Numbness Numbness

Álbumes

Nadja NadjaNumbness

8.6 / 10

Nadja  Numbness HAPPY PRINCE

En aquellos tiempos, los indies y los heavies no acababan de llevarse muy bien. Era la época de las tribus, de los prejuicios, de la compartimentación en el mundillo, y lo que más pesaba era lo que diferenciaba, no lo que unía. Era la época en la que los fans de The Jesus & Mary Chain les tiraban botellas de agua a The Chemical Brothers en los festis, porque la música de baile era una mierda, una cosa artificial que se hacía apretando botones. De este modo, el metal era música para burros, decibelios sin sentido, un virtuosismo ridículo: lo que molaba era no saber tocar. Lo que no sabían los indies –y en especial los indies que se perdían en las telarañas impenetrables de ruido de los grupos shoegaze, ya se llamasen estos Ride, My Bloody Valentine o Lush–, era que a efectos de textura no estaban tan lejos del black metal o el doom que componían los de los crucifijos y las calaveras. Han tenido que pasar los años y, de repente, el metal extremo de densidad, profundidad y ambiente enrarecido está bien visto. ¿Por qué? Porque por fin se ha admitido que había puntos en común.

Nadja son Aidan Baker y Leah Buckareff, con base en Toronto, con discografía en sellos como Alien8, incluso con un disco compartido con Tim Hecker –esto Baker, que es el líder– de negativismo electrónico. Nadja son uno de los grupos que operan en el terreno baldío que queda entre el avantgarde y el metal: trabajan con el ruido sin control y con la libertad de movimentos, aunque el rastro diabólico no se puede borrar y el resultado final siempre es ominoso, de misa negra. Pero como bien nos demostraron Jesu, las fronteras entre el post-metal y el shoegaze son tenues si uno se toma la molestia de acercar posiciones. Sólo es necesaria una cosa: tocar la guitarra como si ésta fuera una araña que se dispone a tejer la burbuja de sonido más impenetrable de todos los tiempos. Hay que apretar las cuerdas, disparar la manguera del ruido, y acumular capas y más capas de electricidad. En el shoegaze el resultado suele ser onírico, bello. En el metal suele ser una pesadilla. Pero al fin y al cabo, son estados de inconsciencia.

Ahora, Nadja quieren seguir los pasos de Jesu e incluso de Sunn O))), aunque sin entrar en un espacio tan opaco como el que ocupa Stephen O’Malley. Se quedan en el ambient-doom –nada de black metal, nada de gritos guturales agudos y afónicos a lo Xasthur o Wolves In The Throne Room–, y con una intención primera: rendir homenaje al shoegaze a través de este lenguaje aparentemente alejado en cuestiones estéticas. Una nota sobre “Numbness”: no es un álbum creado desde cero, sino una recopilación de temas que Nadja habían ido entregando para recopilaciones, singles o, directamente, habían dejado reposar en un cajón. Pero las seis piezas aquí contenidas –un total de 70 minutos– conservan una lógica de continuidad, una coherencia, sobre todo porque Nadja las han secuenciado para producir un efecto de absorción progresiva: de más corta a más larga, de más translúcida a más espesa. “Veil Of Disillusion”, “God Rest Ye Merry Gentlemen” y “Long Dark Twenties” duran ocho minutos y pocos segundos cada una; son un calentamiento, un ejercicio de estiramientos que en quien las escucha produce un efecto de entrar poco a poco, de aclimatarse a unas capas de guitarra cada vez más mates, como telones de acero. Luego llega “Alien In My Own Skin” –once minutos– y, como en la pieza anterior, se observan paralelismos con Jesu: la voz muy dulce, sepultada por una tonelada de ruido en continua retroalimentación, como las olas de una furiosa tormenta golpeando contra un malecón, todo a chorro. El efecto es brutal, narcótico. A continuación, “Time Is Our Disease”: trece minutos igualmente tupidos, aquí con más circulación de aire, pero ya es aire envenenado. Al final, hay que entrar en el disco con escafandra: “Numb” se prolonga hasta los veintiún minutos, decididamente el corte más antológico, abrumador, espeluznante, de todo el lote. Como Jesu tronando con el volumen de My Bloody Valentine en sus conciertos, es un clímax sin fin porque sus minutos se estiran sin ver nunca el final, como un limbo de ruido que, haciendo homenaje al título del tema, aturde, atonta, deja sin sentido. No te lo creerás hasta que no lo hayas escuchado. Sube el volumen hasta que notes sangrar los oídos. Zambúllete. Tiembla. Grita. Nadie te oye. Te gusta.

Juan Pablo Forner

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