Odd Blood Odd Blood

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Yeasayer YeasayerOdd Blood

8.5 / 10

Yeasayer  Odd Blood MUTE / PIAS SPAINLa primera vez que lo escuché no lo entendí. Buena señal. Habían declarado que sería un disco con el que hacer “sentir al público incómodo, como si lo que estuvieran escuchando no fuera lo suficientemente cool para ellos”, y sí, es algo así. En abstracto, una vuelta de tuerca al postmodernismo y un ajustar las correas de todos los flecos que cuelgan de la psicodelia actual. Echando por tierra casi todas las ideas que pusieron sobre el tablero en “All Hour Cymbals” (un debut irregular aunque nunca regulero), lo que buscan Yeasayer ahora es colocarse con una música que descoloque. Dentro de la extraña esquina del mundo que dibuja “Odd Blodd”, su fusta va asomando poco a poco hasta que es inevitable esquivar el latigazo. Y es un azote que se revela como el acercamiento definitivo a la universalización del sonido Brooklyn: como Vampire Weekend en bipolar, como Animal Collective pero menos decisivos, como MGMT pero de verdad. Yeasayer son un grotesco animal, especímenes fugados del laboratorio de pruebas, unos conejillos de indias por su propia cuenta y riesgo que parecen no dejar de preguntarse “¿quiénes somos, de dónde venimos y a dónde vamos?”. Eso sí, no son ninguna de las tres cosas que se han venido diciendo recientemente: ni una banda distinta, ni un proyecto despistado, ni un concepto reinventado; entre otras cosas, porque no les hacía falta ni cambiar, ni reinventarse, ni dejarse llevar. Son simplemente hormonas alteradas en (r)evolución y desarrollo constante, unos niños perdidos más que en 2010 siguen igual de concentrados.En “Odd Blood” se nota un cambio bastante visible respecto a su estreno largo y éste es el de un mayor audacia a la hora de firmar hits. Toneladas de energía y creatividad se despachan a raudales, con Tightrope (el tema bisagra que firmaron entre los dos trabajos para “Dark Was The Night”) en el horizonte. La búsqueda de una mayor accesibilidad se fija con una factura plastiquísima y muy digital que, sin embargo, nunca deja de lado la calidez de los polirritmos. Es a grandes rasgos excéntrico y febril, un disco de altos contrastes en el que lo que llama la atención no es su capacidad de concreción, sino su sentido del movimiento, el aguante y la resistencia. Como podía pasar en su momento con el Beck más desmesurado, en la coctelera hay miles de ideas por absorber y digerir. También etiquetas llamativas: ethno-indie a tropezones, synth-pop (o psych-folk) a mansalva, grandes dosis de art-rock, trazos de leftfield lejano... Ellos llaman al batiburrillo “gospel psicodélico de Oriente Medio” mientras que desde la nota de prensa se habla de “parpadeantes espirales ectoplásmicas”. En cualquier caso, un idioma que tus padres nunca entenderían, el lenguaje de una nueva generación que ya casi ni es la nuestra, una suerte de sánscrito escatológico en el que las esencias de Chicago, Pet Shop Boys, Justin Timberlake y los peores Bee Gees pueden llegar a abrazarse en una sola canción.Invirtiendo el orden de los colores de los ochenta (esa portada irisada y lisérgica tan “Technique”), lo que Yeasayer proponen es una pequeña apertura del ángulo de enfoque, una nueva óptica para el desquiciado y friolero superpop americano que puebla revistas de tendencias. La sangre extraña de su inmejorable título (gramática casi capicúa, o palíndroma), es un veneno que se te mete dentro densificándose al instante, un torrente intranquilo por el que Nueva York se muere de ganas de que vuelva a correr por sus venas, por sus calles. Gesticulando al máximo y calados hasta los huesos por el viscoso plasma, el grupo invoca en filigrana el alboroto eufórico y cromático de los primeros Roxy Music, de quienes tanto han aprendido. De hecho, incluso se podría decir que recogen ideas de los Eno + Byrne del año pasado, los de “Everything That Happens Will Happen Today”, sobre todo si nos atenemos a “I Remember” o a esa áerea “Madder Red” con sabor a amanecer y letra... ¿autoficcional?. Como elevándose sobre todo el tracklist, destaca en especial una inmensa “O.N.E.” a base de staccatos y versos tristes, todo un canto a la resignación que persigue a Cut Copy en todoterreno por las tierras del Kilimanjaro. A su lado, y con las percusiones saltando de un canal a otro del reproductor, también brilla la no menos exuberante “Ambling Alp” que, junto a “Grizelda”, nos aporta otra clave: la primera toma su nombre del apodo que se gastaba el tramposo boxeador Primo Carnera y la segunda, como llegada de un Oriente futuro, se intuye dedicada a la famosa narcotraficante colombiana Griselda Blanco (véase el documental “Cocaine Cowboys”). Las connotaciones están claras y por eso no cuesta leer entre las líneas de estas esquizofrénicas canciones ideas y conceptos bien marcados en negrita: “Odd Blood” es droga, poder, ansia, velocidad y fuerza.Nuevas pistas acerca del cinético centrifugado: “Mondergreen” se retuerce calentorra en una sesión de psicoanálisis con Soft Cell y !!! en el diván, al tiempo que “Love me Girl” rompe el subidón ravero para hacerse una brecha muy Prince. Todavía se reserva espacio para escarceos rarunos rarunos (los que acabarán cayendo cerca del saco del primer álbum) en los que encajaría una “Strange Reunions” que no parece tener bien claro en qué continente aterrizar, o ese amorfo arranque con “The Children” en el que un Peter Gabriel de silicio se cuela en el cerebro de The Knife. Aunque en los primeros pases no parezca manejar un sentido claro de la dirección, tampoco es posible asegurar tras varias escuchas que el conjunto resulta disperso. Son diez canciones que suenan como veinte, impacientes y sinuosas, pero al mismo tiempo una entrañable decena de paranoias cuya principal virtud es la de encapsular todas las derivaciones del pop multiforme que tienen a su alrededor y quedarse luego tan panchas. “Odd Blood” suena a resumen, a trabajo que acrisola el sentido y las aspiraciones de todo aquello que le rodea, a cima del indie actual vista desde dentro: puro “sign of the times”. Porque hay ocasiones en que los discos, entre otras cosas, son también importantes por encontrarse muy bien ligados a su contexto. Así es éste: tan imparable como la información que vomita a cada hora tu pantalla más cercana. Tan anómalo como los estragos de un día cualquiera. Algo furioso, descarada y tremebundamente moderno. Cristian Rodríguez

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