Outer South Outer South

Álbumes

Conor Oberst & The Mystic Valley Band Conor Oberst & The Mystic Valley BandOuter South

6.8 / 10

Conor Oberst & The Mystic Valley Band  Outer South MERGE RECORDS

Está claro que lo que corre por las venas de Conor Oberst tiene aspecto de viejo Cadillac sobre interminable carretera polvorienta. Aparcado el lado oscuro de ojos claros (su mutante banda matriz, Bright Eyes), Oberst ha vuelto a calzarse las botas de vaquero postmoderno y a sacudirse las espuelas entre amigos (tiene nueva banda, la excelente y resultona The Mystic Valley Band). El resultado es “Outer South”, dieciséis cortes que juegan al duelo en el desierto y al macuto del autoestopista en el asiento trasero a base de alt-country para todos los públicos. De trote americano y a ratos intención melodrámatica, aproximándose peligrosamente a la pura autocomplacencia ( “To All the Lights in the Windows” y “Big Black Nothing” son un buen par de ejemplos), algo así como Ryan Adams meets Steve Earle, el álbum es una deliciosa y a ratos ( “Air Mattress”) hasta divertida paleta de colores sepia en la que también mojan pincel otros miembros de la banda (seis de los temas están cantados por sus compositores, los tipos que hay tras The Mystic Valley Band, por poner un par de lo más variopinto: “Difference is Time” y “Snake Hill”).

Concebido como disco de recreo, “Outer South” funciona con la precisión de un reloj suizo: coros de mecedora en el porche ( “Ten Women”, la más Dylan de todas); zapatos tristes e incomprendidos ( “White Shoes”); copas junto al teclado de riff rabioso y soñoliento solo ( “Nikorette”) y endiablados y enloquecedoramente sonrientes ritmos sureños y risas enlatadas ( “Spoiled”). Se nota que el bueno de Oberst adora lo que hace y que lo que hace le adora a él. Y que, aunque a ratos se las dé de tipo duro, en el fondo es un osito de peluche esbozando su particular Omaha sound. Un paso más allá que su primer disparo en solitario, el mucho más Bright Eyes Conor Oberst, “Outer South” tiene las virtudes y defectos propios de un disco de recreo. Entre las primeras prima la frescura de un álbum hecho por y para colegas, en este caso incluso de camino a algún lugar, en la carretera, y entre los segundos, el hecho incuestionable de que ninguno de estos cortes pasará a la historia de la americana, y ni siquiera a la modesta historia de Mister Oberst, perfecto anfitrión y, en este caso, más amigo que nunca de una banda que funciona pero no fascina.

Laura Fernández

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