Or Or

Álbumes

Kangding Ray Kangding RayOr

8 / 10

Kangding Ray  Or RASTER-NOTON

Hay un Kangding Ray antes y después de “Pruitt Igoe”, su maxi del año pasado. Antes, David Letellier era un elemento discordante en la estética Raster-Noton: mientras el resto de componentes de la familia optaban por un formalismo sobrio y la más pura abstracción digital con ocasionales escapadas rítmicas hacia un techno frío –o sea, los álbumes de 2008 firmados por Byetone ( “Death Of A Typographer”), Alva Noto ( “Unitxt”) y Frank Bretschneider ( “Rhythm”), que eran la evolución lógica de Pan Sonic y la escuela Sähkö–, el francés deslizaba melodías como quien repartía caramelos a los niños. Su electrónica estaba emparentada de lejos con el pop de Morr Music y aún más con la IDM de texturas luminosas y progresiones armónicas convencionales. Había muchísimo tratamiento digital, tonos pulsantes y el nivel de exigencia hi-tech que se le debe exigir a la marca Raster-Noton, pero en comparación con Ryoji Ikeda –que podría ser un némesis–, Kangding Ray siempre sonaba meloso, educado. Lo era en “Stabil” (2006), punto de referencia ineludible para la rama más compleja de la indietrónica, y aún más en “Automne Fold” (2008), un disco en el que incluso aparecían instrumentos de cuerda y Letellier le daba rienda suelta a la voz. Demasiado azúcar para un sello que siempre ha sido más de vitriolo –incluso cuando ha asomado Ryuichi Sakamoto–.

Pero “Pruitt Igoe” era otra historia. Conceptualmente, el 12” se presentaba como una crítica a la decadencia urbana y los excesos cometidos por las personas en nombre del progreso y la civilización: eran cuatro piezas –incluidos remixes– sobre la edificación y derribo del complejo urbanístico Pruitt Igoe entre los años 50 y 70, a las afueras de Saint Louis. Estéticamente, era una tormenta controlada de texturas cortantes y beats techno delineados con formas asimétricas y filos como de katana japonesa. No parecía Kangding Ray en absoluto, pues la amabilidad de los discos anteriores quedaba escondida entre tanta toxicidad y opresión. Por eso fue un antes y un después, ya que “Or” sostiene la estética de líneas torcidas y arquitecturas rítmicas inclinadas durante prácticamente la hora que dura el disco. No hay rastro de su voz –sí hay una, femenina, en “Monster”, pero más para crear tensión que relax–, no hay la facilidad al oído de antes y, en cambio, los cortes se pueblan de los mencionados giros hacia un techno post-industrial y un ambient al que se le hubiera encerrado durante días en un reactor nuclear. Y ahora, sin dejar de ser un productor complejo e hipertécnico como en los dos primeros álbumes, Kangding Ray se siente, y lo sentimos, mucho más en conexión con el sello del que forma parte (nunca ha grabado fuera de Raster-Noton).

El mismo equilibrio entre forma y concepto del 12” se extiene, por tanto, a “Or”. En “Athem” ya hay ebullición de beats y ecos, “Mojave” comparte la liquidez substancial y la intranquilidad de ánimo de la música de Monolake, “Odd Sympathy” se basa en el dub para aportar un ángulo de estudio más al techno desecado, y la nueva versión de “Pruitt Igoe” suena más lenta y con vocales alargadas, pero también más inestable, como una substancia explosiva transportada a mano por un camino pedregoso. En ese momento llegan los momentos ambientales – “Or” como si fuera un tema de Arovane; “Mirrors” es puro aislacionismo, no regresan los breaks hasta “En Armaryllis Jour” y “Leavalia Scheme”, donde también reptan unas guitarras emponzoñadas–. Se nota que en diferentes fases de “Or” le ha echado una mano su nuevo, inesperado y crucial aliado, el cancerígeno Ben Frost. Y el concepto detrás del trabajo también es una evolución de “Pruitt Igoe”: “Or” es un título en francés –se refiere al oro, única materia cuyo valor de mercado nunca baja ni se resiente– y el audio es una impresión derrotista, perpleja, de este mundo en crisis financiera y de valores, donde el consumo es religión y, aún así, las economías quiebran por la inoperancia de ciertos poderes. Kangding Ray desea convencernos de que otro mundo es posible –todo es empezar; podría empezar por no cobrarnos 16 euros por el CD– y por eso lo que comienza como un camino espinoso acaba siendo esperanzador en la forma de “La Belle”, un crescendo de aire cinematográfico que condensa las dos atmósferas de “Or”, la del techno abrupto y la del ambient irrespirable, como si Byetone le retirásemos su alma de metal. Mucho nivel.

Javier Blánquez

¿Te ha gustado este contenido?...

cerrar
cerrar