Old Punch Card Old Punch Card

Álbumes

Sam Prekop Sam PrekopOld Punch Card

7 / 10

Sam Prekop Old Punch Card THRILL JOCKEY

Tengo varios discos de Sam Prekop y de The Sea & Cake en casa –el primero que compré, una delicia de fusión entre post-rock de Chicago y bossa nova, fue “Sam Prekop” (Thrill Jockey, 1999), su debut en solitario–, y cuando pongo uno lo primero que deseo escuchar es su voz. No es que la voz de Sam me parezca un prodigio de la naturaleza, y dudo que tampoco se lo parezca a él –quizá sí a su pareja–, pero me resulta una voz cálida, próxima, por alguna razón muy familiar y agradable. No amenaza, invita a acercarse sin miedo. Por eso, a pesar de la complejidad instrumental de casi todos los discos en los que ha estado involucrado como uno de los protagonistas principales de la escena de Chicago alrededor de los Soma Electronic Studios de John McEntire, había una razón para adentrarse sin temor a ser expulsado a las primeras de cambio. Esa voz era un paraguas, un refugio, era la chimenea que te espera encendida en casa tras una larga jornada de frío y lluvia. Pongo “Old Punch Card” con la esperanza de encontrar esa voz, pero no la encuentro. Éste es un disco instrumental y es, además, totalmente electrónico a excepción del relámpago de guitarra que rompe la rigidez sintética de “November September”. Ya sabía que esa voz no la iba a encontrar aquí porque ya estaba avisado de que este disco era otra historia, que Prekop había vuelto con ánimo experimental, pero hay que admitir que un disco de Prekop en el que Prekop no canta suena a otra cosa. No suena a él, es decir.

¿A qué suena “Old Punch Card”? De entrada, me suena a un disco de Jim O’Rourke de hace por lo menos quince años. Suena a veterano del post-rock aplicando esa vena investigadora en el sonido ensayando nuevas combinaciones en su laboratorio hasta que un día la mezcla química resulta ser estable y no explosiona. También puede sonar en cierto modo a Oval –al último Oval–, pues parece como el punto de fuga en que se cruzan el post-rock y la electrónica crujiente y abstracta. Prekop tiene en común con O’Rourke que son de la misma ciudad –aunque O’Rourke ya no viva ahí– y que ambos se obsesionan tan fácilmente por el folk cubista como por las texturas resbaladizas de la síntesis granular: uno lo ha hecho en Mego, nuestro protagonista en Thrill Jockey. Y Prekop tiene en común con Oval que ambos comparten sello (Thrill Jockey) y que ambos han querido enriquecer su lenguaje propio con algo aparentemente ajeno: Oval ha querido añadir instrumentos convencionales a su manto de glitches digitales y Sam ha querido desprenderse de esos instrumentos táctiles, precisamente, para quedarse con lo frío, con las matemáticas. Es como si Prekop hubiera escuchado mucho Oval y mucho O’Rourke, pero en realidad, y por lo que él mismo ha explicado, lo que pasa es que ha escuchado mucho la música del compositor portugués Nuno Canavarro y el material del sello de sonidos avantgarde Creel Pone, que viene a ser prácticamente lo mismo: el álbum “Plux Quba” de Canavarro fue reeditado en 2004 por el Moikai (discográfica propiedad de O’Rourke) y Creel Pone es el oscuro sello de CDrs de Keith Fullerton Whitman, otro de los grandes conectores del post-rock y la electrónica post-digital. De manera intuitiva y sin seguir ningún plan de inmersión profunda en la música de vanguardia, pues, Prekop se expuso a música electroacústica, improvisación libre y la obra de Tod Dockstader, Oskar Sala y Pierre Henry de la misma manera en que la araña picó a Peter Parker y le convirtió en un ser medio arácnido: por azar, pero con efectos irreversibles.

“Old Punch Card” suena a disco viejo de electroacústica o música de sintetizador temprana firmado por Morton Subotnick elaborado de una manera despreocupada. Ése es su encanto. Es la música de alguien encerrado en una habitación con viejos aparatos –Prekop lo ha hecho prácticamente todo con un solo sintetizador, hurgando en sus tripas y conservando los sonidos para posteriormente montarlos– sin saber que de ahí iba a salir algo valioso. El disco no es la reinvención de de la síntesis analógica –eso lo dejamos más bien para ciertos lanzamientos del sello Mordant Music, por ejemplo– ni tampoco una sacudida tremenda en la rica escena de drones, sonidos vintage, arpegios y demás hipnagogia setentas. Es demasiado naïf como para considerársele una obra mayor. Pero tampoco es una obra menor, porque más allá del ruido inconsciente hay detalles de preciosismo que cautivan poco a poco, que piden espacio y dejan una huella agradable. Los encontramos en “Kneeting Needles” (casi un interludio), en “The Silhouettes”, hacia la mitad de “A Places”. Son los buenos momentos de un disco que nadie esperaba, que nadie había pedido, pero que se ha ganado el derecho a permanecer. Tiene suficiente base como para ser el punto de partida de algo más grande y más estudiado. Tom Madsen

Sam Prekop . The Silhouettes.mp3

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