Nothing Else Nothing Else

Álbumes

Lorn LornNothing Else

8.3 / 10

Lorn  Nothing Else BRAINFEEDER

Si no me fallan los cálculos, este nuevo beatmaker extraordinaire es el primer productor no surgido del asfalto de Los Ángeles que se cuela en las dependencias de Brainfeeder. Ha seducido a Flying Lotus con sus contoneos reptilianos, como si fuera un crótalo desafiando a la presa, una serpiente de cascabel terroríficamente atractiva y preparada para picar en la yugular del oyente. Lorn tiene veneno en los colmillos y el siseo de su cola es ora aterrador ora fascinante. Retuerce sus vértebras como si fueran papel de fumar, se enrosca en nuestro iPod hasta asfixiar la maquinita y acecha con mirada felina cada vez que intentamos pasar de canción. Es mucho mejor dejar que “Nothing Else” suene entero, entregarse a él sin mover un dedo, no tocar nada. Podríamos llevarnos una caricia ponzoñosa de la bestia.

Tiene miga que un chaval que no llega a los 25 años de edad, procedente de Milwaukee y residente en uno de los rincones más depresivos de la geografía estadounidense (Illinois, dicen), haya recalado en una de las plataformas más futuristas, soleadas y avanzadas del nuevo hip hop instrumental. Pero ya ha quedado demostrado que cuanto más desolado el paraje y cuanto más solitario el personaje, más apasionante su música. Curtido en sus inicios como scratcher consumado y arquitecto de discos de breaks para acróbatas de la aguja, Marcos Ortega ha sabido progresar ajustando sus vibraciones al plano dimensional de los nuevos héroes del beat. Ha aprovechado las enseñanzas de la experimentación con el scratch para insuflar vida a sus últimas creaciones, auténticas rarezas gemológicas en la geología de la electrónica de última generación. No es ninguna casualidad que Flylo se haya desvivido por incluirle en el Olimpo de Brainfeeder. Es diferente. Suena diferente. Tiene un sabor diferente.

Lorn –no confundir con Lone– surfea en aguas turbulentas. Tres años y muchos pedazos de su alma ha dedicado el psychokiller de Wisconsin a construir este castillo encantado; una amenazante masa arquitectónica de silueta gótica y aterradores pináculos que huele a rancio y a humedad. En sus mohosos pasillos, dubstep, hip hop, horrorcore, drum’n’bass e IDM se funden en una montaña de lodo palpitante que avanza con lentitud viscosa y deja a todo el que se cruza en su camino en un acentuadísimo estado de inquietud y mal rollo. En “Nothing Else” no hay tiempo para el pop, no hay tiempo para tonterías, ni una grieta por la que se cuele algo de luz: cada tema destila una oscuridad crepitante a la que te quieres adherir desde que escuchas los primeros compases de “Grandfather” –como si Vangelis y Skream fueran siameses unidos por la cabeza–, y te adentras seguidamente en la espesa niebla de dubstep victoriano de la apabullante “None An Island”.

Con los primeros cinco minutos de álbum tienes suficiente para advertir que estás ante un ejercicio de los que dejan huella. Lorn no tiene piedad ni tampoco la necesita. El tamborileo militar y los sintetizadores de película de marcianos de los años 50 que marcan el paso en la increíble “Greatest Silence” son como un pase de prensa para visitar el mundo de ultratumba. Se acerca al underground más oscuro de Croydon, pero en ningún momento se asemeja a referentes que permitan comparaciones. Es un Fantasma de la Ópera sin carnet de afiliación que puede distorsionar el dubstep de la vieja escuela hasta conseguir que ni siquiera la luz escape de su campo gravitacional – “Bretagne”– o darle la vuelta a la misma fórmula metiéndole unos teclados y unos samples demasiado enfermizos para corazones débiles –impresionante el doblete de “Void I” y “Void II”–. Y suena con autonomía. Estás escuchando algo que se sale de categorizaciones. Sobre todo en piezas como “Glass And Silver” o “Automaton”, pasajes en los que encuentra con mayor comodidad esa voz tan particular en la que el dub, IDM y el wonky parecen retorcerse sobre sí mismos y ejecutar contorsiones aberrantes. Aquí, los sintetizadores cósmicos de peli giallo y las nebulosas electrónicas son sus principales armas, y las utiliza con saña y sed de sangre. Entonces, cuando creemos que el aquelarre no puede ir a más, el tipo vomita “Cherry Moon” –acaso el mejor corte del disco– y nos da una lección de emoción, tristeza, horror e inteligencia artificial que corta el aliento. Este tío da miedo. Y es que no hay comportamiento más enfermizo que observar el fin del mundo desde primera fila, copa de coñac en mano. Una de las mejores lobotomías del siglo XXI.

Óscar Broc

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