Omega Omega

Álbumes

Robert Hood Robert HoodOmega

6.4 / 10

Robert Hood, Omega M-PLANT

Tengo comprobado que delante de según qué gente no puedes hablar de Robert Hood a menos que sea en términos elogiosos. Son los puristas del techno: cualquier cosa que no sea la afirmación constante de la trascendencia, profundidad y eterno estado de gracia de sus ídolos se entenderá como un insulto. Son peores que los fundamentalistas religiosos. Sólo con sugerir que hace tiempo que productores como Jeff Mills o el propio Hood están lejos de su mejor forma y el talento con el piloto automático, te desearán morir lapidado al amanecer. Por eso, quiero decir antes de empezar que este “Omega” del hombre de Detroit me parece una repetición de ideas. Un dejà vu technoide que escuece en los oídos –por supuesto, planchado con una calidad de audio y una convicción en el sonido ejemplares, aunque con eso no basta– precisamente porque parece atascado en el tiempo. “Omega” es –hay que leer esta parte como si sonara una fanfarria que anunciara un nacimiento, una boda o la coronación de una reina– EL NUEVO DISCO DE ROBERT HOOD (así es como un fan beligerante lo pediría en la tienda, con énfasis). Pero para ser “nuevo” parece de 1997. No ya sólo en sonido. El concepto tampoco sorprende.

M-PLANT “Omega” se inspira en la película “The Omega Man” (Boris Sagal, 1971), filme clásico de la ciencia ficción distópica de los años setenta, muy cercano a “Soylent Green” y “THX 1138”, y no únicamente porque en la primera película el protagonista también fuera Charlton Heston. Película, además, en la que se profundiza en el concepto del último hombre vivo sobre la Tierra. Tras una catástrofe biológica, toda la población desaparece menos el anti-Adán, el fin de la raza. Aquellas películas imaginaban un futuro sombrío –eran los años de escalada violenta y militar del Guerra Fría– y un planeta hosco que no apetecía habitar, que era también lo que el colectivo Underground Resistance indicaba en la representación gráfica de sus discos y en los mensajes tallados en los surcos de los vinilos a finales de los ochenta: incluso el futuro más crudo o el espacio exterior más inhóspito es más atractivo que este mundo nuestro. Robert Hood empezó ahí, a las órdenes de Mike Banks y Jeff Mills. Con los años, su techno ha sido una extensión de esa sci-fi –también la de Ballard, K. Dick, Matheson, Sturgeon y Adriss en lo que se refiere a la literatura– que encontró un rasgo distintivo al dar el salto hacia el minimalismo severo en “Minimal Nation” (M-Plant, 1994). Desde entonces han pasado tres cosas: el mundo de la electrónica olvidó a Hood durante un tiempo, años después se le rescató y reivindicó como un maestro, y desde entonces su prestigio está en proporción con la extensión de su carrera y la importancia de sus ideas. El problema es que las ideas, desde 1994 hasta ahora, apenas han cambiado.

Por ejemplo, la idea del disco conceptual a partir de una película de ciencia-ficción que sirve como homenaje y banda sonora alternativa. ¿No hizo lo mismo Mills a propósito de “Metropolis”, de Fritz Lang? Si te pilla desprevenido, “Omega” puede resultar un disco atractivo de entrada; tras unos segundos de reflexión, ni es original ni necesario, más bien una maniobra previsible que ni siquiera necesita el techno: la batalla por ganar el prestigio, el estatus de música seria, ya está ganada desde hace tiempo. Así, ¿qué valores en positivo podemos extraer? Lo sorprendente es que muchos, porque todo lo de arriba no es una crítica a la música de Hood per se, sino a la indolencia que Hood ha demostrado durante cerca de dos décadas. Si nos olvidamos del contexto histórico y personal –que, insisto, no es fácil–, lo que queda en “Omega” es un gran desequilibrio entre techno de altísimo nivel y techno sin importancia. Una parte es satisfactoria y la otra tediosa, mecánica. Hay que decir también que los mejores cartuchos los gastó Hood con el maxi publicado hace unas semanas, “Alpha / Omega (End Times)”, y que ha anticipado lo más pulsante del álbum (cerca de veinte minutos). Ahí ya presentó sus cartas –y, de paso, los dos mejores cortes–, y es lógico que el resto sepa a menos. El nivel de la producción es elevado: nítida, un espectro plagado de sonidos imperceptibles incluso escuchando con un buen par de auriculares, mucha profundidad. No se discute técnicamente. Pero llegas a “The Wheels Of Scape”, o pasas antes por “The Family Watches”, o por el futurismo meets concrète de “The Plague (Cleansing Maneuvers)” que suena a lo más raro de Cristian Vogel, o te dejas llevar por la intro “Alpha (The Beginning)”, con sus pulso oscilante, sus cajas precisas, su ritmo profundo, su densidad cósmica, toda esa colección de recursos sobreexplotados por el techno de Detroit desde el principio, y sin discutir la calidad, uno se pregunta dónde está la novedad. La respuesta es tan sencilla como dolorosa: no hay. Llevamos escuchando este disco –duro y envolvente, futurista y humano, clínico y con congas, espacioso y asfixiante– toda la vida. Claude T. Hill

Robert Hood - The Family Watches Robert Hood - Are You God?

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