede entender el resto del sonido que nutre la canción–; puede que incluso la misma manera intensa de sentir, pero sustituyendo el magma de cuerdas de los Johnsons por esos recursos espectrales que Blake sabe exprimir como nadie: las líneas de bajo, cuando asoman la coronilla, son perceptibles, pero lejanas, como pulsos graves y contundentes en la distancia que llegan con un efecto de amortiguación; los ambientes son como una niebla débil que envuelve también a distancia, y, después de su voz de falso orondo, es el teclado –ese teclado acompañado de sampler con el que Blake se auto-responde en las canciones, creando un efecto de canon o de desplazamiento– el instrumento al que le saca más partido. “James Blake” en conjunto era un disco con más momentos de vacío y transición de los habituales, con algunas piezas breves e interludios descarnados que servían de preámbulo a una canción crucial en la narrativa del álbum. “Overgrown” no tiene esas transiciones, ni esos interludios ni esos rellenos: todo él es músculo, nada es grasa ni aire; son diez temas perfectos, ordenados en la secuencia lógica, sin que sobre nada, ni siquiera una respiración o una coloratura vocal en una de las frases largas. La grandeza de un artista no es únicamente saber componer y hacerlo con facilidad y don de la oportunidad, sino también saber cuándo debe descartar, no una pieza, sino todas las que no estén a la altura, para que ningún garbanzo negro afee la belleza del conjunto. Si algo se le puede aplaudir a James Blake es su brutal nivel de autoexigencia.

Este nuevo Blake, al que podemos llamar perfectamente ‘Antony Blake’ (hay que ver la fina distancia que hay entre un mentalista estafador y un héroe moderno de la canción experimental; sólo una cochina hache), mejora en “Overgrown” lo que ya parecía inmejorable. Recibe dos ayudas –un rapeado de RZA en “Take A Fall For Me” y producción asistida de Brian Eno en la mencionada “Digital Lion”–, pero todo es suyo de cepa y, lo más importante, intransferible: el chaval del flequillo pajizo se ha elevado su propio estilo, único y maduro, inimitable, donde todo está en las proporciones justas para gustar al público general y al especializado, al adulto y al joven, al que busca vanguardia y al que huye de ella. Superar su debut no era una cuestión de inspiración, sino de madurez y fe en su propio discurso, y Blake sabía perfectamente lo que estaba haciendo. Le ha salido, en conclusión, un trabajo, como dirían los ingleses, for the ages. O como diríamos aquí, para toda la vida.

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