Novaya Zemlya Novaya Zemlya

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Thomas Köner Thomas KönerNovaya Zemlya

8 / 10

Cada vez más está más reacio a publicar música (“ Novaya Zemlya”, su decimoprimer disco, es el tercero en los últimos diez años, reediciones aparte), pero cuando lo hace, Thomas Köner sigue insistiendo en transformar en material audible los paisajes congelados y yermos que le han fascinado desde que era niño, y que han servido de inspiración a su obra desde que publicó “ Nunatak”, allá por 1990. Novaya Zemlya es el nombre de un archipiélago situado en lo más profundo del Mar del Norte. Un alargado pináculo de montañas que emergen vertiginosas desde el corazón mismo del mar, para enfrentarse a un clima arisco y extremo (el lado norte de las montañas está comido por el glaciar; en el sur los vientos rugen con violencia), y en el que todo rastro de vida se reduce a una vegetación áspera y a las aún más ásperas instalaciones militares que dominan este “no man’s land”, como acertadamente se describe el lugar en las (estupendas) notas interiores que acompañan al compacto.

A este paisaje responde Köner con uno de sus discos más contenidos, si no el que más. Un disco diametralmente opuesto al último que había publicado, “ La Barca” (2009), una docena de temas cortos y variados en los que sucedían muchas cosas, y que construían las topografías sonoras de los lugares a los que hacían referencia (representados a través de unas misteriosas coordenadas geográficas) mediante el uso extensivo de grabaciones de campo: samples modificados y enredados en esos drones que el productor alemán construye con extrema elegancia. Frente a tanta abundancia, “Novaya Zemlya” supone un prodigio de economía de medios y de introspección: tres piezas de poco más de diez minutos que van depositando material sonoro sobre un fondo cercano al silencio, de manera muy sutil y cuidadosa. La primera de las piezas, de hecho, no anda muy alejada de la estética que suele manejar Francisco López: una superficie tersa, en la que el manto de sonido que sirve de fondo está al borde mismo de lo inaudible, y que sólo se quiebra de manera puntual: golpes espaciados que semejan el eco de fragmentos de glaciar cayendo al mar, el crujido del hielo al romperse y ocasionales oleadas de drones. La cosa se anima en la segunda parte, que vibra al compás del viento y del burbujeo del agua; una naturaleza contaminada por la extraña presencia del hombre, que aparece en forma de inconexos mensajes de radio capturados al azar o a través del ruido apagado de algún motor. Y llega a su clímax en la última pieza, en la que se entrelazan drones y sonidos orgánicos de manera tan plácida como majestuosa, dejando incluso que florezcan algunos esquejes melódicos.

Todo esto sucede en 36 minutos escasos, una duración que puede parecer poca cosa en un mundo como el del ambient, acostumbrado a obras que se quieren infinitas, que siempre parecen intentar desbordar los límites físicos del disco compacto (no digamos ya los del vinilo). Pero no hay que dejarse engañar: basta insertar “Novaya Zemlya” en el reproductor, subir el volumen hasta que cualquier ruido alrededor desaparezca (o, mejor aún, calzarse unos buenos cascos) y sentarse en algún sitio cómodo, al amparo de la oscuridad. Basta eso para quedar suspendido en algún lugar en el que la noción del tiempo y el espacio desaparecen por completo. Y, ¿no es precisamente esa capacidad para hacer trascender lo terrenal, esa habilidad para transportar al oyente a un universo paralelo, lo que distingue a los buenos discos de ambient (a los grandes autores del género, en fin) de entre la montaña de títulos mediocres que se publican al cabo del año? Pues eso.

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