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Oleva

8 / 10

Ø  Oleva SÄHKO

A Mika Vainio (finlandés, cincuenta por ciento de Pan Sonic, gran aficionado a la cocina mediterránea) tuve la suerte de conocerle en un festival de verano: la actuación de su grupo estaba programada a la una de la noche, en una carpa bastante grande, así que le pregunté si no le daba un poco de reparo presentar un discurso tan obtuso como el suyo ante una audiencia que en esas circunstancias tiende a estar, digamos, perjudicada. "Por supuesto que no", me dijo entre grandes risas, y mientras miraba qué había para cenar, "puedes hacer lo que te dé la gana siempre que la imagen que utilices sea la apropiada". La imagen, para Vainio y su socio, consistió en colocar un estroboscopio apuntando hacia el público, y castigar el equipo de sonido a base ritmos maquinales y subfrecuencias, una burrada que un servidor sólo vio superada en la edición del Sónar de 2008, cuando un Flying Lotus embrutecido reventó la P.A. de uno de los escenarios.

Sin embargo, hay que reconocer que el tipo tiene razón: las imágenes, la puesta en escena que utiliza para ilustrar su música, tienen una relación directa con ésta, y " Oleva", sexto disco de Mika Vainio bajo el impronunciable alias Ø (maxis y colaboraciones aparte), no es una excepción; basta mirar la portada con atención para hacerse una idea lo que se cuece en el interior. Y es que, igual que en esa poética imagen de un fiordo cada elemento (la roca, el agua, el hielo, el cielo despejado) ocupa un espacio perfectamente definido, un espacio definido mediante bordes aristados y una cierta crudeza material. En el transcurso del disco se suceden los géneros de una manera abrupta; de los ritmos clínicos y fríos como cubitos de hielo, de ese techno escarpado y laminar que tantas alegrías le ha dado a Sähko, se salta sin solución de continuidad a un ambient plácido e irreal (también frío: que se note que estamos en Finlandia), para luego asistir a una explosión de chisporroteos eléctricos y terminar atrapado en un aislacionismo de notas desperdigadas y silencios ominosos. La grandeza del disco es que todos esos materiales conviven entre sí de manera armónica (a veces cae algún trozo de escarcha al mar, es inevitable), construyendo un discurso fluido y elegante. Eso, y que el sonido está cuidado hasta límites obsesivos, como siempre en casa Vainio: la pureza se llama " Oleva".

Vidal Romero

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