Nothing Gold Nothing Gold

Álbumes

Joakim JoakimNothing Gold

7.5 / 10

Joakim  Nothing Gold TIGERSUSHI

“Milky Ways” fue un chapuzón de talento del que todavía nos sacudimos alguna gota rebelde de detrás de las orejas. Estoy convencido de que, dos años después, muchos iPods todavía lo conservan. Nos cogió por sorpresa la maleabilidad y lo imprevisible de su mixtura de synth-pop lacado, música disco y electrónica para mear colonia. Me dicen, me cuentan, que se oyeron ruidos en la tumba de Ian Curtis cuando salió el susodicho LP; rumores paranormales aparte, lo que sí es una certeza es que el fundador de Tigersushi se ganó todo el respeto y la admiración que no pudo granjearse con el irregular “Monsters And Silly Songs”. ¿El listón? Por las nubes es quedarse corto, pero a este tipo le ha sentado de fábula superar la barrera psicológica de los 30. Tanto es así, que “Nothing Gold” no sólo iguala los logros de su anterior esfuerzo, hay momentos en que incluso los supera: madurez y electrónica; nostalgia y futuro; hombreras y skates antigravedad; adivina quién viene esta noche.

La prueba del carbono 14 no engaña: las ruinas sobre las que se levanta la maquinaria musical de “Nothing Gold” datan de la etapa más oscura de los años 80. Es la base de un compuesto melódico en el que entran todo tipo de ingredientes: protones de IDM, neutrones de synth madness, electrones disco y quarks technoides. Eso sí, el elemento en mayor abundancia es sin duda el electro pop más afectado, el romanticismo con laca a lo Talking Heads, el toque vintage de afectación teatrera que definió a los iconos del tupé hace más de un cuarto de siglo. En estas aguas, Joakim Bouaziz se mueve como una anguila: ondula la voz en clave hipnótica y adorna sus partituras electrónicas con una inflexión melancólica, seguramente sobreactuada, pero muy eficaz en un contexto sonoro a medio camino entre Depeche Mode y M83. ¿Es un disco de pop? Sí. Ochentero y oscuro a parir, pero con el filo electrónico necesario para que no huela a alcanfor y orina en el 2011.

Y lo bueno es que, a pesar de recurrir a los claroscuros románticos del electro-pop cosecha del 84, la música de Bouaziz transpira cierta vitalidad e ingenuidad, y de esa contradicción, dulce contradicción, es de lo que vive este apasionante trabajo. Apasionante como las reverberaciones a lo Jürgen Paape y la delicada melodía vocal de “Forever Young”. Como la épica pop y el poso siderúrgico de “Find A Way”, acaso uno de los tracks más pisteros. Como las vaharadas disco y las cabriolas en los sintetizadores de “Perfect Kiss”. Como la mezcla de nostalgia, fondos industriales y acid de “Paranoid”. Como el humor y los pianos cabareteros de “Wrong Blood”. Ojo, me confirman que vuelve a haber movimiento en el ataúd de Ian Curtis. Si tienes más de treinta años en la chepa, has nacido para escuchar este disco.

Óscar Broc

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