Obsidian Obsidian

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Baths BathsObsidian

7.8 / 10

Han pasado tres años desde “Cerulean”, uno de los debuts más llamativos e inesperados de 2010, y en este tiempo poco más se ha sabido de Will Wiesenfeld, más allá de piezas ambient firmadas como Geotic, la reunión de unos cuantos temas inéditos en un release digital en 2011 y un breve 7” que servía como epílogo a aquel álbum que buscaba un espacio propio en el tupido mapa del pop electrónico. La singularidad de Baths se concentraba en una estética a partir de dos premisas: los ritmos abstractos del hip hop experimental de Los Ángeles –por entonces en pleno proceso de ebullición–, a la vez que unos ejercicios de composición de canciones que eran parientes próximos de toda la escuela indietrónica que le había precedido durante casi una década. No era difícil apreciar rastros de artistas como The Postal Service, Casiotone For The Painfully Alone o Panda Bear en sus canciones, gracias al uso de glitches, aparatos sintéticos de todo orden y una sensibilidad emocional completamente alejada de los clubes; Baths era una criatura de dormitorio, solitaria y con necesidad de mostrar afectos y que encajaba bien en Anticon, ese sello de indie-pop camuflado de vivero para la cría del avant-rap. Lo grande de “Cerulean” era esa doble tirantez entre la audacia en la producción y la sinceridad en la expresión, básicamente el disco de un joven gay americano que luchaba contra las fuerzas exteriores para congraciarse con su condición, proclamarla abiertamente, ubicarse en el mundo y todo con un lenguaje que sonara a futuro.

Por qué ha tardado tres años en darle forma a “Obsidian”, siendo el prototipo de autor solitario y prolífico, se explica por el año en blanco que se pasó en 2012 por culpa de una afección bacteriana que le tuvo postrado en cama, hundido y agotado. Superada la enfermedad, que también le apartó de la posibilidad de dar conciertos y mostrar su música en un formato distinto, todo ha vuelto a la normalidad y al orden, aunque con la urgencia de recuperar el tiempo perdido. La enfermedad también le ha dado a Baths una lucidez más penetrante, y ayuda a que el nuevo álbum resuene aún más sincero y vital; no son pocas las referencias a la mortalidad y al dolor, pues estas son las canciones de alguien que ha vivido sufriendo y que ha salido del hoyo con la creencia firme de que cualquier día puede ser el último y que hay que vivir los días al máximo. Y no sólo se percibe en las letras, sino en la propia forma de las canciones: cada vez queda menos de esa rítmica intrincada ‘new beat’ al estilo Brainfeeder, que de todos modos nunca fue omnipresente en su lenguaje, y la orientación hacia un pop sintético conciliado con el presente es cada vez más firme. Sobre todo más puro y radiante: si “Cerulean” parecía arcilla, “Obsidian”, como indica su título, quiere tener fulgor y perfección de joya.

En una primera escucha, parece como si Baths se hubiera ablandado. Transmite un espíritu delicado, más de lo esperado, y recurre con frecuencia al falsete para darle a algunas notas ese agudo aparentemente redentor que sintoniza muy bien con la producción electrónica, casi siempre limpia (hay excepciones, como “Earth Death”, que transmite su mensaje apocalíptico con beats rugosos e impactantes, sobre todo más desastrados), y perfectamente educada. En el final, “Inter”, suena el segundo violín de todo el disco (el otro está en “Ironworks”), justo en los últimos 30 segundos antes del último silencio –no sé si es un preámbulo hacia un giro más acústico en el próximo trabajo o un necesario detalle orgánico en una orgía sintética–, y suena como un cierre de círculo, porque “Worsening”, la primera canción, tiene un algo de James Blake, como de crooner misterioso que canta entre volutas de humo (hasta que entra un break acelerado, primero de los muchos contrastes felices del disco).

A partir de ahí, Baths se esfuerza en depurar su vena pop, y mientras “Miasma Sky” suena a la envidia de esos The Postal Service que igual podrían volver con canciones nuevas, “Incompatible” le pone el listón alto a Panda Bear para cuando tenga a bien volver a grabar. En esa liga indietrónica, que también se podría conectar con lo que se ha salvado del naufragio de la chillwave (básicamente Active Child y Washed Out; Toro y Moi hace tiempo que se fue por otro camino), Baths se asienta desde ya con un buen segundo álbum, mucho más personal sin ser del todo a corazón abierto, e igualmente imaginativo en el uso de sintes y cajas de ritmo, sin querer sonar vanguardista. En otras palabras, un disco de pop moderno y modesto, lo suficiente como para dejar una huella que podría ser profunda con el tiempo. Ahí estaremos para asistir a su crecimiento.

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